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Portada de la novela Átame a ti

Átame a ti

Lu y So son hermanas con caracteres opuestos: una vive entregada al deporte mientras la otra elige el anonimato. Sin embargo, su determinación las arrastra a redefinir su conexión, rompiendo una frontera definitiva que cambiará sus vidas para siempre. Al adentrarse en este nuevo vínculo, ambas se sumergen en una dualidad extrema. La plenitud más absoluta se mezcla con la tormenta emocional de habitar un paraíso que se siente como un infierno.
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Capítulo 3

Capítulo 3

Delivery

La luz del día aún no se colaba por las rendijas de la ventana y la temperatura estaba lo suficientemente baja como para que cualquier persona durmiera a pierna suelta, pero ese no era el caso de Ana Sofía. Sus ojos yacían observando fijamente el cielo raso de su habitación, abiertos con la lucidez de una persona despierta desde hacía una hora. El reloj marcaba las seis de la mañana en punto y solo intentaba rememorar cuando había sido la última vez que se había despertado tan temprano un fin de semana. Los sábados solía ser su «día de flojera», como ella misma lo llamaba. Los domingos solía dormir hasta muy tarde porque normalmente salía a tomarse unos tragos y bailar con sus amigos la noche anterior.

Pero este era un fin de semana atípico.

Su cabeza volvió a rememorar la conversación que habían tenido ayer y, de nuevo, el vacío típico de la adrenalina volvió a invadir su estómago. La ansiedad y la emoción batallaban una con la otra en una guerra que parecía librarse en la boca de su estómago. Había accedido a algo que nunca hubiese imaginado, mucho menos con su hermana…

¡Es mi jodida hermana! ¡¿Acaso perdí la cabeza?!

Tomó la almohada y se tapó el rostro cuando empezó a sentir que los colores se le subían y giró sobre la cama. Quizás si había perdido la razón y había arrastrado a Lu al precipicio con ella, pero ya no había vuelta atrás. Había dicho las palabras.

Su sumisa y mi ama.

En un momento de lucidez retiró la almohada del rostro y volvió a mirar el techo en busca de una respuesta a varias interrogantes: ¿Qué significaba eso exactamente? ¿Cómo afectaría su relación de ahora en adelante?

Había pasado toda la noche leyendo, investigando en donde se estaba metiendo y descubrió que un D y S podían vivir una vida totalmente normal. Después de todo, lo que ocurría entre cuatro paredes, se quedaba dentro de cuatro paredes. Pero las relaciones BDSM solían ir más allá que una simple noche de sexo y frecuentemente usaban todo su entorno para las «escenas».

Sexo…

Se tapó la boca, temiendo que su hermana pudiera oírla decir esa palabra, incluso en sus pensamientos ¿Realmente estaba pensando en sexo? ¿Con su hermana? So estaba batallando consigo misma desde muchos flancos diferentes; en primer lugar, ella no era lesbiana. Nunca había sentido ese tipo de atracción hacia otra mujer, de hecho, podía decir que la única chica que se le hacía lo suficientemente atractiva como para decir que le gustaba era…

Lu.

Frunció el ceño ante ese insolente y peligroso pensamiento. Inmediatamente comenzó a rebuscar en sus recuerdos otra mujer que le pareciera «cogible», repasando actrices, deportistas y cantantes, pero sentía que ninguna era tan atractiva como su hermana.

Sí, me volví loca de remate.

Intentó dormir una vez más, pero cuando se dio cuenta que era inútil, se levantó. Caminó, desperezándose en el trayecto, directo al lavado y aseó rápidamente sus dientes y rostro. Se quitó minúscula blusa fucsia que seguía usando desde el día anterior y la remplazó por una sudadera de manga larga color negro con una gran águila tribal de color dorado en el pecho. En la parte posterior resaltaba en número siete y el nombre de su hermana en la parte inferior. Era del equipo de baloncesto femenino de la universidad y Ana Lucía se lo había regalado. Se cambió de bragas por unas más cómodas y así se encaminó con dirección a la cocina. Estaba tan acostumbrada a usar solo ropa interior en el departamento que salir de su cuarto en esas condiciones se le hacía algo normal.

¿Eso cambiaría a partir de ahora? Pensó, pero no le dio más importancia. El lugar estaba en completo silencio y aún se debatía entre la penumbra y los primeros rayos del Sol. Su objetivo era llegar a la cocina y preparar un buen desayuno cuantioso, provocando el menor ruido posible. Su hermana tenía un partido amistoso a las diez de la mañana y le gustaba hacerle algo que le llenara de energía, que la dejara satisfecha, pero que no le provocara esa sensación de pesadez tan desagradable de la que muchas veces se había quejado después de comer.

Optó por una rica y nutritiva ensalada de frutas y un tazón de yogurt con granola. Picó la fruta y la colocó en un par de platos, vertió el yogurt en tazas y dejó caer una lluvia de cereales varios que rápidamente comenzaron a un hundirse. Dejó la comida sobre la barra de desayunos y la acompañó con una botella de jugo de naranja del súper.

Casi eran las ocho de la mañana cuando finalizó todo, momento justo en el que una enmarañada cabellera casi naranja emergía del pasillo. Lu aparecía bostezando, con la boca pastosa y luciendo solo una camiseta inmensa de algún equipo de la NBA que desconocía. Estrujó sus ojos en un intento de despejarlos.

— ¿Desayuno? — Murmuró. Aun sentía los agarres del sueño.

— Para campeonas. Ve a lavarte la boca y comemos.

— Sí, mamá.

No dijo más, dio media vuelta y caminó en dirección al baño. Ana Sofía sonrió ante el sarcasmo característico de su hermana mayor y se preguntó si de ahora en adelante, ella podría seguir dándole órdenes de ese tipo.

2

La mañana transcurrió como era habitual para las hermanas Menotti. Desayunaron, hablando de cosas superfluas como las tendencias del día de Twitter, comentaron sobre lo que les había parecido el capítulo seis de Arcane, una serie que ambas habían comenzado a ver y que les había fascinado. Con el reloj marcando las nueve de la mañana, So se instaló en su cuarto para revisar unas notas de su clase Comunicación Visual y Fotografía. Su concentración en los apuntes no le impedía mirar de reojo hacia la habitación de Lu. Ésta ya estaba cerrando su bolso deportivo y se preparaba para marcharse, cuando se detuvo en la puerta de la habitación para girar sobre sus talones, volver a posar la mochila sobre la cama y abrirla. Uniforme, vaso térmico, zapatos y muñequeras volvieron a salir y la menor de las hermanas tuvo que dejar su lectura para averiguar que sucedía. «No encuentro mis licras de la suerte», exclamó la mayor cuando la vio entrar.

Minutos después, So mostraba la prenda que había alcanzado bajo un montón de ropa que yacía sobre la silla ergonómica presidencial donde Lu estudiaba.

— Gracias — dijo, volvió a guardar las cosas y se marchó.

Ana Sofía miró un par de segundos de más la puerta de salida, justo por donde acababa de salir su hermana, sintiendo como esa «normalidad» que estaba exhibiendo estaba haciendo mella en su psiquis. Esperaba que en cualquier momento mencionara algo sobre lo de ayer, que le diera alguna… orden, o algo parecido. Empezó a cuestionarse la posibilidad de que lo hubiese olvidado o, peor, que lo había tomado como una broma. Chasqueó la lengua cuando comenzó a sentir una leve punzada de dolor en el pecho por culpa de ese último pensamiento. Ella si lo había dicho en serio.

Volvió a su habitación y le subió volumen a su reproductor, comenzó a tararear al ritmo de Taylor Swift y dio por terminada su sesión de estudio. Era imposible concentrarse. Decidió tomar su teléfono y comenzar a navegar por Twitter y, cuando se dio cuenta, eran pasadas las diez de la mañana. El partido había comenzado. Buscó rápidamente la cuenta del equipo de baloncesto femenino de la universidad y leyó de inmediato que las Águilas ganaban treinta y cinco a veintidós. Inmediatamente llegó un nuevo tweet:

«Otro triple de Ana Menotti, y ya son 5», acompañado del emoji de una llama y una cara sorprendida.

Se dejó caer sobre la cama y colocó el teléfono sobre su pecho, incapaz de contener una sonrisa gigantesca. Lu era el jodido orgullo de su vida. No podía negarlo, aunque nunca se había esforzado por hacerlo, sin importarle que eso provocara alguna que otra pregunta fuera de lugar de sus amigos. Era su fan número uno, su mayor admiradora y lo seguiría siendo por siempre.

So retiró algunos mechones de cabello de su frente y lo acomodó tras su oreja, rememorando la discusión con su papá cuando les confesó que estudiaría periodismo en la misma universidad que Lu. Amaba su carrera y ese fue su argumento principal, la comunicación social le apasionaba, dar noticias, compartir cualquier tipo de información. Tenía un talento nato para hacer interesante cualquier tema y por esa razón, la red social del pajarito azul era su favorita y los más de cuarenta y cinco mil seguidores que la seguían lo confirmaban.

Pero había otra razón que mantenía solo para ella; quería ser quien escribiera el primer artículo cuando su hermana llegara a la WNBA. Volvió a reír ante esa tonta meta que tenía metida entre ceja y ceja, la cual parecía más la fantasía de una niña. Pera era su meta y si Lu no llegaba a jugar en la mejor liga del mundo, no le importaba, igual escribiría algo sobre su orgullo.

Decidió dejar el celular sobre la cama y, con energías renovadas, volvió a tomar su ordenador y lo colocó sobre sus piernas para continuar de pulir las notas que necesitaba para las clases. Se adentró tanto en el trabajo que se sorprendió cuando el teléfono vibró a su lado y se sorprendió aún más cuando se dio cuenta que eran las doce y cuarto del mediodía.

Inmediatamente, como si hubiesen accionado un interruptor en su interior, el hambre la invadió.

«Lu: ¿Qué haces? 12:11»

La notificación que había llegado era un mensaje de su hermana. Era claro que el partido ya había terminado y seguramente, el entrenador las había retenido para una charla post juego, algo que ocurría habitualmente.

«Nada, estaba estudiando 12:11»

«¿Ganaron? 12:12»

«Lu: Obvio, hice 27 puntos jajaja 12:12»

«Lu: Voy en un rato a la casa ¿Quieres pedir algo? 12:12»

«Bravo, campeona 12:12»

«Por favor, muero de hambre 12:12»

«Lu: Ok, pero debes recibirlo 12:13»

«Dale 12:13»

«Lu: Te aviso cuando vaya en camino el delivery 12:13»

So no respondió, volvió a dejar el teléfono sobre el colchón y su puso de pie. Caminó hacia el clóset, estirando los brazos entumecidos. Buscó algún short de andar por casa para recibir al delivery, pero antes de vestirse, el celular vibró nuevamente. Tomó un pantaloncillo de licra azul y volvió hasta el aparato. Era otro mensaje de su hermana:

«Lu: Mándame una foto usando sólo una toalla 12:16»

Casi se ahoga con su propia saliva.

El corazón comenzó a bombear frenéticamente dentro de su pecho. Los ojos desorbitados leyeron el mensaje una docena de veces, tal vez más, y cada vez sentía que su rostro ardía un poco más. Una sonrisa nerviosa se dibujó en su cara y comenzó a mirar en varias direcciones, temiendo que se tratase de alguna broma y que su hermana había llegado sin que ella se diera cuenta para burlarse de su reacción.

Pero, no solo no había llegado, sino que comenzó a intuir un deje de autoridad en ese simple, pero efectivo mensaje. Rápidamente comenzó a cavilar, tan ansiosa que las manos habían comenzado a temblar ¿Esto tenía que ver con la conversación que habían tenido ayer? ¿Era una orden?

¿Era una orden de ama a sumisa?

No se atrevió a contestar y estuvo tanto tiempo de pie, ahí, sin moverse, que la pantalla del teléfono se había apagado y en ella podía ver su reflejo; estaba roja, su pecho subía y bajaba y la indecisión estaba escrita en cada uno de sus rasgos.

Dejó caer el aparato y miró sus manos temblando. Empezó a escuchar el sonido frenético de su propio corazón y las alarmas en su cabeza empezaron a sonar. Sin embargo, ignoró todas las señales y, sin pensar en nada más, comenzó a desvestirse; la sudadera pasó rápidamente sobre su cabeza, descubriendo unos senos que botaron levemente cuando lanzó el suéter al armario. Su tamaño eran ideales para que una mano los cubriera casi en su totalidad y la tersa piel pálida era bañada por un centenar de manchitas rosadas y café que se esparcían hasta el nacimiento de la clavícula. Los pezones apuntaban respingones al frente como botones, tensos y de un rosa pálido más que sugerente.

Los pulgares engancharon el elástico de las bragas y tiraron hacia abajo con rapidez. Alzó una pierna y luego la otra para liberarse de la prenda que aterrizó suave sobre la moqueta. Se miró al espejo de cuerpo completo montado en la puerta y una oleada de placer la golpeó como una ola del mar. Recorrió su cuerpo entero, desde sus pies y tobillos, pasando por la línea de sus pantorrillas y muslos, advirtió su pubis prolijamente depilado y su abdomen plano adornado por la pequeña joya en su ombligo. La sombra de las costillas se asomaba tímidamente por los costados y los indulgentes senos subían y bajaban al ritmo de su pesada respiración. Observó como la clavícula marcaba su pecho y se perdía antes de llegar a los hombros y como el cuello vibró cuando tragó. Se encontró con la mirada brillante como el cristal dentro del reflejo y se sorprendió al descubrirse mordiéndose el labio inferior.

Grabó a fuego esa imagen en la retina. No era la primera vez que se veía desnuda, pero sí era la primera vez que se veía desnuda por órdenes de Lu.

Salió por el pasillo, tomó una de las toallas del baño y se envolvió en ella. La gruesa tela giró sobre sus senos y se ancló a un costado, cayendo libre hasta cubrir el nacimiento de los muslos. Volvió a la habitación y con teléfono en mano, accionó la cámara de selfies. Cuando se inmortalizó la imagen, descubrió que la tela escasamente alcanzaba a cubrir su entrepierna, que se asomaba tímidamente por la parte de abajo. La imagen la revolucionó más y, sin pensarlo, envió el archivo al chat de Ana Lucía.

Se quedó ahí, inmóvil. Sentía que si intentaba caminar sus piernas le fallarían. Un hormigueo intenso se concentró en su vientre bajo, enviando pequeñas corrientes hacia su sexo, alterándola aún más. Las alarmas en su mente seguían sonando con vehemencia, pero algo desconocido había aparecido y comenzaba a enterrarlas a una profundidad donde apenas y las notaba, confundiéndola.

No se entendía ni ella misma.

Sentía que la vergüenza se la estaba comiendo viva. De hecho, la sola idea de ver a su hermana a la cara después de éste suceso le carcomía por dentro. Pero ese «algo» que no lograba identificar se encargaba de apaciguar todas esas emociones, deformándolas en un estado de pluralidad que también les brindaba placer.

¡Tiiirinnnn!

El teléfono casi se le cae de las manos cuando el timbre sonó. Miró nerviosa a la puerta de su habitación, vacilando en su accionar. Inmediatamente, le llegó otro mensaje:

«Lu: Abre 12:27»

Otro timbrazo le hizo reaccionar. La orden era clara.

Empezó a caminar a paso lento, pero decidido, dándose cuenta que la abertura de la toalla se abría cada vez que alzaba la pierna derecha, dejándola aún más expuesta. Tomó la parte superior, donde había enganchado la tela y la sujetó con firmeza, asegurándola para que no se le cayera… y abrió.

— Delivery, veinticuatro rolls variados y dos latas de Spri…

Cuando el chico alzó la cara, se encontró con lo que, posiblemente, era la mejor imagen de su vida. Una pelirroja hermosa, buenísima, le recibía con una toalla que apenas y le tapaba el coño. Ana Sofía tomó las bolsas que el tipo, congelado, ni siquiera terminó de ofrecer. Dio media vuelta, sintiendo como la tela de la toalla apenas y cubría poco más de la mitad de su culo. Se sentía morbosa, pervertida y eso estaba provocando sensaciones encontradas en su interior.

— Gracias… — dijo sonriendo y, acto seguido, cerró la puerta.

Las bolsas cayeron al suelo y su espalda golpeó contra la madera de la puerta cuando se dejó caer. Respiró profundamente, sintiendo la adrenalina correr libremente por su sistema. Un par de minutos después recogió los paquetes y los dejó sobre la mesa, revisó el celular para verificar que no había otro mensaje. No lo había, dejó caer el teléfono sobre su cama y se encaminó hacia al baño.

Iba a hacerse una paja.

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