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Portada de la novela Atada al Alfa por contrato

Atada al Alfa por contrato

La ruina financiera de su familia empuja a Luna a un acuerdo con Silas Blackwood, un magnate implacable que lidera en secreto a los hombres lobo. El pacto los obliga a un matrimonio fingido de un año por intereses políticos. Pese al desprecio de Silas por la humanidad, surge una química irresistible entre ambos. El hallazgo de poderes ancestrales en Luna revela que no es humana, forzando al Alfa a decidir entre su manada o el amor de su verdadera compañera.
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Capítulo 3

El trayecto hacia el distrito financiero transcurrió en un silencio opresivo, tan espeso que casi podía cortarse con un cuchillo. El interior del sedán negro olía a cuero impecable y, de manera inexplicable, a tierra mojada y bosque oscuro, un aroma salvaje que contrastaba violentamente con el lujo del vehículo. Observé a través del cristal tintado cómo las calles de mi infancia, los barrios residenciales de la élite donde había crecido, se desdibujaban bajo la tormenta para dar paso a los imponentes rascacielos del centro de la ciudad.

Me sentía como una prisionera siendo escoltada hacia el patíbulo. Mis manos, entrelazadas sobre mi regazo, temblaban levemente. Intenté calmar mi respiración, pero el pánico era un animal salvaje arañando el interior de mi pecho. Cada semáforo, cada giro de los neumáticos sobre el asfalto mojado, me acercaba más al hombre que acababa de comprar mi vida por el precio de una deuda.

El coche se detuvo suavemente frente a la Torre Blackwood. El edificio se alzaba hacia el cielo plomizo como un monolito de obsidiana, una estructura de cristal oscuro y acero que parecía absorber la luz a su alrededor. Era imponente, frío y despiadado, exactamente igual a la reputación de su dueño.

Antes de que pudiera siquiera intentar abrir la puerta, un hombre vestido con un traje gris oscuro la abrió por mí, sosteniendo un enorme paraguas negro.

-Señorita Sterling -dijo el hombre. Su voz era grave, casi un gruñido contenido. Tenía el cabello rapado a los lados y unos ojos de un color ámbar extraño, tan fijos y penetrantes que me hicieron sentir como una presa bajo la mirada de un halcón-. Soy Elias, el asistente personal del señor Blackwood. Sígame, por favor.

No me ofreció una sonrisa, ni una pizca de la cortesía protocolaria a la que estaba acostumbrada. Asentí en silencio, recogiendo los pliegues de mi abrigo, y salí al frío aire de la tarde.

El vestíbulo del edificio era una vasta extensión de mármol negro y líneas minimalistas. No había recepcionistas charlando, ni música ambiental. Solo un eco hueco y el sonido de nuestros pasos mientras Elias me guiaba hacia un ascensor privado de puertas plateadas. No había botones en el panel interior, solo un escáner biométrico donde Elias colocó su mano. El elevador comenzó a subir a una velocidad vertiginosa, presionándome contra el suelo, robándome el aliento.

-El señor Blackwood tiene una agenda muy estricta -advirtió Elias, rompiendo el silencio mientras los números de los pisos parpadeaban en una pantalla digital-. Le sugiero que escuche con atención, firme donde se le indique y no haga preguntas innecesarias.

Tragué saliva, pero obligué a mi barbilla a alzarse. Mi familia estaba en la ruina, mi futuro había sido vendido, pero seguía siendo una Sterling. No iba a permitir que el asistente de un matón corporativo me intimidara antes de siquiera cruzar la puerta.

-Tomaré nota, Elias -respondí con frialdad, aunque mi voz me traicionó con un ligero temblor al final.

Las puertas se abrieron con un suave murmullo en el último piso. El penthouse corporativo.

Frente a mí se extendía un despacho colosal, rodeado por ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica y vertiginosa de la ciudad envuelta en nubes de tormenta. La decoración era espartana, dominada por tonos grises, negros y madera de ébano. No había fotografías familiares, ni arte decorativo, ni un solo toque humano. Era la guarida de un depredador.

Y allí, de pie frente al inmenso ventanal, de espaldas a la puerta, estaba él.

Silas Blackwood.

Incluso de espaldas, su presencia era abrumadora. Era más alto de lo que las fotografías de la prensa sugerían, con unos hombros inmensamente anchos que tensaban la tela de su traje negro hecho a medida. Había una quietud en él, una postura rígida y acechante que hizo que todos los instintos de supervivencia en mi cerebro gritaran en alerta roja. El aire en la habitación parecía más pesado, cargado con una electricidad estática que erizó el vello de mis brazos.

-Puede retirarse, Elias -La voz de Silas resonó en la habitación. Era un barítono profundo, áspero y oscuro, como el sonido del hielo crujiendo bajo la presión. Ni siquiera se había girado para mirar quién había entrado, pero sabía exactamente que estábamos allí.

Elias hizo una leve reverencia, casi imperceptible, y abandonó el despacho, cerrando las pesadas puertas dobles detrás de él con un clic definitivo. El sonido me hizo saltar. Estaba sola con el monstruo.

Me quedé clavada en el sitio, incapaz de dar un paso más. Mi corazón latía desbocado contra mis costillas.

Lentamente, Silas se dio la vuelta.

El aire abandonó mis pulmones en un golpe seco. Las revistas financieras lo describían como "intimidantemente apuesto", pero esa descripción se quedaba corta. Su rostro era una obra de arte tallada en granito, con una mandíbula afilada y pómulos duros. Su cabello oscuro caía en un ligero desorden sobre su frente, contrastando con la pulcritud enfermiza de su traje.

Pero fueron sus ojos los que me paralizaron. No eran oscuros como esperaba, sino de un color avellana tan claro que, bajo la luz de la tormenta, destellaban con un brillo dorado casi antinatural. Me miró fijamente, escudriñándome desde la punta de mis zapatos empapados hasta mi rostro pálido. Su mirada no albergaba ninguna calidez, ninguna humanidad. Era una evaluación fría, distante y completamente despectiva.

Instintivamente, sentí el impulso irracional de bajar la mirada y exponer mi cuello, una reacción absurda y primitiva que mi cerebro no logró comprender. Luché contra ella, clavando mis uñas en las palmas de mis manos para mantener el control.

-Luna Sterling -pronunció mi nombre, y la forma en que las sílabas rodaron por su lengua sonó como un insulto-. Pensé que las mujeres de su círculo social sabían cómo usar un reloj. Llegó tres minutos tarde.

El descaro de su comentario encendió una chispa de rabia en mi pecho, quemando momentáneamente mi terror.

-Discúlpeme si el colapso financiero de mi familia y el chantaje para obligarme a casarme con un desconocido desajustaron mi agenda, señor Blackwood -repliqué.

Silas acortó la distancia entre nosotros con pasos largos y silenciosos. Se movía con una gracia letal, sin hacer ruido, como una pantera acechando en la oscuridad. Se detuvo a menos de un metro de mí. El aroma a pino, lluvia y algo peligrosamente masculino inundó mis sentidos, mareándome. Era tan alto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

-Dejemos las cosas claras desde el principio, señorita Sterling -dijo en un susurro áspero que me heló la sangre-. No me interesa su indignación, ni sus lágrimas, ni su falso orgullo aristocrático. Usted está aquí porque su padre es un fraude incompetente que estuvo a punto de perder las Tierras del Norte. Tierras que yo necesito. Usted es simplemente el medio para obtener un fin. Un escudo de relaciones públicas para mantener a los políticos humanos y a la prensa alejados de mis negocios.

El desprecio en sus palabras fue como una bofetada.

-Si soy solo un escudo, ¿por qué el matrimonio? Podía simplemente comprar las tierras en la subasta.

Silas estrechó los ojos, y por un microsegundo, juré que el dorado en sus pupilas brilló con intensidad.

-Hay reglas y... tradiciones que usted no comprende, y que no necesita comprender. Este contrato es un acuerdo comercial. Un año. Trescientos sesenta y cinco días en los que usted fingirá ser la esposa perfecta frente a las cámaras. Sonreirá, asistirá a los eventos y no hará preguntas. A cambio, su padre no morirá en prisión.

Se giró hacia el inmenso escritorio de cristal y tomó una pluma estilográfica plateada junto a un documento abierto. Me lo tendió sin mirarme.

-Firme.

Miré el papel. La línea punteada al final de la página parecía el borde de un precipicio. Dudé por un segundo, mi mano temblando suspendida en el aire.

-Si no firmo... -comencé.

-Si no firma, en sesenta segundos haré una llamada y su padre será arrestado antes de la cena -me interrumpió, su tono carente de cualquier atisbo de piedad-. Su madre será desalojada mañana por la mañana. Y yo compraré las tierras de todas formas por una fracción de su valor. La decisión es suya.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Tomé la pluma de su mano.

En el instante en que mis dedos rozaron los suyos, una descarga eléctrica, aguda y violenta, chisporroteó entre nuestra piel. Fue un golpe tan fuerte que solté un grito ahogado y di un paso atrás, casi dejando caer la pluma.

Silas se tensó de golpe. Un sonido bajo, gutural, vibró en su pecho, un sonido que se asemejaba aterradoramente a un gruñido. Retiró la mano como si lo hubiera quemado, sus ojos dorados abriéndose de par en par con algo que parecía puro, absoluto terror, seguido inmediatamente por una furia letal.

-Firme el maldito documento -rugió, retrocediendo bruscamente, poniendo distancia entre nosotros como si mi presencia de repente le resultara tóxica.

Con el corazón palpitando en mi garganta y la mano ardiendo donde lo había tocado, me incliné sobre el escritorio. Sin leer una sola palabra más de mi condena, tracé mi nombre en la línea punteada.

Luna Sterling había muerto. Desde ese instante, pertenecía al monstruo.

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