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Portada de la novela Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Con tal de rescatar el refugio de su abuelo, Luna pacta un matrimonio de conveniencia con Ian Sterling, un frío magnate. El contrato estipula un año de distancia, pero él guarda un secreto: es el Alfa de una manada. Al producirse el primer contacto físico, el vínculo de compañeros destinados surge, rompiendo sus reglas. Entre la opulencia y el acecho de lobos rivales, ella debe descubrir si este hombre es un peligro inminente o su salvación definitiva.
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Capítulo 2

La Torre Sterling no era solo un edificio de oficinas; era un monumento a la ambición humana tallado en cristal negro y acero. Luna Valdez se detuvo en la acera, sintiendo que su sencillo traje azul marino, el que guardaba para entierros y bodas ajenas, era una armadura de papel frente a la imponente estructura que se alzaba ante ella. El sol de la tarde se reflejaba en los cristales, cegándola por un momento, como si el edificio mismo intentara advertirle que no pertenecía allí.

Con la orden de embargo pesando en su bolso como un bloque de plomo, Luna cruzó las puertas giratorias. El aire en el interior estaba filtrado hasta la perfección, frío y con un sutil aroma a ozono y madera cara. El silencio era casi absoluto, roto solo por el eco de sus propios pasos sobre el mármol pulido.

—Tengo una cita con el señor Sterling —mintió Luna al llegar al mostrador de recepción, una pieza de granito que parecía flotar en el centro del vestíbulo.

La recepcionista, una mujer cuya perfección estética resultaba intimidante, ni siquiera miró la pantalla. Observó a Luna con una fijeza extraña, dilatando las fosas nasales de una manera casi imperceptible. Hubo una pausa de tres segundos donde Luna juró que la mujer la estaba... olfateando.

—Piso cincuenta, señorita Valdez —dijo la mujer con una voz robótica pero cargada de una extraña deferencia—. El ascensor privado ya ha sido programado para usted.

Luna no tuvo tiempo de preguntar cómo sabían su nombre si no había cita previa. Se dirigió al ascensor indicado. No había botones. En cuanto entró, las puertas se cerraron y sintió un tirón en el estómago. El panel digital marcó los pisos con una velocidad vertiginosa: 10, 30, 45... 50.

El Trono de Obsidiana

Cuando las puertas se abrieron, Luna se encontró en un espacio que desafiaba la lógica corporativa. No había cubículos ni secretarias. El piso cincuenta era una planta abierta de techos altísimos, con paredes de cristal que ofrecían una vista de 360 grados de la ciudad. El mobiliario era escaso y oscuro, predominando el mármol negro y la piel.

Al fondo de la estancia, de espaldas a ella, un hombre contemplaba el horizonte.

Ian Sterling era más alto de lo que sugerían las revistas. Llevaba una camisa gris oscuro que se ajustaba a unos hombros que parecían demasiado anchos para un hombre que pasaba el día tras un escritorio. Había algo en su postura, una tensión controlada, que recordaba a un depredador vigilando su territorio desde la cima de una montaña.

—Tiene exactamente tres minutos, señorita Valdez —dijo él, sin girarse. Su voz era un barítono profundo que pareció vibrar directamente en la columna vertebral de Luna—. Mi tiempo es el activo más caro de esta empresa. No lo desperdicie con preámbulos.

Luna tragó saliva, obligando a sus piernas a avanzar por el pasillo de obsidiana.

—He venido por el Santuario de San Francisco. Usted sabe quién soy y sabe que mi propiedad está en proceso de embargo.

Ian se giró lentamente. Si la presencia de su espalda era intimidante, su rostro era devastador. Tenía rasgos afilados, una mandíbula que parecía esculpida en granito y unos ojos de un gris tormentoso que, al posarse sobre ella, parecieron quemar. Luna sintió una descarga eléctrica recorrerle la piel, un instinto primario que le gritaba que corriera en dirección opuesta.

—Sé que su abuelo fue un hombre idealista y que usted ha heredado su incapacidad para los negocios —dijo Ian, rodeando su escritorio con pasos silenciosos, casi felinos—. Sé que necesita diez millones de dólares para salvar ese montón de escombros y animales viejos. Y sé que ha venido aquí porque soy la única persona en esta ciudad con suficiente liquidez y falta de escrúpulos para ayudarla.

—No busco caridad —respondió Luna, irguiéndose a pesar de que sus rodillas temblaban—. Busco un socio.

Ian dejó escapar una risa seca, un sonido sin rastro de humor. Se detuvo a escasos centímetros de ella. Luna pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo; era una temperatura febril, casi sobrehumana. El olor de él la envolvió: era una mezcla de tormenta, bosque antiguo y algo salvaje que hizo que su corazón se acelerara a un ritmo peligroso.

—¿Socio? Usted no tiene nada que ofrecerme, Luna. No tiene acciones, no tiene tecnología, no tiene influencia. —Él se inclinó, invadiendo su espacio personal. Sus ojos grises se clavaron en los de ella, y por un segundo, Luna vio un destello ámbar en el fondo de sus pupilas—. Sin embargo... tengo un problema que usted podría resolver.

Luna se obligó a no retroceder. —¿Qué clase de problema?

—Mi junta directiva —Ian comenzó a caminar alrededor de ella, como un lobo evaluando a su presa—. Consideran que mi falta de vida pública es un riesgo para la estabilidad de las acciones. Quieren un CEO que sea humano, que tenga una esposa, que dé una imagen de estabilidad familiar. Quieren una fachada.

Luna frunció el ceño, tratando de seguir el hilo de sus pensamientos. —Usted podría contratar a cualquier actriz o modelo para ese papel.

—Las actrices tienen pasados que los periodistas pueden excavar. Las modelos buscan fama. —Ian se detuvo frente a ella nuevamente, cruzando los brazos sobre su pecho musculoso—. Usted, en cambio, es una página en blanco. Una mujer que se sacrifica por animales que nadie quiere. Es la narrativa perfecta para "suavizar" mi imagen de tiburón financiero.

Él regresó a su escritorio y, con un gesto brusco, lanzó una carpeta de cuero negro sobre la superficie de obsidiana.

—Aquí está mi propuesta, Luna. No es una inversión en su refugio, es un contrato por sus servicios. Usted se convierte en mi esposa ante el mundo durante un año. Vive en mi casa, asiste a mis cenas, firma mis documentos. A cambio, yo firmo un cheque por diez millones de dólares hoy mismo.

Luna miró la carpeta. El mundo pareció desvanecerse, quedando solo el sonido de su propia respiración agitada y la mirada gélida del hombre frente a ella.

—¿Un matrimonio por contrato? —susurró ella, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.

—Un año de su vida por la salvación de su legado —sentenció Ian, apoyando las manos sobre la mesa y volviendo a inclinarse hacia ella—. Pero antes de que abra esa carpeta, debe saber una cosa: mi casa tiene reglas. Mi vida tiene sombras. Y una vez que firme, no habrá marcha atrás.

Luna extendió la mano hacia el contrato, pero antes de tocarlo, sus dedos rozaron accidentalmente la mano de Ian.

El impacto fue instantáneo.

Fue como si un rayo hubiera golpeado el edificio. Una sacudida de calor puro, de reconocimiento ancestral, recorrió el cuerpo de Luna, dejándola sin aire. Ian retiró la mano como si se hubiera quemado, sus ojos volviéndose completamente ámbar por una fracción de segundo. Sus fosas nasales se dilataron y un sonido gutural, un gruñido que no podía ser humano, vibró en el fondo de su garganta.

—Lea el contrato —gruñó él, dándole la espalda bruscamente—. Tiene diez minutos. Si acepta, firmamos. Si no, lárguese de mi oficina y no vuelva nunca.

Luna se quedó allí, con la mano aún hormigueando y el corazón martilleando contra sus costillas, comprendiendo que acababa de entrar en la guarida de algo mucho más peligroso que un simple multimillonario.

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