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Portada de la novela Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Con tal de rescatar el refugio de su abuelo, Luna pacta un matrimonio de conveniencia con Ian Sterling, un frío magnate. El contrato estipula un año de distancia, pero él guarda un secreto: es el Alfa de una manada. Al producirse el primer contacto físico, el vínculo de compañeros destinados surge, rompiendo sus reglas. Entre la opulencia y el acecho de lobos rivales, ella debe descubrir si este hombre es un peligro inminente o su salvación definitiva.
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Capítulo 3

El silencio que siguió al estallido de estática entre sus manos era tan denso que Luna podía oír el zumbido de la electricidad en las paredes. Ian Sterling seguía de espaldas, con los hombros rígidos como si estuviera sujetando el peso del edificio entero. Cuando finalmente se giró, su rostro era una máscara de absoluta neutralidad, pero sus nudillos, aún apretados contra el escritorio de obsidiana, estaban blancos.

-Siéntese, señorita Valdez -dijo él. Su voz había recuperado ese tono gélido, pero había una nota áspera en el fondo, como si hablara a través de cristales rotos.

Luna se dejó caer en la silla de cuero. Sus dedos aún hormigueaban. Miró la carpeta negra frente a ella como si fuera una granada a punto de estallar.

-Mi abogado, el señor Graves, ha redactado los términos -continuó Ian, sentándose y recuperando su postura de poder-. Este no es un acuerdo de caballeros. Es un documento legal blindado. Si rompe una sola de las cláusulas, el financiamiento del refugio cesará de inmediato y usted será procesada por incumplimiento de contrato.

Ian abrió la carpeta. El papel era grueso, de una calidad que Luna no sabía que existía, y las letras parecían grabadas con una precisión quirúrgica.

-Regla Número Uno: La Coartada Pública. -Ian señaló el primer párrafo-. A partir de mañana, para el mundo, usted y yo hemos mantenido una relación secreta durante seis meses. La narrativa es que nos conocimos durante una donación anónima que hice a su santuario. Los detalles de nuestra "intimidad" serán memorizados por usted. No habrá dudas, no habrá contradicciones.

-Entiendo -susurró Luna, aunque la idea de fingir amor por este hombre de hielo le parecía una tarea hercúlea.

-Regla Número Dos: La Residencia. Se mudará a la Mansión Sterling al amanecer. Tendrá su propia ala en la casa, servicio doméstico y seguridad. Sin embargo, no podrá salir de la propiedad sin mi autorización expresa o la de su escolta. Mi seguridad no acepta errores.

-¿Autorización? -Luna frunció el ceño-. Eso suena a arresto domiciliario.

-Eso es protección -corrigió él con un destello peligroso en los ojos-. Mi mundo es más peligroso de lo que usted puede imaginar, señorita Valdez. No la quiero deambulando sola por la ciudad mientras lleva mi nombre.

-Regla Número Tres: Exclusividad Total. -Ian se inclinó hacia adelante-. No habrá otros hombres. Ni amigos, ni exnovios, ni conocidos. Durante este año, usted es propiedad de la imagen corporativa de Sterling. Si un solo paparazzi la fotografía en una situación ambigua, el contrato se anula.

Luna apretó los dientes. La palabra "propiedad" le escocía en los oídos, pero la imagen de Bruno y los perros del refugio apareció en su mente, dándole la fuerza necesaria para no levantarse y marcharse.

-Y la regla más importante -dijo Ian, bajando la voz hasta que fue casi un susurro-. Cláusula de Integridad Física. Este es un matrimonio de conveniencia. No habrá contacto sexual. No habrá muestras de afecto en privado. Usted se mantendrá alejada de mis aposentos y yo me mantendré alejado de los suyos. ¿Está claro?

-Es la regla más fácil de cumplir -replicó Luna con una valentía que no sentía.

Ian tensó la mandíbula. -Eso espero.

El Sello de Sangre

Justo cuando Luna iba a tomar la pluma, un hombre delgado y de ojos extremadamente claros entró en la oficina sin llamar. Era Graves, el abogado. Traía consigo un pequeño estuche de madera oscura y una expresión de solemnidad que hizo que a Luna se le helara la sangre.

-Señor Sterling, el documento final está listo -dijo Graves, ignorando por completo a Luna.

Ian asintió. Graves abrió el estuche y sacó una pequeña daga de plata, con el mango tallado en forma de una cabeza de lobo con ojos de rubí. El metal brillaba con una luz extraña bajo las lámparas LED.

-¿Qué es eso? -preguntó Luna, retrocediendo un paso.

-En mi familia -dijo Ian, levantándose-, los contratos de esta magnitud no se firman solo con tinta. La tinta se borra, se falsifica. La sangre, en cambio, lleva la verdad de quiénes somos. Es una tradición... para asegurar la lealtad absoluta.

-Esto es una locura -Luna negó con la cabeza-. Estamos en el siglo veintiuno, no en la Edad Media. No voy a cortarme para un contrato de negocios.

Ian se acercó a ella. Su presencia era tan abrumadora que Luna sintió que el aire se volvía escaso. Él extendió su mano derecha, palma arriba.

-Diez millones de dólares, Luna. La vida de cada animal en su refugio, la cirugía de su perro anciano, el futuro que su abuelo soñó. Todo por un pequeño pinchazo. ¿Es su miedo más grande que su compromiso con ellos?

El silencio se prolongó. Luna miró la daga y luego a los ojos de Ian. Había algo en su mirada que no era crueldad, sino una urgencia casi desesperada, como si él también necesitara este vínculo para protegerla de algo que ella aún no comprendía.

-Hágalo -dijo Luna, extendiendo su mano con el corazón martilleando en su pecho.

Ian tomó su mano. Sus dedos eran largos y calientes, una calidez que quemaba. Graves hizo un corte rápido y preciso en la palma de Ian, quien ni siquiera parpadeó. Luego, Ian guió la mano de Luna. Ella cerró los ojos y sintió el frío roce de la plata. Un pinchazo agudo, un calor repentino.

-Ahora, presione -ordenó Ian.

Él juntó su palma sangrante con la de ella.

En el momento en que sus sangres se mezclaron, una sacudida eléctrica mil veces más potente que la anterior recorrió el cuerpo de Luna. Vio ráfagas de imágenes: bosques plateados bajo la luna, el olor a tierra mojada, y un aullido que resonaba en lo más profundo de su alma. Sintió un tirón invisible, una cadena de oro y fuego que se enganchaba a su corazón, uniéndola irremediablemente al hombre que sostenía su mano.

Ian soltó un gruñido bajo, un sonido visceral de posesión. Sus ojos eran completamente ámbar ahora, brillantes y salvajes.

Presionaron sus manos juntas sobre el papel del contrato, dejando una mancha doble que se fundió en un sello carmesí perfecto.

-Está hecho -susurró Graves, retirando el papel con una reverencia.

Luna retrocedió, mareada, mirando su palma. Para su asombro, el corte ya no dolía; era solo una línea fina que parecía estar cerrándose ante sus ojos.

-Váyase a casa, Luna -dijo Ian, su voz ahora cargada de una fatiga profunda-. Despídase de su vida actual. A las seis de la mañana, un coche la recogerá. A partir de ese momento, usted ya no se pertenece a sí misma. Es una Sterling.

Luna salió de la oficina sin decir palabra, sintiendo que acababa de entregar mucho más que un año de su tiempo. Había firmado un contrato con un hombre que no era un hombre, y el sabor a metal y magia en su boca le decía que las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.

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