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Portada de la novela Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Atada al Alfa: El Contrato de Sangre

Con tal de rescatar el refugio de su abuelo, Luna pacta un matrimonio de conveniencia con Ian Sterling, un frío magnate. El contrato estipula un año de distancia, pero él guarda un secreto: es el Alfa de una manada. Al producirse el primer contacto físico, el vínculo de compañeros destinados surge, rompiendo sus reglas. Entre la opulencia y el acecho de lobos rivales, ella debe descubrir si este hombre es un peligro inminente o su salvación definitiva.
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Capítulo 1

El olor a aserrín limpio, pelo de perro y medicina antiséptica siempre había sido el aroma del hogar para Luna Valdez. Desde que tenía cinco años, los pasillos del "Santuario de San Francisco" habían sido su patio de juegos, y sus habitantes, los únicos amigos que nunca la juzgaron. Pero hoy, ese aroma estaba viciado por el olor metálico del miedo.

Luna estaba de rodillas en el suelo del área de recuperación, sosteniendo una jeringuilla con la dosis exacta de insulina para Bruno, un Golden Retriever de trece años cuyos ojos nublados por las cataratas seguían cada uno de sus movimientos.

-Tranquilo, chico. Es solo un pinchazo -susurró Luna, aunque su propia voz era un hilo quebradizo.

Sus manos, usualmente firmes, temblaban. No era por el procedimiento; era por el sobre de papel manila que descansaba sobre la mesa de acero inoxidable, justo al lado de las gasas. Tenía el sello de la Oficina del Sheriff de la ciudad y una palabra escrita en negrita que parecía gritar desde el papel: DESAHUCIO.

Hacía seis meses que su abuelo, el fundador del refugio, había fallecido. Con él no solo se fue su única familia, sino también la precaria estabilidad del santuario. Luna había descubierto demasiado tarde que el anciano, en un intento desesperado por mantener las puertas abiertas durante la crisis económica, había pedido un préstamo a una entidad financiera privada con intereses leoninos. Al morir él, la deuda recayó sobre la propiedad, y Luna, una repostera que apenas lograba cubrir sus propios gastos, se encontró heredando un agujero financiero de dos millones de dólares.

Un golpe seco en la puerta de madera la sobresaltó. Era Ernesto, el único voluntario que quedaba después de que Luna tuviera que dejar de pagar salarios.

-Luna... el hombre del banco está aquí de nuevo -dijo Ernesto, evitando mirarla a los ojos-. Esta vez viene con un tasador.

Luna cerró los ojos un segundo, apoyando la frente contra el lomo cálido de Bruno.

-Diles que esperen en la recepción, Ernesto. Termino con Bruno y salgo.

Se puso en pie, alisándose el delantal manchado de comida para perros. Al mirarse en el pequeño espejo roto del baño de empleados, vio a una mujer de veinticuatro años que parecía haber envejecido una década en seis meses. Su cabello castaño estaba recogido en una coleta descuidada y sus ojos grandes, de un color miel que solía brillar, estaban rodeados de ojeras profundas.

Caminó hacia la recepción, un espacio pequeño decorado con fotos de animales que habían encontrado un hogar a lo largo de los años. Allí, rodeado de jaulas vacías y sacos de pienso a medio llenar, estaba un hombre con un traje que costaba más que todo el equipo médico del refugio.

-Señorita Valdez -dijo el hombre, consultando su reloj de oro-. Soy el representante de Vortex Holdings. Supongo que ya leyó la notificación de esta mañana.

-La leí -respondió Luna, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos-. Pero aún me quedan cuarenta y ocho horas según la ley.

-Técnicamente, sí. Pero seamos realistas -el hombre hizo un gesto despectivo hacia el techo, donde una mancha de humedad ganaba terreno-. Usted no tiene el dinero. Mañana a las cinco de la tarde, este lugar será clausurado. Los animales que no sean trasladados a refugios municipales -donde, como usted sabe, la política de sacrificio es inmediata para los enfermos o ancianos- serán... procesados.

-¡No son objetos para ser "procesados"! -estalló Luna, dando un paso al frente-. ¡Son seres vivos! Bruno tiene trece años, nadie lo va a adoptar en un refugio municipal. Lo matarán en menos de una semana.

El hombre se encogió de hombros, imperturbable. -Mañana a las cinco, señorita Valdez. No haga esto más difícil para usted. Si coopera con el tasador hoy, podríamos considerar perdonar la deuda personal que quedaría pendiente tras la subasta del terreno.

Luna no respondió. Los vio alejarse por el pasillo, tomando notas sobre el valor del suelo, ignorando los ladridos de los perros que sentían la tensión en el aire.

Se dejó caer en el banco de madera de la entrada, aquel que su abuelo había construido con sus propias manos. El mundo se le venía encima. Necesitaba dos millones para la deuda y al menos ocho más para asegurar que el refugio no volviera a caer en esta situación; para contratar veterinarios, arreglar los techos y comprar suministros. Diez millones de dólares. Una cifra que, para ella, podría haber sido igual a mil millones.

Fue entonces cuando recordó la conversación con su amiga Sara, una periodista que cubría la sección de negocios.

"Si buscas un milagro, búscalo en la Torre Sterling", le había dicho Sara anoche entre tragos de café amargo. "Ian Sterling está en un aprieto. La junta directiva de su imperio quiere destituirlo porque lo consideran un ermitaño antisocial. Dicen que un CEO que nunca se deja ver con nadie, que no tiene familia ni pasado, es un riesgo para las acciones. Necesita una fachada humana, y la necesita ayer".

Luna había descartado la idea como una locura. Ian Sterling era conocido como "El Lobo de la Calle 50", un hombre frío, despiadado y, según los rumores, peligroso. No era alguien a quien le pides ayuda; era alguien a quien evitas para que no te devore.

Pero entonces, el ladrido ronco de Bruno llegó desde la sala trasera. Era un recordatorio de que ella no estaba luchando por su propia vida, sino por la de aquellos que no tenían voz.

-Diez millones -susurró Luna para sí misma, mirando la foto de su abuelo sobre el mostrador-. Solo necesito que me escuche tres minutos.

Se levantó con una determinación que no había sentido en semanas. Entró en su pequeña oficina trasera y buscó su único traje formal, un conjunto azul marino que guardaba para ocasiones especiales. Si iba a entrar en la guarida del lobo para vender su alma, al menos lo haría con la cabeza en alto.

No sabía nada de Ian Sterling, excepto lo que decían las revistas: que era un genio de las finanzas que nunca sonreía y que poseía una fuerza física intimidante. No sabía que el hombre no solo era un tiburón en los negocios, sino un Alfa real cuya naturaleza clamaba por algo que ninguna cantidad de dinero podía comprar.

Luna tomó su bolso, cerró la puerta del refugio con llave y miró por última vez el cartel que colgaba en la entrada: Santuario de San Francisco: Donde cada vida cuenta.

-Va por ti, abuelo -prometió, antes de caminar hacia la parada del autobús que la llevaría directo al centro financiero, al encuentro con el hombre que cambiaría su destino para siempre.

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