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Portada de la novela Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

Buscando salvar a su padre de una detención injusta, una joven recurre al poderoso Ricardo Vargas. Este acepta ayudarla a cambio de que ella se someta a su voluntad, pero la promesa es una farsa. Con pruebas falsificadas y la traición de Diego, su confidente, la protagonista queda atrapada en una red de manipulación. Mientras Elena revela oscuros secretos de sangre, ella comprende que su libertad fue el precio de una jaula de oro y sadismo.
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Capítulo 2

La noche en la Ciudad de México caía pesada, cubriendo las calles de un barrio escondido con un manto de silencio y sombras. El auto se deslizó sin hacer ruido por el asfalto mojado, deteniéndose finalmente frente a un portón de hierro forjado tan alto y oscuro que parecía la entrada a otro mundo.

Sofía Romero apretó las manos sobre su regazo, el cuero frío de sus guantes no lograba calmar el temblor de sus dedos. Su corazón latía con una fuerza descontrolada, un tambor ansioso contra sus costillas. Estaba a punto de enfrentarse a Ricardo Vargas, el hombre que tenía el destino de su padre en sus manos.

Hacía una semana que su padre, un respetado líder comunitario, había sido arrestado. Las acusaciones eran absurdas, malversación de fondos, un delito que chocaba directamente con la reputación de hombre íntegro que había construido durante toda su vida. Y detrás de todo, moviendo los hilos, estaba Ricardo.

Sofía había intentado contactarlo por todos los medios, llamadas que nunca fueron respondidas, mensajes que se perdieron en el vacío. La desesperación comenzaba a consumirla, hasta que esa misma mañana, una carta con el sello de las empresas Vargas llegó a su casa. La letra era elegante y precisa, la orden, escalofriante, Ricardo exigía una reunión, a solas, en su residencia esa misma noche.

Ahora estaba aquí, frente a la boca del lobo.

El portón se abrió con un gemido metálico, revelando un camino iluminado por luces tenues que serpenteaba a través de un jardín impecable. La mansión de Ricardo Vargas se erguía al final, una estructura imponente de piedra y cristal que parecía observar la ciudad desde su pedestal de poder.

Un hombre de traje salió a recibirla, su rostro inexpresivo.

"Señorita Romero, el señor Vargas la espera."

Sofía asintió, incapaz de pronunciar palabra. Sus peores temores se arremolinaban en su mente, ¿qué quería un hombre como Ricardo de ella, a solas, en la oscuridad de su casa? La respuesta más obvia le helaba la sangre.

Siguió al hombre a través de un vestíbulo de mármol que resonaba con el eco de sus tacones. Cada estatua, cada cuadro, gritaba riqueza y poder, un mundo tan ajeno al suyo. Esperaba que la condujera escaleras arriba, hacia una de las muchas habitaciones que sin duda tendría la mansión, pero para su sorpresa, el hombre la guio por un pasillo lateral hasta una puerta de madera oscura.

"El señor la recibirá en su oficina."

El alivio que sintió fue tan intenso que casi la hizo tambalearse. Una oficina. Era un lugar de negocios, no un dormitorio. Quizás, solo quizás, sus intenciones no eran las que ella había temido. La pequeña llama de esperanza se reavivó en su pecho.

El hombre abrió la puerta y se hizo a un lado.

Ricardo Vargas estaba de espaldas a la entrada, mirando a través del enorme ventanal que ofrecía una vista panorámica de las luces de la ciudad. Vestía un traje oscuro hecho a la medida que acentuaba su figura alta y delgada. El cuarto estaba impregnado con el aroma a cuero, madera y un caro licor.

Se giró lentamente, y sus ojos oscuros, tan penetrantes como siempre, se clavaron en ella. No había calidez en su mirada, solo un frío cálculo que la hizo estremecerse.

"Sofía," dijo, su voz era un murmullo grave y controlado, "qué bueno que pudiste venir."

No era una bienvenida, era una afirmación de su poder. Él sabía que ella no tenía otra opción.

Sofía lo conocía desde hacía años, Ricardo era amigo de su prometido, Marco. Lo había visto en cenas y eventos sociales, siempre distante, siempre observando. Nunca habían intercambiado más que saludos formales, pero ella siempre había sentido su mirada sobre ella, una atención no deseada que la inquietaba. Ahora, esa inquietud se había transformado en puro terror.

"Señor Vargas," logró decir, su voz apenas un susurro. "Usted quería verme."

"Ricardo," la corrigió él, caminando hacia su escritorio de caoba. "No hay necesidad de formalidades entre nosotros, ¿o sí?"

Ella no respondió. El aire en la habitación se sentía pesado, cargado de una tensión que podía cortarse con un cuchillo.

"Vine por mi padre," dijo Sofía, reuniendo todo el valor que le quedaba. "Las acusaciones en su contra… son falsas. Usted lo sabe."

Ricardo sonrió, una sonrisa sin alegría que no llegó a sus ojos. Se sentó en su imponente silla de cuero y juntó las yemas de los dedos.

"La justicia debe seguir su curso, Sofía. Hay pruebas."

"¿Pruebas?" repitió ella con incredulidad. "¿Qué pruebas puede haber contra un hombre que ha dedicado su vida a su comunidad?"

Ricardo no respondió verbalmente. En su lugar, abrió un cajón de su escritorio y sacó un sobre. Lo deslizó sobre la superficie pulida hacia ella.

"Quizás esto te refresque la memoria."

Con manos temblorosas, Sofía tomó el sobre. Dentro había una carta. La reconoció al instante, era la caligrafía de su padre. Pero el contenido la dejó sin aliento. Era una confesión, una descripción detallada de cómo había desviado fondos comunitarios para su propio beneficio. Era una mentira, una mentira vil y retorcida, pero la firma al final era inconfundible.

El mundo de Sofía se derrumbó. La carta era la prueba definitiva, una condena segura. La pequeña esperanza que había sentido se extinguió, dejando solo cenizas y una desesperación abrumadora.

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