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Portada de la novela Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

Atada a Ti: Mi Dueño Cruel

Buscando salvar a su padre de una detención injusta, una joven recurre al poderoso Ricardo Vargas. Este acepta ayudarla a cambio de que ella se someta a su voluntad, pero la promesa es una farsa. Con pruebas falsificadas y la traición de Diego, su confidente, la protagonista queda atrapada en una red de manipulación. Mientras Elena revela oscuros secretos de sangre, ella comprende que su libertad fue el precio de una jaula de oro y sadismo.
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Capítulo 3

Sofía miró la carta, sus ojos releyendo las mismas palabras una y otra vez, esperando que cambiaran, que se transformaran en algo que tuviera sentido.

"No," susurró, su voz rota. "Esto no es posible. Mi padre nunca haría esto."

Levantó la vista hacia Ricardo, buscando cualquier indicio de engaño en su rostro, pero él permanecía impasible, un juez de piedra observándola desde su trono de poder.

"La letra no miente, Sofía," dijo él con una calma exasperante. "Es la suya, ¿no es así?"

"Sí, pero… él no escribiría esto. Alguien lo obligó. ¡Esto es una trampa!"

Ricardo se levantó y rodeó lentamente el escritorio, su presencia llenando el espacio, haciéndolo sentir más pequeño, más sofocante. Se detuvo justo frente a ella, tan cerca que podía oler el vago aroma de su loción.

"Acércate," ordenó, su voz baja pero llena de autoridad. "Mírala de nuevo. Mira los detalles."

Sofía obedeció, su cuerpo moviéndose por instinto, por el hábito de no desafiar a hombres como él. Se inclinó sobre el escritorio, sus ojos fijos en el papel. La caligrafía era perfecta, cada curva, cada trazo era de su padre. Recordaba haberlo visto escribir innumerables veces, sus notas, sus discursos. No había duda.

El reconocimiento la golpeó como una ola helada. La firma al final, ligeramente inclinada hacia la derecha, como siempre. Las pequeñas imperfecciones en ciertas letras. Era real. O al menos, una imitación tan perfecta que era imposible de distinguir. El pánico se apoderó de ella, un torbellino de confusión y miedo que amenazaba con ahogarla. ¿Era posible que no conociera a su propio padre? ¿Podría haberle ocultado un lado tan oscuro?

"¿Ves?" dijo Ricardo, su voz un murmulucho junto a su oído. "No hay nada que investigar. El caso está cerrado."

Cerrado. La palabra resonó en su cabeza como una sentencia de muerte. Su padre, pudriéndose en una celda por un crimen que no cometió, todo por una carta. La imagen la destrozó.

"No," repitió ella, esta vez con más fuerza, girándose para enfrentarlo. Las lágrimas ardían en sus ojos, pero se negaba a dejarlas caer. "Haré lo que sea. Por favor."

La desesperación la empujó más allá de la razón, más allá del orgullo. En ese momento, solo existía la imagen de su padre tras las rejas, su rostro envejecido por la preocupación. El sacrificio que estaba a punto de hacer parecía pequeño en comparación.

"Por favor, Ricardo," suplicó, su voz quebrándose. "¿Qué quieres? Te daré lo que sea. Dinero no tengo, pero… pero me tienes a mí."

El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Ricardo la miró fijamente, su expresión indescifrable. Parecía sopesar sus palabras, medir su desesperación.

"¿Lo que sea?" preguntó él, una ceja arqueada con un matiz de burla.

Sofía asintió, las lágrimas finalmente rodando por sus mejillas. "Lo que sea."

Él se inclinó un poco más, su aliento cálido en su piel.

"Arrodíllate," dijo.

La orden fue tan inesperada, tan cruda, que por un segundo Sofía no la procesó. Luego, el significado la golpeó con la fuerza de una bofetada. La humillación era total, absoluta. Quería quebrarla, no solo poseerla.

Su cuerpo temblaba violentamente. Su dignidad, su orgullo, todo lo que era, se rebelaba contra esa orden. Pero la imagen de su padre volvió a su mente, su única ancla en este mar de degradación.

Cerró los ojos con fuerza, tragándose el nudo en su garganta. Lentamente, doblando sus rodillas, se hundió en la gruesa alfombra a los pies de Ricardo Vargas. El sonido de la tela de su vestido al rozar el suelo fue el único ruido en la habitación. Había cruzado una línea de la que no habría retorno.

Ricardo la observó desde arriba, su rostro una máscara de fría satisfacción. No dijo nada, simplemente la dejó allí, en el suelo, despojada de todo menos de la amarga certeza de su sacrificio.

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