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Portada de la novela Ángeles y Demonios

Ángeles y Demonios

La vida de Lailah dio un giro drástico tras una noche trágica que la sumergió en una red internacional de trata. Sometida a un año de torturas bajo el cruel dominio del Diablo, su realidad se volvió una agonía constante. En ese infierno aparece un hombre decidido a liberarla, pero su rescate conlleva el riesgo de un nuevo y complejo tormento emocional. ¿Podrá Lailah sobrevivir a este destino incierto y proteger su verdadera esencia frente al peligro?
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Capítulo 2

Polonia

16 de abril del 2016

Varsovia: Capital del país.

Se abrazaba a sí misma intentando mantener el poco y mísero calor que lograba radiar su propio cuerpo envuelto entre las delgadas telas de un viejo y roído suéter con unos vaqueros que definitivamente habían visto mejores tiempos, su piel normalmente de un tono hermosamente por decirlo de alguna forma miel estos días solo conocía la palidez a la que había sido exiliada en aquella jaula de concreto, madera y hierro.

Cerró los ojos y tomó aire, le dolía el cuerpo, le dolía el alma, le dolía la vida en toda extensión de la palabra, el hecho de respirar, de abrir los ojos, de tragar saliva era una guerra constante de la que tenía que olvidarse en la noche y revivir en el día.

Día y noche.

Cielo e infierno.

Cordura y completa inestabilidad.

Esa había sido una trágica rutina en los últimos nueve meses, por que los tres primeros nada le dejará mentir en que había luchado por ello.

Una lágrima se desliza por su mejilla y cae en el sucio suelo.

Había llegado allí hace doce meses, tres semanas y dieciocho horas si su mente no falla aún. Había salido una noche a despejar, una noche a sentirse joven, e intentar olvidar la pena que embargaba su alma desde la fatídica noche del catorce de noviembre del dos mil catorce.

Cierra los ojos y vuelve tomar aire, una de sus manos comienza a temblar.

Ese día comenzó como cualquier otro, levantate, desayuna, vistete y ve a trabajar, regresa, bañate, cena y duerme, una rutina que había adquirido para intentar superar la pérdida de quien más amaba en el mundo, ese día sus amigos Irina y Eliot, aquellos dos pequeños que conoció en el kinder y por los que había desarrollado un especial apego que sobrevivió a veinticinco años de una larga-y llena de momentos difíciles-amistad, sin embargo allí estuvieron, ahí estaban y ahí los perdió.

Palabras de aliento que nunca faltaban fueron dadas y la inocente idea de que una salida era lo necesario, ella siempre tan altruista y llena de lucha por el bien ageno, ahora durante todo este tiempo en el que estaba sola con su mente, sus demonios y sus tormentos, se dio cuenta de que quizás, sí, nunca había vivido realmente para sí misma, no obstante, ruega por su vida anterior, una en la que al menos, era dueña de sí misma, dedicada a todo menos a su propio bienestar, a veces humillada por su corazón demasiado bondadoso, pero tranquila y con una conciencia limpia, sin tener que mirarse y pensar que estaría mejor muerta.

La puerta se abrió y ella solo pudo abrazarse a sí misma, la única manera de protegerse que encontró en todo este tiempo fue esa, abrazarse, llorar en silencio y mantener la boca callada acatando cada orden como una fiel soldado, solo que en este caso su amonestación aparte de ser pública le dejarían cicatrices que nunca sanarían, nunca.

-Levántate-alzó la vista y ve a un hombre alto, de músculos y cabeza rapada, lo reconoce, su nombre es Sebastian, y jura que si bien es un maldito loco, posiblemente sea una de las mejores personas que hay ahí-Por favor Lailah, él quiere verte.

Aprieta los labios y se arrastra hasta quedar cerca de la pared, con cuidado, con todo el que puede tener una persona en su condición se levanta, le crujen los huesos, le arde la piel, le duele todo. Levanta el rostro y mira a Sebastian a los ojos, este la observa solo un momento antes de suspirar y acercarse con lentitud, ella, Lailah, no se aleja, no puede, duele, y honestamente, no quiere problemas. Con lentitud Sebastian le rodea el torso y la saca del cuarto, que se podría comprar, no, era una maldita celda.

Salen ambos, Sebastian caminando altivo, aguantando un cuerpo femenino que parece más muerto que vivo, que va recostado sobre él como si otra forma no pudiera ser posible, Sebastan la aprieta solo un poco más intentando evitar que se resbale y caiga, no obstante solo consigue que Lailah sisee de dolor.

-Lo siento-murmura, ella no lo mira y él sabe que su silencio es una repuesta, "sigues órdenes, estás tan jodido como yo".

Al rededor se escucha los casi silenciosos murmullos, sus ojos están hinchado, los abre mínimo y arden, pero aun así y contra todo pronóstico, lo cual agradece, no perdió la vista. Se muerde los labios mientras oye alaridos a lo lejos, los reconoce, son de Nina, la pequeña niña de quince años que habían traído hace diez días y contando, Lailah pudo jurar que en cada grito le deslumbraba un retazo de lo que estaba viviendo en una imagen nítida, y si su sentido direccional no se equivocaba, teniendo en cuenta que conocía esos pasillos ya como la palma de su mano, estaba en la sala cero, en ese cuarto donde nadie quería ir, pero al más mínimo error lo visitabas sin saber si tendrías la suerte de salir.

Lailah sintió una corriente subir por su columna vertebral dejando un retazo de miedo, ¿cuántas veces ella lo había visitado?, más de las que quisiera contar.

Llegan al pasillo B, o el ala blanca, esta llamada así por ser el color predominante, donde la gran puerta de coba brillante y hermosa se cierne ante ellos y traga saliva que en vez de ayudar le razpa aún más la garganta.

-Aquí está, señor-anuncia Sebastian en cuanto entran, Lailah no emite ni siquiera un atisbo que demuestre que está respirando, de hecho y de forma inconsciente se recuesta un poquito más a Sebastian, no porque sea un buen hombre-no es el peor de ahí-de hecho ahí nadie lo es, sin embargo, él, el que ahora mira en dirección a ambos y espera sentado con tranquilidad en el sofá negro aterciopelado de la habitación con un wiskye danzando en el baso de cristal al compás de sus movimientos de muñeca, él, definitivamente le daba mucho, pero mucho más miedo.

-Perfecto, dejala en la silla y retirate-Sebastian acata, Lailah quiere llorar, sus ojos duelen y duda que lo logre más allá de unas cuantas lágrimas, sin embargo no lo hace, no derrama una sola gota, no se aferra a un hombre que si bien es un poco amable por decirlo de alguna forma no dudará en golpearla si se lo piden, y sólo se deja caer en la silla quedando lapsa.

Sebastian cierra la puerta y queda sola en la habitación con el "Diablo", este deja su baso a un lado, se levanta dejando a ver su impoluto traje que definitivamente es de diseñador, se acerca y sin previo aviso, con rudo manejo toma el cabello de Lailah levantando su cabeza y dejando a descubierto su rostro. Diablo observó con detenimiento los ojos inchados, los labios partidos, las contusiones en el que definitivamente fue en algún momento un bello rostro femenino al cual admirar, sin dejar de sujetar los cabellos con una mano, pasó con una fingida simpatía y dulzura por el magullado rostro suavemente hasta legar al cuello y hombros donde apretó esperando una señal de dolor que llegó en una pequeña sacudida y un lastimero y efímero quejido.

-Después de todo este tiempo-sisio mordaz y despectivo-Pensar que llegaste aquí siendo toda altiva, hermosa, elegante y llena de una seguridad apabullante que poco a poco ha quedado reducida a nada-se agachó un poco y acercó el rostro dejando que su aliento con un leve toque etílico le llegara-¿De qué te ha servido tanto orgullo Lailah, de qué?-sonrió-Mirate, pasaste de ser el sueño de muchos hombre al cuerpo que toman cuando no hay nada mejor, das asco.

Lailah no dijo nada.

-Todo lo que odiabas te poseyó, alcohólicos, drogadictos, corruptos, asquerosos delincuentes, tú, la señorita perfecta, ¿te haz mirado en un espejo, Lailah?.

-Lo siento-susurró, tan bajo que definitivamente si Diablo no estuviera tan cerca sería imposible de oír.

Él suspiró, y la soltó con fuerza haciendo que su cabeza chocara con el borde superior del espaldar de la silla.

-Si tienes fuerzas para disculparte tendrás para lo que viene-sacó una cajetilla de cigarro y apartó uno llevándoselo a los labios, prendiéndolo y dándose la primera calada, Lailah alzó solo un poco-y lo que pudo-la vista y lo miró, su cabello seguía siendo castaño, su cuerpo bien construido y su porte lleno de superioridad-Te he vendido-un pequeño silencio perpetuo inundó la habitación unos segundos antes de ser roto por el movimiento de la mano de Lailah cuando comenzó a temblar levemente-Es un hombre de dinero, su nombre es Esteban Ivanhoe, está afuera esperando por ti, el contrato fue cerrado, me pagaron buena pasta y te irás lejos, si vives o mueres ya no es problema mío...-hizo una pequeña pausa y sonrió-Aunque nunca lo fue, claro está.

El movimiento espasmódico se aseveró, llegando a causar un temblor a lo que Diablo solo rodó los ojos y llamó a Sebastian, quien entró y la observó detenidamente antes de llevarla cargada aún con algunos espasmos hacia la sala XY donde se alistaba la mercancía, ya era normal verla así, tantos golpes, gritos, humillaciones y violaciones tanto físicas como mentales habían creado ciertos traumas que se manifestaban así, con espasmos violentos entre otras cosas.

-Eres más fuerte de lo que piensas Lailah, por eso tantos querrán destrozarte.

Diablo, terminó el cigarro y lo botó en el cenicero lleno de tantos cabos gastados.

Hace exactamente un año, durante una noche cualquiera, en uno de los clubes de la ciudad, tres amigos organizaron una reunión, que terminó con la muerte de uno, la desaparición de otro, y la inevitable culpa del sobreviviente.

"-Vamos al club FallWings.

La frase que dio paso al desastre convertido en infierno.

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