
Amor Y Traición: Mi Venganza
Capítulo 2
El frío del azulejo del baño subió por mis pies descalzos, un frío tan real que me hizo temblar. En mi mano, el test de embarazo mostraba dos líneas claras, inequívocas. Estaba embarazada.
Un sollozo se escapó de mi garganta, pero no era de alegría, era un eco de la desesperación que sentí justo antes de morir.
Cerré los ojos y la imagen volvió, nítida y brutal, el olor a gasolina y a metal quemado, el sonido de los vidrios rompiéndose. Mi hermanastra, Camila, de pie junto al coche destrozado, su rostro hermoso contorsionado por una sonrisa triunfante. A su lado, mi esposo, Alejandro, con la mirada fría, indiferente a mis gritos de ayuda.
"Sofía, siempre tan ingenua", la voz de Camila resonaba en mi memoria, "Alejandro es mío, su éxito es mío, y ahora, tu vida también lo es".
Sentí el dolor agudo en mi vientre, la pérdida de mi hijo nonato, y luego la nada.
Abrí los ojos de golpe, el corazón latiéndome a mil por hora. El mismo baño, el mismo test de embarazo. Miré el calendario en mi teléfono. Era el día. El día en que, en mi vida pasada, anuncié felizmente mi embarazo, el día que selló mi destino.
La rabia, una furia helada y pura, reemplazó el pánico. No, esta vez no. Esta vez no sería la víctima ingenua. Esta vez, yo conocía el futuro. Conocía sus caras, sus planes, sus traiciones.
La puerta del baño se abrió y Alejandro entró, su sonrisa carismática y perfectamente ensayada en su lugar.
"Mi amor, ¿estás bien? Te tardas mucho".
Vio el test en mi mano. Sus ojos se abrieron con una sorpresa que, ahora lo sabía, era completamente fingida. Se arrodilló frente a mí, tomando mis manos con una calidez que me revolvió el estómago.
"¿Sofía? ¿Es... es lo que creo que es?".
Asentí lentamente, observando su actuación.
"¡Vamos a ser padres! ¡Por Dios, Sofía, soy el hombre más feliz del mundo!".
Me abrazó con fuerza, su rostro enterrado en mi cuello. Pude sentir la vibración de su risa falsa. En mi vida anterior, lloré de felicidad en sus brazos. Ahora, solo sentía un asco profundo. Me mantuve rígida, mi mente trabajando a toda velocidad.
Él se apartó, sus ojos brillando de una alegría calculada.
"Tenemos que celebrarlo, ¡hay que darle una gran fiesta! Anunciarlo a todo el mundo".
"No", dije, mi voz sonando más firme de lo que esperaba.
Alejandro parpadeó, confundido.
"¿No? Pero, mi amor, es la mejor noticia de nuestras vidas".
"Es muy pronto, Alejandro", respondí, forzando una expresión de preocupación. "Los primeros meses son delicados, quiero ser cuidadosa. No quiero anunciarlo todavía".
Era la excusa perfecta, una que él no podía rebatir sin parecer insensible.
Él frunció el ceño ligeramente, su plan de usar a nuestro hijo para solidificar su imagen pública temporalmente frustrado. Pero se recuperó rápidamente, su sonrisa volviendo a su lugar.
"Por supuesto, mi vida. Lo que tú digas. Tu salud y la del bebé son lo más importante".
Me besó en la frente. Un beso de Judas.
"Descansa un poco, yo me encargo de todo", dijo mientras salía del baño.
Me quedé sola de nuevo, mirando mi reflejo en el espejo. La mujer que me devolvía la mirada ya no era la misma. La inocencia había sido quemada, y de las cenizas, había nacido un monstruo.
Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos.
"Sí, Alejandro", susurré al silencio. "Ocúpate de todo".
Porque mientras él planeaba usarme, yo ya estaba planeando su destrucción. Y la de Camila. Y la de todos los que les ayudaron.
Mi plan de venganza comenzaba ahora. Y el primer paso era simple: en lugar de mantener a los lobos alejados de las ovejas, iba a meter a todos los lobos en el mismo corral y ver cómo se destrozaban entre sí.
Tomé mi teléfono y le escribí un mensaje a Camila.
"Hermanita, tengo una idea maravillosa para tu carrera. ¿Por qué no vienes a la casa mañana? Tenemos que hablar".
Ella respondió casi al instante con un emoji de corazón. La hipocresía era sofocante.
Pero esta vez, yo jugaría su juego, y lo jugaría mejor. Protegería a mi hijo y construiría mi propio imperio sobre las ruinas del suyo.
También te puede gustar





