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Portada de la novela Amor y la Simulación Perfecta

Amor y la Simulación Perfecta

Sofía O'Connell busca su ciudadanía cuando un mensaje de su hermano Miguel, a quien creía perdido, cambia su destino. Tras advertirle que evite su examen, ella descubre que sus padres adoptivos ocultan códigos subcutáneos y guardan secretos violentos. Rodeada de mentiras y traicionada por Ricardo, su supuesto aliado, Sofía se sumerge en una conspiración letal. Todo culmina cuando una misteriosa orden mental la obliga a saltar al vacío para sobrevivir.
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Capítulo 2

El aire acondicionado del pequeño apartamento zumbaba con una monotonía desesperante, luchando contra el calor pegajoso de un verano que no daba tregua. Estaba sentada a la mesa del comedor, con los libros de historia y civismo de Estados Unidos abiertos frente a mí. Las preguntas del examen de ciudadanía parecían burlarse de mí, impresas en un papel que olía a burocracia y a un futuro que no sentía mío.

Mañana era el gran día. El día que mis padres adoptivos, los O'Connell, habían esperado durante tres largos años. El día en que Sofía Ramírez se convertiría oficialmente en Sofía O'Connell, una ciudadana americana.

Mi teléfono vibró sobre la mesa, sacándome de mi trance de memorización.

Era un número desconocido, pero el mensaje era corto y helado.

"Sofía. Soy Miguel. No vayas al examen. Hagas lo que hagas, no vayas".

Mi corazón se detuvo.

Miguel.

Mi hermano.

Desaparecido hace tres años.

Todos decían que estaba muerto. La policía, los O'Connell, incluso el terapeuta que me obligaron a ver. "Un inmigrante más que no lo logró", decían con una lástima que me revolvía el estómago. Pero yo sabía que no era verdad. Miguel no era de los que se rinden. Se fue a Estados Unidos para buscar una vida mejor para los dos, me lo prometió. Era fuerte, era listo, era mi hermano mayor, mi protector.

No podía estar muerto.

Y ahora, este mensaje.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda a pesar del calor. Era su forma de escribir, su manera directa de decir las cosas. Era él. No tenía ninguna duda.

Mis dedos temblaban mientras intentaba marcar el número. Quería escuchar su voz, preguntarle dónde estaba, por qué había desaparecido, por qué me advertía sobre el examen que supuestamente nos daría la seguridad que tanto buscábamos.

El teléfono sonó una, dos, tres veces.

Luego, una voz grabada, impersonal y fría, me golpeó.

"El número que usted marcó no existe".

Colgué, confundida. ¿Cómo era posible? Acababa de recibir un mensaje de ese mismo número. Volví a mirar la pantalla. El mensaje seguía ahí, real, tangible. "Soy Miguel. No vayas al examen".

Lo intenté de nuevo.

"El número que usted marcó no existe".

La frustración y el miedo empezaron a mezclarse en mi pecho. Era un truco, una broma cruel. Pero, ¿quién haría algo así?

La puerta principal se abrió y la voz de mi madre adoptiva, Martha, llenó el pequeño espacio.

"Sofía, cariño, ¿ya estás lista? Tu padre y yo queremos repasar las preguntas contigo una última vez. Es muy importante que lo hagas perfecto mañana".

Su voz, normalmente tan dulce y reconfortante, de repente sonaba como un taladro en mi cabeza. La presión, siempre la presión. Desde que llegué a esta casa, todo giraba en torno a la ciudadanía. "Serás una de nosotros", "Estarás a salvo", "Es lo que Miguel hubiera querido".

Mi teléfono vibró de nuevo en mi mano.

Era el mismo número.

El mismo mensaje.

"NO VAYAS".

Así, en mayúsculas. Una orden. Una advertencia desesperada. Un grito en la oscuridad.

"Sofía, ¿me escuchas?", insistió Martha, entrando en el comedor. Su sonrisa era perfecta, sus ojos azules fijos en mí.

Tuve que pensar rápido. No podía decirles nada. No confiarían en mí, dirían que era el estrés, que estaba imaginando cosas de nuevo.

Me llevé una mano al estómago, doblando ligeramente el cuerpo.

"Me siento un poco mal, mamá. Creo que son los nervios".

Puse mi mejor cara de dolor, una técnica que había perfeccionado para evitar conversaciones incómodas.

Martha frunció el ceño. Su preocupación parecía genuina, pero había algo más en su mirada, una impaciencia apenas disimulada.

"No puedes ponerte enferma ahora, Sofía. Hemos trabajado muy duro para esto. Tu padre se va a enfadar".

Como si lo hubiera invocado, David O'Connell apareció en el umbral de la puerta. Era un hombre alto, imponente, con una mirada que siempre parecía estar juzgándome.

"¿Qué pasa aquí?", preguntó, su voz grave resonando en la habitación.

"Sofía dice que le duele el estómago", explicó Martha, con un tono que claramente decía "haz algo".

David me miró fijamente.

"No son tonterías de niña, ¿verdad? Sabes lo importante que es mañana. Es el último paso. Después de esto, todo por lo que Miguel luchó habrá valido la pena".

Sus palabras, que antes me habrían conmovido, ahora se sentían como una manipulación barata. Usar a Miguel en mi contra. Otra vez.

"No es ninguna tontería", respondí, tratando de mantener la voz firme. "De verdad me siento mal".

David se acercó a la mesa y golpeó los libros con el dedo.

"Pues te tomas una pastilla y sigues estudiando. No vamos a permitir que un simple dolor de estómago arruine tres años de esfuerzo y miles de dólares en abogados. ¿Entendido?".

Su tono no admitía réplica. Era una orden, no una sugerencia.

Asentí en silencio, bajando la mirada para que no vieran la rabia y la confusión que luchaban dentro de mí.

El mensaje de Miguel ardía en mi bolsillo.

La amenaza de mi padre adoptivo flotaba en el aire.

Y yo estaba atrapada en medio.

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