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Portada de la novela Amor y la Simulación Perfecta

Amor y la Simulación Perfecta

Sofía O'Connell busca su ciudadanía cuando un mensaje de su hermano Miguel, a quien creía perdido, cambia su destino. Tras advertirle que evite su examen, ella descubre que sus padres adoptivos ocultan códigos subcutáneos y guardan secretos violentos. Rodeada de mentiras y traicionada por Ricardo, su supuesto aliado, Sofía se sumerge en una conspiración letal. Todo culmina cuando una misteriosa orden mental la obliga a saltar al vacío para sobrevivir.
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Capítulo 3

Mientras David volvía a la sala, Martha se sentó a mi lado. Suavizó su expresión y me tomó la mano. Su piel era suave, pero fría.

"Cariño, sé que es mucho estrés. Pero piensa en el futuro. Una vez que seas ciudadana, podrás ir a la universidad, tener un buen trabajo. Estarás a salvo. Es todo lo que queremos para ti".

Sus palabras eran un bálsamo, pero yo ya no sentía su efecto. Mi mente estaba en otra parte, en el recuerdo de mi hermano. Mi mano libre se deslizó instintivamente hacia mi muñeca, donde llevaba una pequeña pulsera de hilo trenzado, de color rojo y negro.

Miguel me la había hecho el día antes de irse de México.

"Para que nunca olvides de dónde vienes, hermanita. Y para que sepas que siempre estaré contigo, pase lo que pase".

Era lo único que me quedaba de él, de mi vida anterior. Nunca me la quitaba.

Martha siguió mi mirada hasta la pulsera. Su sonrisa perfecta se desvaneció de golpe. Su rostro se contrajo en una mueca de asco y furia que nunca le había visto.

"Todavía llevas esa cosa", siseó, su voz irreconocible.

Antes de que pudiera reaccionar, me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente. Sus uñas se clavaron en mi piel.

"¡Quítatela!", gritó. "¡Te he dicho mil veces que tires esa porquería! ¡Es un recordatorio de un pasado que no existe! ¡Miguel está muerto, entiéndelo de una vez! ¡MUERTO!".

Su reacción fue tan violenta, tan desproporcionada, que me quedé paralizada por el shock. Nunca, en los tres años que llevaba viviendo con ellos, había levantado la voz de esa manera. Forcejeé, intentando liberar mi brazo.

"¡Suéltame! ¡Me estás lastimando!".

"¡Te la voy a arrancar!", gritó, tirando con fuerza de la pulsera. El hilo, viejo y gastado, empezó a ceder.

El pánico se apoderó de mí. ¡No podía perderla!

En el forcejeo, su manga se subió ligeramente, revelando la parte interior de su muñeca. Por un instante, bajo la luz de la lámpara, vi algo.

Una serie de números finos y negros, tatuados en su piel. Parecía un código de barras, casi imperceptible.

WT-07.

Me quedé helada.

El tirón se detuvo. Martha pareció darse cuenta de su arrebato. Soltó mi muñeca de golpe, como si quemara. Se arregló la manga, respirando agitadamente.

Luego, tan rápido como había explotado, su rostro volvió a la normalidad. La sonrisa dulce regresó, aunque sus ojos seguían brillando con una intensidad extraña.

"Ay, perdóname, mi amor", dijo, con la voz temblorosa. "No sé qué me pasó. Es el estrés, el estrés por ti. Quiero tanto que todo salga bien mañana...".

Pero yo ya no la escuchaba. Mi mente estaba clavada en esos números. WT-07.

Imágenes de mi verdadera madre inundaron mi cabeza. Sus manos, siempre ocupadas haciendo tortillas, cosiendo ropa, acariciando mi pelo. Conocía cada línea, cada mancha de sol, cada pequeña cicatriz de sus manos.

Y en ninguna de ellas había un tatuaje.

Nunca.

Levanté la vista y la miré. Realmente la miré por primera vez en mucho tiempo. Su cara, sus ojos, su sonrisa. Todo parecía correcto, pero ahora, sabiendo lo que sabía, todo se sentía falso. Como una máscara perfectamente elaborada.

"¿Mamá?", susurré, la palabra sintiéndose extraña en mi boca.

Ella me sonrió, una sonrisa que ya no me transmitía calor, sino un frío profundo.

"Dime, cariño".

Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas. Un sudor frío me recorrió la nuca.

Esta mujer... no era mi madre.

No sabía quién era, pero no era la persona que decía ser. El recuerdo de su furia, de la fuerza con la que me agarró, de su odio hacia la pulsera de Miguel... todo cobraba un nuevo y aterrador sentido.

"¿Por qué odias tanto a Miguel?", le pregunté, mi voz apenas un susurro.

Su sonrisa vaciló por una fracción de segundo.

"No lo odio, Sofía. ¿Cómo puedes decir eso? Simplemente creo que debes dejar de aferrarte a fantasmas. Es por tu bien. Debes mirar hacia adelante".

Sus palabras eran lógicas, razonables. Pero sus ojos decían otra cosa. Decían que estaba mintiendo.

Me levanté de la silla, mi cuerpo temblando.

"Necesito ir al baño".

"Claro, ve", dijo, su voz de nuevo calmada y controladora. "Pero no tardes. Tenemos que seguir estudiando".

Caminé hacia el pasillo, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Cerré la puerta del baño y me apoyé en ella, intentando controlar mi respiración.

No estaba loca. El mensaje era real. Miguel estaba vivo. Y estas personas, estos "padres" que me presionaban para convertirme en ciudadana, eran unos impostores.

¿Pero por qué? ¿Qué querían de mí?

Mi mirada se posó en mi reflejo en el espejo. Una chica asustada, pálida, con los ojos muy abiertos. Pero debajo del miedo, una nueva determinación comenzaba a arder.

Tenía que escapar. Tenía que encontrar a Miguel.

Tenía que descubrir la verdad.

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