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Portada de la novela Amor Perdido, Sueño Recuperado

Amor Perdido, Sueño Recuperado

Al despertar en 1985, mi meta era amar a Ricardo, pero hallé a un hombre egoísta que me desprecia por mi mejor amiga. Tras descubrir que él arruinó mi futuro musical en ambas vidas, la ruptura de una cuerda de mi arpa durante una prueba crucial se vuelve mi liberación. Usando mi armónica, alcanzo el éxito que me pertenecía. Rompo las cadenas de sus engaños y decido triunfar en el arte bajo mis propios términos, dejando atrás su sombra para siempre.
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Capítulo 2

El aire de 1985 se sentía diferente, olía a tierra mojada y a las chimeneas de la fábrica textil que trabajaban sin parar.

Cuando abrí los ojos y vi el calendario colgado en la pared, con la foto de un paisaje que ya no existía, supe que no había sido un sueño.

Había muerto en una cama de hospital, vieja y cansada, y ahora estaba de vuelta.

Tenía dieciocho años otra vez.

Mi cuerpo se sentía ligero, lleno de una energía que había olvidado.

Pero la sorpresa más grande no fue mi propio regreso.

Fue Ricardo.

Poco después de mi renacimiento, lo noté. El Ricardo de esta vida no era el mismo joven conformista y sin ambiciones que conocí a esta edad en mi vida pasada.

Este Ricardo hablaba de ir a la universidad, de salir del barrio, de hacer algo grande.

Sus ojos brillaban con una ambición que nunca antes le había visto.

Solo había una explicación posible.

Él también había renacido.

El corazón se me aceleró con esa idea.

Pensé que el destino nos había dado una segunda oportunidad.

Una oportunidad para hacerlo todo bien esta vez, para construir esa vida perfecta que siempre soñamos.

Mi amor por él, un amor que había durado toda una vida, se reavivó con una fuerza abrumadora.

Así que esperé.

Esperé a que terminara su primer año en la universidad, contando los días para su regreso.

La expectativa era casi insoportable.

Mi mamá me veía caminar de un lado a otro en la pequeña sala de nuestra casa.

"Mija, ¿qué te pasa? Pareces un león enjaulado."

"Nada, mamá. Solo estoy... esperando algo."

Ella me miraba con sus ojos sabios, esos ojos que parecían conocer todos mis secretos, incluso los de una vida que ella no recordaba.

"Lo que sea que esperes, que sea bueno para ti."

Sonreí, tratando de calmar la ansiedad en mi pecho.

Claro que sería bueno.

Era Ricardo.

Mi Ricardo.

En nuestra vida anterior, todos decían que éramos la pareja perfecta.

Él era el esposo modelo, atento, trabajador, siempre a mi lado.

Me llevaba el desayuno a la cama en nuestro aniversario, me sostenía la mano cuando tenía miedo.

Éramos el pilar de nuestra comunidad, el ejemplo a seguir.

Nadie sabía de las pequeñas grietas, de los sueños que sacrifiqué, de las veces que me sentí sola a pesar de tenerlo al lado.

Pero lo amaba. O creía que lo amaba.

El recuerdo de su rostro en mi lecho de muerte era lo que me daba fuerzas.

Sus manos arrugadas sosteniendo las mías, sus ojos llenos de lágrimas.

"Sofía, mi amor," me susurró, con la voz rota. "Si hay otra vida, te juro que te encontraré. Y esta vez, te daré el mundo. No cometeré los mismos errores."

Esa promesa era mi ancla.

Era la razón por la que mi corazón latía con tanta esperanza.

Él había vuelto por mí. Para cumplir su promesa.

Su decisión de ir a la universidad, tan distinta a su vida pasada donde se conformó con un puesto en la fábrica, solo confirmaba mis sospechas.

Estaba cambiando su destino.

Por nosotros.

El día que regresaba de la ciudad era una fiesta en el barrio.

Era el primer joven de nuestra generación en ir a la universidad, un orgullo para todos.

Yo me puse mi mejor vestido, uno que había cosido con la tela más bonita que encontré.

Me peiné con esmero, sintiendo las mariposas en el estómago, como una adolescente enamorada por primera vez.

Y en cierto modo, lo era.

Estaba a punto de empezar de nuevo con el amor de mi vida.

La gente se aglomeró en la entrada de la fábrica para recibirlo.

El camión se detuvo y él bajó.

Se veía diferente.

Más alto, más seguro de sí mismo. El sol le daba en el cabello y parecía brillar.

El director de la fábrica le dio una palmada en la espalda, los vecinos aplaudían.

Él sonreía, una sonrisa amplia y carismática que desarmaba a cualquiera.

"¡Ese es nuestro Ricardo! ¡El futuro de este barrio!", gritaba alguien.

Mi corazón latía con fuerza.

Lo busqué con la mirada, esperando que sus ojos encontraran los míos.

Cruzaríamos miradas y, sin decir una palabra, lo sabríamos todo.

Él empezó a caminar entre la multitud, saludando a la gente.

Se acercaba.

Cada paso que daba hacia mí era una eternidad.

Preparé mi mejor sonrisa, la que sabía que a él le gustaba.

Estaba a solo unos metros.

Mi respiración se detuvo.

Él pasó justo a mi lado.

Ni siquiera me miró.

Sentí un frío recorrer mi espalda.

Siguió caminando, como si yo fuera invisible, como si fuera parte del decorado.

Se detuvo frente a otra persona.

Frente a Laura.

La flor de la fábrica, la chica más bonita del barrio, mi mejor amiga.

Él la miró con una intensidad que yo conocía muy bien, una mirada que creí que me pertenecía solo a mí.

Y entonces, frente a todos, con una voz clara y fuerte que resonó en el silencio que se había formado, dijo las palabras que yo había estado esperando escuchar por meses.

"Laura, desde que te vi supe que eras tú. Te amo. ¿Quieres ser mi novia?"

El mundo se detuvo.

Mi sonrisa se congeló en mi rostro.

El vestido bonito, el peinado, la esperanza.

Todo se hizo cenizas en un instante.

La multitud estalló en vítores y aplausos.

Pero yo solo podía escuchar el sonido de mi corazón rompiéndose en mil pedazos.

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