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Portada de la novela Amor Perdido, Sueño Recuperado

Amor Perdido, Sueño Recuperado

Al despertar en 1985, mi meta era amar a Ricardo, pero hallé a un hombre egoísta que me desprecia por mi mejor amiga. Tras descubrir que él arruinó mi futuro musical en ambas vidas, la ruptura de una cuerda de mi arpa durante una prueba crucial se vuelve mi liberación. Usando mi armónica, alcanzo el éxito que me pertenecía. Rompo las cadenas de sus engaños y decido triunfar en el arte bajo mis propios términos, dejando atrás su sombra para siempre.
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Capítulo 3

El griterío de la gente era un ruido sordo y lejano.

Veía sus bocas moverse, pero no entendía las palabras.

Solo podía ver a Ricardo, de pie frente a Laura, sosteniendo sus manos.

Laura, con las mejillas sonrojadas, asintió con la cabeza, incapaz de hablar por la emoción.

La gente los rodeó, felicitándolos, abrazándolos.

Yo me quedé ahí, parada en medio de la nada, completamente sola.

El aire se me fue de los pulmones.

Sentí una presión en el pecho, tan fuerte que creí que me ahogaría.

No podía respirar.

No podía pensar.

Solo podía sentir.

Y lo que sentía era un dolor tan profundo que me quemaba por dentro.

Sin pensarlo, me di la vuelta y empecé a correr.

No sabía a dónde iba, solo necesitaba escapar.

Escapar de sus caras felices, de los aplausos, de la realidad que me había golpeado con la fuerza de un tren.

Corrí hasta que mis piernas no pudieron más y me escondí en el pequeño callejón detrás de la panadería.

Me deslicé por la pared hasta el suelo, abracé mis rodillas y dejé que las lágrimas salieran.

Lloré en silencio, sin hacer ruido, dejando que el dolor fluyera.

Me quedé ahí por horas, hasta que el sol se ocultó y la noche enfrió las calles.

Cuando finalmente regresé a casa, mi mamá me esperaba en la puerta.

Su rostro estaba lleno de preocupación.

"Sofía, ¿dónde estabas? Te busqué por todas partes."

No pude contestarle.

La miré con los ojos hinchados y rojos, y ella entendió.

No preguntó más.

Simplemente me abrazó, y en sus brazos, me permití derrumbarme por completo.

Me encerré en mi cuarto.

No quería ver a nadie, no quería hablar con nadie.

Mi mamá me dejaba la comida en la puerta, y yo apenas la tocaba.

Mi mente era un torbellino de recuerdos y preguntas sin respuesta.

¿Por qué?

¿Por qué Ricardo?

¿No recordaba su promesa? ¿No recordaba nuestra vida juntos?

Entonces, como un relámpago, los recuerdos de mi vida pasada comenzaron a encajar de una manera diferente.

Recordé el día de nuestra boda.

Laura fue mi dama de honor.

Estaba hermosa, y Ricardo bromeó diciendo que casi se equivocaba de novia.

En ese momento, me reí. Ahora, el recuerdo me sabía amargo.

Recordé las fiestas de la fábrica.

Ricardo siempre sacaba a bailar a Laura, "para que su esposo no se ponga celoso", decía él.

Yo lo veía como un gesto de amistad. Ahora veía algo más.

Recordé la vez que Laura enfermó gravemente.

Ricardo movió cielo y tierra para conseguirle el mejor médico de la ciudad, un médico que nunca estuvo a nuestro alcance cuando mi padre enfermó.

Dijo que lo hacía por nuestra amistad.

Ahora, entendía la verdad.

Cada momento importante, cada gesto "noble" de Ricardo en nuestra vida pasada, de alguna manera, estaba conectado con Laura.

Su ambición en esta nueva vida.

Su esfuerzo por ir a la universidad.

No era por nosotros.

Era por ella.

Quería cambiar su destino para poder estar a la altura de Laura, para darle la vida que él creía que ella merecía.

La vida que en el pasado no pudo darle.

Yo no era el amor de su vida.

Era un obstáculo. Un premio de consolación.

La comprensión me golpeó con una brutalidad que me dejó sin aliento.

Toda mi vida anterior, nuestro matrimonio de cincuenta años, había sido una mentira.

Una mentira bien construida, pero una mentira al fin y al cabo.

El llanto se convirtió en una rabia sorda.

Lloré hasta que no me quedaron más lágrimas, hasta que mis ojos ardieron y mi garganta se sintió en carne viva.

Lloré por la joven Sofía que creyó en un amor de cuento de hadas.

Lloré por la mujer vieja que murió aferrada a una promesa falsa.

Cuando el sol salió al tercer día, algo dentro de mí había cambiado.

Me levanté de la cama, me lavé la cara y me miré en el espejo.

La chica que me devolvía la mirada tenía los ojos vacíos, pero había una nueva determinación en su postura.

Abrí la puerta.

Mi mamá estaba sentada en la cocina, con una taza de café en las manos.

Me vio y una pequeña sonrisa de alivio se dibujó en su rostro.

Me senté frente a ella y empecé a comer el desayuno frío que me había dejado.

Comí con hambre, con la necesidad de reponer las fuerzas que había perdido.

No hablamos.

No era necesario.

Su presencia era suficiente.

Cuando volví a la fábrica, el tema de conversación principal seguía siendo la nueva pareja.

Mis compañeras de trabajo hablaban en susurros, pero yo lo escuchaba todo.

"¿Viste el regalo que Ricardo le dio a Laura? Un collar de perlas de verdad. ¡Debe haberle costado una fortuna!"

"Dicen que la va a llevar a la ciudad el fin de semana, a un restaurante elegante."

Cada palabra era un recordatorio de mi estupidez.

Recordé cómo en nuestra vida pasada, Ricardo siempre se quejaba del dinero.

Para nuestro aniversario, me regalaba flores que cortaba del jardín de una vecina.

Cuando le pedí un vestido nuevo para una fiesta, me dijo que no podíamos permitírnoslo.

Pero para Laura, no había límites.

Para ella, la luna y las estrellas.

No era que Ricardo no supiera ser romántico.

No era que no supiera ser generoso.

Simplemente no quería serlo conmigo.

Esa fue la verdad más dolorosa de todas.

La verdad que finalmente me liberó.

Poco a poco, los chismes se apagaron.

La novedad de Ricardo y Laura se convirtió en la rutina del barrio.

Yo dejé de escucharlos.

Dejé de prestarles atención.

Mi corazón, que había estado hecho pedazos, comenzó a cicatrizar.

La herida seguía ahí, profunda y dolorosa, pero ya no sangraba.

Empecé a concentrarme en mi trabajo, en mi música.

En esta vida, no dejaría que mi arpa se llenara de polvo en un rincón.

Tenía un sueño, uno que había abandonado por él.

Y ahora, no había nada ni nadie que me detuviera.

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