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Portada de la novela Amor No Se Base En FRAUDE

Amor No Se Base En FRAUDE

Ximena entregó cinco años de su vida a Ricardo, un poderoso magnate del tequila que fingía parálisis para manipularla. Tras renunciar a su futuro profesional por cuidarlo, la joven descubre que todo fue un engaño orquestado por él y su ex, Sofía. Al ser testigo de sus burlas crueles, el amor de Ximena se convierte en un rencor implacable. Decidida a no ser humillada más, planea su huida y una fría venganza contra el hombre que tanto la subestimó.
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Capítulo 2

La lluvia caía a cántaros sobre Guadalajara, un diluvio que parecía querer borrar la ciudad del mapa.

Los limpiaparabrisas de mi viejo coche luchaban inútilmente contra el torrente de agua que golpeaba el cristal, y el tráfico no avanzaba.

Mi corazón latía con fuerza, no por el miedo a la tormenta, sino por la ansiedad.

Ricardo me había llamado hacía una hora, su voz sonaba débil y necesitada por el teléfono.

"Mi amor, se me acabó el tequila, el especial, el que me ayuda a dormir. ¿Podrías traerme una botella? Por favor, Ximena, solo tú sabes cuál es."

Por supuesto que solo yo sabía.

Era un tequila extra añejo, ridículamente caro, de una licorería al otro lado de la ciudad.

No me importó la tormenta. No me importó el tráfico. Durante cinco años, las necesidades de Ricardo habían sido el centro de mi universo.

Me enamoré de él, el gran magnate del tequila, un hombre poderoso y carismático que, según me contó, había quedado postrado en una silla de ruedas por un terrible accidente causado por su exnovia, Sofía.

Yo, una joven diseñadora de moda con más sueños que dinero, creí cada palabra.

Creí en su amor, en su fragilidad, y dediqué mi vida a cuidarlo.

Finalmente, después de casi dos horas, llegué a la mansión.

Estaba empapada, temblando de frío, pero con la preciada botella de tequila a salvo en mis brazos.

La casa estaba en silencio, lo cual era extraño.

Normalmente, a esta hora, Ricardo estaría en la sala, viendo las noticias.

Dejé mis zapatos mojados en la entrada y caminé de puntillas por el pasillo de mármol.

Una luz se filtraba por debajo de la puerta de su estudio.

Y entonces, escuché voces. La de Ricardo y la de su mejor amigo, Mateo.

"¿De verdad crees que se tragó el cuento del tequila para dormir?", decía Mateo entre risas.

La voz de Ricardo, que siempre era tan suave y cuidadosamente débil conmigo, ahora sonaba fuerte, clara y llena de un desprecio que nunca había escuchado.

"Por supuesto que se lo tragó. Esa pendeja de Ximena se traga todo lo que le digo. Ha sido así durante cinco años."

Me quedé helada. La botella de tequila casi se me resbala de las manos.

Mi respiración se detuvo.

"Cinco años, hermano", continuó Mateo, su tono era una mezcla de admiración y burla. "¿No te cansas de fingir? ¿De estar sentado en esa silla todo el día?"

Hubo un sonido, un crujido de cuero, y luego la voz de Ricardo, más cerca de la puerta.

"El odio es un gran motivador. Cada vez que veo a Ximena arrastrándose por mí, sirviéndome, mirándome con esos ojos de perrito abandonado, me imagino la cara de Sofía. Cada humillación para Ximena es una bofetada para Sofía en mi mente."

Mi mundo se hizo añicos en ese instante.

La sangre se me heló en las venas.

"¿Y todas esas pruebas de amor?", preguntó Mateo, claramente disfrutando del recuerdo. "¿Como cuando la hiciste caminar descalza sobre las brasas en la fiesta de año nuevo porque 'demostraba la calidez de su amor'?"

"Esa fue buena", admitió Ricardo, y ambos soltaron una carcajada. Una risa cruel y horrible que retumbó en mi cabeza. "O cuando la hice vender todos sus diseños, su única pasión, para comprarme ese reloj de edición limitada que supuestamente 'simbolizaba nuestro tiempo eterno juntos'. Y luego se lo regalé a una de mis amantes."

No. No podía ser.

Mi mente se negó a procesarlo.

Las brasas. Todavía tenía las cicatrices en las plantas de los pies.

Mis diseños. Mi portafolio, el trabajo de toda mi vida, vendido por una miseria.

Cada sacrificio, cada lágrima, cada noche en vela cuidándolo, cada "te amo" que le susurré... todo era una farsa.

Una herramienta en su enferma venganza contra otra mujer.

Yo no era su amor. Yo era un peón. Un objeto. Una broma.

"¿Y cuántas veces te has levantado de esa silla cuando ella no está?", insistió Mateo.

"¿Qué te importa? Cientos, miles de veces. He ido a fiestas, me he acostado con mujeres, he cerrado negocios. Ximena es mi coartada perfecta. La enfermera devota que cuida al pobre inválido. Nadie sospecharía que el lisiado Ricardo Santos está destruyendo a sus competidores uno por uno."

El aire se me escapó de los pulmones en un sollozo ahogado.

Me tapé la boca con ambas manos, tratando de no hacer ruido.

Las lágrimas corrían por mis mejillas, mezclándose con el agua de la lluvia.

El amor, ese sentimiento cálido y abrumador que había llenado mi corazón durante cinco años, se pudrió y murió en cuestión de segundos.

En su lugar, creció algo frío, duro y afilado.

Odio.

Un odio tan puro y tan intenso que me quemaba por dentro.

Miré la botella de tequila en mis manos.

El "remedio" para su dolor. Otra mentira.

Con un cuidado infinito, dejé la botella en el suelo, sin hacer ruido.

Di media vuelta y me alejé de esa puerta, de esa casa, de esa vida que había sido una mentira monumental.

Ya no era la ingenua y soñadora Ximena.

Esa mujer había muerto en el pasillo.

Ahora, solo quedaba una mujer con el corazón destrozado y una sola idea en la mente.

Venganza.

Y escape.

Ricardo Santos no sabía con quién se había metido.

Pensaba que yo era débil, una tonta manipulable.

Iba a demostrarle lo equivocado que estaba.

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