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Portada de la novela Amor No Se Base En FRAUDE

Amor No Se Base En FRAUDE

Ximena entregó cinco años de su vida a Ricardo, un poderoso magnate del tequila que fingía parálisis para manipularla. Tras renunciar a su futuro profesional por cuidarlo, la joven descubre que todo fue un engaño orquestado por él y su ex, Sofía. Al ser testigo de sus burlas crueles, el amor de Ximena se convierte en un rencor implacable. Decidida a no ser humillada más, planea su huida y una fría venganza contra el hombre que tanto la subestimó.
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Capítulo 3

Mi cuerpo se movía por pura inercia, cada paso era un esfuerzo monumental contra la tormenta que se desataba dentro de mí.

Regresé a la entrada, me puse los zapatos mojados y volví a salir a la lluvia torrencial.

Pero no me fui. No todavía.

No podía. No tenía a dónde ir, no tenía un peso a mi nombre.

Todo lo que tenía, o creía tener, estaba dentro de esa casa.

Ricardo me había aislado de mis amigos, mi familia. Mi tía Elena, la única familia que me quedaba, vivía en España y apenas hablábamos porque Ricardo siempre encontraba una excusa para que yo estuviera demasiado ocupada para llamarla.

Tenía que volver a entrar. Tenía que seguir con la farsa hasta que tuviera un plan.

Respiré hondo, el aire frío y húmedo llenando mis pulmones.

Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y compuse mi rostro en una máscara de preocupación y cansancio.

Cuando volví a entrar, toqué la puerta del estudio suavemente.

"¿Ricardo? Mi amor, ya llegué."

La risa se detuvo de golpe.

Hubo un silencio tenso, y luego la voz de Ricardo, de nuevo débil y suave.

"Adelante, cielo."

Abrí la puerta.

Mateo estaba de pie junto a la ventana, con una copa en la mano, mirándome con una sonrisa burlona.

Ricardo estaba en su silla de ruedas, con una manta sobre las piernas, la expresión de un mártir sufriente perfectamente dibujada en su rostro.

Un actor consumado.

"Te tardaste tanto, mi amor. Estaba preocupado", dijo, extendiendo una mano hacia mí.

Me acerqué y le entregué la botella. Mis manos temblaban ligeramente.

"El tráfico estaba horrible por la tormenta", dije, mi voz sonaba extrañamente hueca en mis propios oídos.

Mateo se acercó, su mirada recorriéndome de arriba abajo.

"Vaya, Ximena, pareces un perro mojado", soltó con desprecio. "Ten cuidado, no vayas a manchar la alfombra persa."

Sentí una oleada de ira, pero la reprimí.

"Lo siento", musité, bajando la mirada.

"No le hables así, Mateo", la reprendió Ricardo, pero no había fuerza en sus palabras. Era parte del show. El novio protector. "Ella solo hacía lo que le pedí."

Ricardo me tomó la mano. Su tacto, que antes me derretía, ahora me provocaba náuseas.

"Gracias, mi vida. Eres mi ángel. Ahora, ¿podrías prepararme un baño caliente? Siento que los huesos me van a matar con esta humedad."

Vi la forma en que sus dedos se aferraban a los reposabrazos de la silla. Los nudillos blancos.

Vi el músculo de su pantorrilla tensarse bajo la manta cuando se acomodó.

Un hombre que no había usado sus piernas en cinco años no tendría esa definición muscular.

Era tan obvio. Tan insultantemente obvio.

¿Cómo pude ser tan ciega?

"Claro, mi amor", respondí, forzando una sonrisa. "Enseguida."

Me di la vuelta para salir de la habitación, pero me detuve un segundo en el umbral, fingiendo ajustar mi ropa.

Sabía que pensarían que estaba fuera de su alcance auditivo.

Y funcionó.

"Qué patética se ve", susurró Mateo, con veneno en la voz. "Totalmente rota."

"Exactamente como la quiero", respondió Ricardo, su voz era un murmullo satisfecho. "Mañana tenemos la cena benéfica de la fundación. Tengo una nueva 'prueba de amor' para ella. Será espectacular. Le pediré que se ponga ese vestido horrible que diseñó al principio, el que parece un costal de papas, y que sirva las bebidas a todos nuestros invitados. Quiero que todos vean lo bajo que ha caído la 'prometedora diseñadora'."

Sus risas me siguieron por el pasillo.

Cada carcajada era un clavo más en el ataúd del amor que una vez sentí por él.

Mientras preparaba el baño, el vapor llenando el lujoso cuarto de mármol, mis manos trabajaban en automático.

Mi mente, sin embargo, era una máquina fría y calculadora.

Un vestido que parece un costal de papas.

Servir bebidas.

Humillación pública.

No.

Ya no.

Miré mi reflejo en el espejo. Mis ojos estaban rojos e hinchados, mi rostro pálido.

Pero debajo del dolor, había algo nuevo. Una chispa de acero.

Él quería un espectáculo. Le daría uno. Pero no el que él esperaba.

El agua caliente caía en la tina, pero yo sentía un frío glacial en el alma.

El amor no muere en silencio.

Muere con el sonido de una risa cruel en un estudio lleno de humo de cigarro y mentiras.

Muere al darte cuenta de que la persona por la que habrías dado la vida, te ha estado matando lentamente, día tras día.

Y cuando el amor muere, a veces, algo mucho más peligroso nace de sus cenizas.

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