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Portada de la novela Amor mío, te detesto

Amor mío, te detesto

Cameron Hamilton, un abogado metódico enfocado en el éxito familiar, ve su vida trastornada por la impulsiva Tessa Joyce. Tras un encuentro salvaje en Las Vegas, ambos se ven forzados a un matrimonio de treinta días. Él busca un ascenso y ella recuperar sus finanzas, pactando una convivencia sin sexo ni amor. No obstante, la cercanía constante y la química entre ambos pondrán a prueba sus reglas, convirtiendo su mutua antipatía en una pasión inevitable.
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Capítulo 2

Cameron

El miedo recorrió cada célula de mi cuerpo y contuve el aliento, al percibir que venía una nueva oleada de cólera. Casi podía jurar que la vena de la frente de Nicole, estaba a punto de estallar y no estaba equivocado, solo bastó que dejase escapar un ligero gemido para que chillase nuevamente, haciéndome encoger en mi sitio de puro pánico.

La había citado por sorpresa a almorzar a un bonito restaurante italiano al que solíamos ir cuando ambos íbamos a la escuela. Me pareció una idea genial, apelar a su lado más nostálgico, recordar ese momento en el que no podíamos separarnos el uno del otro.

No obstante, decir que era una pésima idea se quedaba corto.

En cuanto entró al lugar, miró hacia todos lados con repulsión y solo basto que se sentase para comenzar a mirar compulsivamente el reloj de oro y diamantes que le había regalado su padre por su cumpleaños.

Cuando llegó el champán que pedí, las cosas no mejoraron, porque me recordó nada amablemente que no le gustaba el sabor del que había ordenado.

Sin embargo, estalló de forma salvaje cuando saqué el anillo de oro blanco con un delicado diamante rosa que compré en un rapto de romanticismo frenético de camino a nuestra cita. Anillo en el que había invertido todos mis ahorros.

Lo que Landon me dijo, no hizo otra cosa que avivar los deseos de terminar con esa espera interminable. Le veía mucha razón, ¿Por qué esperar? Nos amábamos y queríamos compartir nuestra vida, todo lo demás era circunstancial.

—¡¿Es qué te volviste completamente loco?! —Me eché hacia atrás cuando el alarido que acababa de dar mi prometida, me perforó el tímpano. —No… Ya sé, no te volviste loco… —Hizo una pausa para respirar y sacudió frenéticamente su dedo índice en el aire. —¿Te drogaron? ¿Es eso? He escuchado que lo hacen en muchas empresas como una forma de estúpida iniciación, sí debe ser eso… Te drogaron. —Repitió como una desquiciada.

Solté el aire lentamente antes de comenzar a hablar.

Bueno, podía entenderla, tenía que hacerlo. Aquello no era justamente la boda soñada que imaginamos desde que salimos de la escuela, la boda que planeábamos cada sábado por la noche en mi cuarto de la fraternidad durante la universidad.

No iba a ser una enorme boda con dos ciento cincuenta invitados, seis damas de honor, un pastel de ocho pisos, ni tampoco tendría probablemente el vestido de sus sueños, diseñado a medida por Vera Wang. Sin embargo, ni en mis peores pronósticos, imaginé que se volvería completamente loca en cuanto le dijese que quizás sería romántico hacer una escapada de fin de semana a Las Vegas. ¿Y por qué, no? Casarnos.

Puede que fuese un completo idiota, pero hasta incluso creí que de inmediato se lanzaría en mis brazos, radiante de alegría, cuando le confesase que no quería esperar ni un minuto más para hacerla mi esposa. Después de todo, no necesitábamos ninguna de esas cosas con las que ella soñaba para ser completamente felices. Nos teníamos el uno al otro y para mí eso era suficiente. Aunque aparentemente para ella, no lo era.

—No me drogaron. —Dije haciendo acopio de todo el autocontrol que tenía. Estaba bastante decepcionado con su reacción para ser completamente sincero. —Solo pensé que te gustaría la idea. —Miré los boletos que tenía en la mano bajo la mesa y me sentí un completo imbécil. Un pardillo, lo que era irónico, porque nunca antes me había sentido de ese modo. No obstante, desde la entrevista de trabajo, no podía dejar de sentirme como uno de los más grandes pardillos de la historia. —No sé, supuse que te gustaría saber que no puedo esperar un solo minuto para comenzar a compartir la vida contigo.

Nicole entrecerró los ojos, suspicaz.

—Sin mencionar que te lo pidieron en el bufete donde fuiste a realizar la entrevista, como condición para darte el maldito trabajo. —Dijo con su tono más borde.

Un camarero se acercó por detrás de ella, aferrando un menú contra su pecho, pero meneé la cabeza, esperando que entendiese que no era un buen momento.

Suspiré aliviado al verlo darse la vuelta.

—Sí, lo sugirieron. —Me sinceré. —Es verdad, pero no por eso mi deseo de casarme contigo en menos legítimo, realmente lo deseo.

Intenté tomarle la mano y ella la retiró, para cruzarse de brazos.

—Sí, ya. —Bufó. —Lo que no entiendo es porque debemos sacrificar todo lo que hemos soñado durante tanto tiempo porque estás encaprichado en no firmar el cambio que hizo tu padre en el fideicomiso. —Abrí la boca para replicar, aunque no tuve la oportunidad. —Déjame terminar. —Me pidió. —Mira, sabes bien que yo siempre te he apoyado en todo lo que te has propuesto, a pesar de que mis padres han recomendado en muchas ocasiones que te abandone, porque se hace bastante claro que una relación que lleva más de nueve años, sin planes de pisar un altar es una perdida completa de tiempo. —Respiró pesadamente y en ese momento supe que diría lo que me temía desde hacía meses. —Cam, te amo. —A pesar de haberme dicho que me amaba, su tono era apagado y distante.

—Pero… —Tragué, saliva con fuerza.

—Creo que hemos llegado a un callejón sin salida con respecto a nuestra relación.

—Ese texto lo redactó tu madre. —Lancé mordaz, la conversación estaba dando rápidamente un giro inesperado.

—No, Cameron. Mamá no me está susurrando al oído lo que estoy a punto de decirte. —Allí estaba, el puñal que me clavaría hasta lo más profundo. —Tampoco es la villana que está en tu contra. Mis padres solo quieren lo mejor para ambos. —Claro, eso era justo lo que ocurría. —Y al igual que yo. Piensan que deberías firmar los cambios del fideicomiso, de esa forma recibirías medio millón de forma semanal al igual que tu hermano. Con eso podríamos realizar la boda que soñamos, comprar una casa, buscar un bebé. ¿No te gustaría eso, Cam? —Preguntó, Nicol, metiendo su dedo en la herida. —Dime, ¿Qué son ochenta mil al año contra eso? ¿Un Aston Martin? Nada de eso puede competir contra lo que te ofrece tu padre. Ya te dejó claro que no te quiere como alto ejecutivo hasta que él lo decida, entonces, ¿por qué sería tan malo disfrutar de su fortuna? Deberías dejar de ser tan infantil.

Una carcajada amarga escapó de mis labios.

—¿Qué tiene de malo? —Me froté la frente, frustrado. —Tiene mucho de malo, a decir verdad. Porque si permito que le entregue acciones con opción de voto a cada una de sus amantes, en poco tiempo no nos va a quedar nada. Ni fortuna que disfrutar, ni compañía, ni nada. —Ella rodó los ojos. — Además, la bruja adicta al poder de su nueva novia, lo convenció de que la nombre directora general en caso de que él enferme. No voy a firmar nuestra sentencia de muerte por medio millón a la semana, si siquiera por diez. —Respiré agitadamente, aunque ella no se dio por aludida. Todo lo contrario volvió a atacar sin darme tregua.

—Entonces, acepta que papá te busque un mejor empleo. —Aguijoneo.

Llevé la copa a mis labios y me la tomé de un solo trago. Ya que había pagado por ella la bebería y diría todo lo que estaba guardando desde hacía años.

—¡No voy a aceptar los favores de tu padre o de los corruptos de sus amigos! —Estallé en un breve momento de valentía y de inmediato me di cuenta de lo que acababa de decir. Aunque ya era tarde para retractarme.

Nicole ahogó un gemido, llevándose la mano a la boca.

—¿Es eso lo que piensas de mi familia? —Me quedé mudo, no podía replicar porque aún no podía creer que hubiese dicho lo que pensaba desde hacía tanto tiempo.

Y a pesar de que racionalmente sabía que lo mejor era disculparme y fingir demencia, volví a atacar.

—Nicole, por favor. —Me sentía a la defensiva y ella también. —No seas hipócrita, yo sé de muy buena fuente que la opinión dominante de tu familia con respecto a mi persona, es que soy un perdedor que no puede ofrecerle un puto departamento a su hija.

Ella apretó los labios en una fina línea.

—Es posible, Cameron, no puedo mentirte que se mencionó en un par de ocasiones que no eres el hombre que desean para mí.

—¿Tú crees eso?

—En este punto, considero que debo ser realista y no dejarme llevar por mis sentimientos. Supongo que eres absolutamente capaz, brillante y talentoso. Sin embargo, en el preciso momento en el que te veo despreciar medio millón sin siquiera pensarlo, bueno… —Hizo una pausa. —Es evidente que careces de ambición y no puedo seguir con un hombre que no desea tener más que esto. Vivir del día a día con trabajos mediocres porque se considera moralmente muy superior al resto. —Parpadee varias veces sin dar crédito a lo que escuchaba.

—¿Eso qué significa? —Le pregunté, sintiendo que la tierra se abría bajo mis pies y era repentinamente succionado.

—Esto es un ultimátum, Cameron. —Me dijo tranquilamente. —Tienes hasta el martes para saber qué es lo que harás. Mientras tanto, solo espero que no me llames, ni intentes contactarme porque no te atenderé.

—¿Me estás terminando? —Pregunté sin poderme creer que la cita planeada para invitarla a una escapada a Las Vegas se hubiese convertido rápidamente en la oportunidad perfecta para abandonarme. —¿Hay alguien más? —La idea de que su familia tenía un prospecto, “más ambicioso”. Resonó con fuerza en mi mente.

¿Ella estaría de acuerdo en contemplar opciones?

Esa idea me ofendía muchísimo porque yo nunca hubiese pensado en estar con alguien más que no fuese ella.

Fuese lo que fuese que iba a decir, su largo silencio, me dio a entender que estaba dispuesta en ese momento a ponerlo todo sobre la mesa y quizás a ver qué tal el mercado, ya que evidentemente mis acciones se habían desplomado de un momento a otro.

—En lo que a mí respecta, tú estás por tu lado y yo por el mío. —Fue tajante. —A menos que de aquí al martes recapacites. Si no es así, no te molestes en volver a llamarme por favor. Lo siento, Cam. —Se levantó y tomó su bolso. —Es mi última palabra. —Me dio un beso en la coronilla y salió del lugar sin voltearse a mirar.

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