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Portada de la novela Amor mío, te detesto

Amor mío, te detesto

Cameron Hamilton, un abogado metódico enfocado en el éxito familiar, ve su vida trastornada por la impulsiva Tessa Joyce. Tras un encuentro salvaje en Las Vegas, ambos se ven forzados a un matrimonio de treinta días. Él busca un ascenso y ella recuperar sus finanzas, pactando una convivencia sin sexo ni amor. No obstante, la cercanía constante y la química entre ambos pondrán a prueba sus reglas, convirtiendo su mutua antipatía en una pasión inevitable.
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Capítulo 3

Tessa

Mi abuela siempre me decía que una pequeña decisión tomada en el momento equivocado, puede poner tu vida de cabeza. Lo que no me resultaba un problema, porque por lo general mi vida era un constante vivir patas arriba.

Sin embargo, el día que recibimos la llamada de un abogado que me buscaba para tirarme por la cabeza los veinticinco mil dólares que Boch, el donante de esperma que me engendró. Comenzó una verdadera pesadilla, de esas que comienzan como un sueño maravilloso y terminan siendo un buen fiasco.

Era más de lo que había tenido todo junto en los diecinueve años de vida que llevaba.

El charlatán que llegó con dos cheques bajo el brazo nos dijo que mi papá nos había dejado todo lo que tenía a mi abuela, su madre y a mí. Aunque no era mucho, tampoco compensaba que me hubiese dejado a los dos años al cuidado de mi abuela por unas horas para no volver jamás, pero de todas formas lo tomamos. Necesitábamos la pasta para pagar la renta, comprar comida y los medicamentes. Mi Nona, esperaba que ocupase mi parte del dinero para volver a estudiar.

Ilusa.

Tenía planes muy distintos para ese dinero y allí estábamos, listas para ejecutar aquellos planes en la jodida ciudad de las luces.

—Necesitamos actitud ganadora. —Bianca, recibió el cambio que le entregaba el taxista. —Y más de esto, si es que queremos entrar al club donde nos espera el contacto de Gabriel. —Tiró del escote del vestido rojo que me había prestado hacia abajo para dejar mis senos un poco más expuestos.

—¡Eh! —Me quejé. —No pensé que cuando dijiste que nos íbamos a emperifollar para parecer más grandes, significaba que tenía que pasearme lista para que me pongan a tiro. —Bianca me miró de reojo, al tiempo que caminábamos hasta la larga fila de personas que esperaban a las afueras del club nocturno, solo para entrar probablemente menos de una hora. Lo que me parecía absurdo, de ser por mí hubiese estado tapada hasta las narices.

A pesar de mi reputación, no era una de esas chicas fiesteras y todo me parecía novedoso.

Sonreí al ver a algunas chicas que caminaban dando saltitos con sus tacones de quince centímetros delante de nosotras, chillaban ante la expectativa de encontrar algún magnate o famoso que se las llevase a continuar la fiesta a una lujosa suite.

Par ser sincera, en principio no me gustó demasiado la idea, mi mejor amiga era un imán para los problemas. Sin embargo si todo salía como planeábamos, obtendría la invitación para la mesa de póker ilegal que esperábamos. Era la llave que necesitaba para desplumar algunos gallos viejos, triplicar mi dinero y con ello comprar la casa que mi Nona, se merecía.

Suspiré profundamente, encaminándome tras ella por la orilla de la acera, esquivando a los zorrones que se pavoneaban mostrándose con sus carteras súper lujosas y los vestidos de diseñador que apenas le tapaban los muslos. No es que yo fuera de las más decentes, pero al menos estaba segura de que estaba allí por una buena razón, sacar del agujero de ratas a mi Nona, solo por eso valía la pena vestirme todas las noches como un putón si era necesario.

—Tómalo como un papel, como si fueses una actriz a punto de interpretar el papel de su vida. —Agitó las manos en el aire, antes de tomarme por el brazo, al tiempo que un grupo de mujeres pasaban a nuestro lado mirándonos con asco. —Debe parecer que eres una zorra tonta que está buscando atención masculina. Todos saben que la mejor manera de camuflar una estafa es con un buen par de tetas al aire. Eso impide que les llegué el agua al tanque, Ya te lo digo yo, esos te entregan hasta su madre cuando vean la buena impresión que les deja. —Echó la cabeza hacia atrás riendo como una loca y el grupo que nos acababa de rebasar, lanzaron una risita entre dientes.

—Sí ya veo que planeas que le deje dos buenas impresiones. —Me levanté el escote un poco y tiré el dobladillo del vestido hacia abajo.

Había dos cosas mal con ese modelito que Bianca me colocó a presión; una era era que parecía un zorrón que buscaba mostrar muslo y senos. Bueno en honor a la verdad, puede que quisiese conseguir la entrada y luego distraer a los demás jugadores un poco, pero eso ya me parecía un exceso.

Si alguno no se había tomado la pastilla, les iba a provocar un infarto.

La segunda era que ese vestido era como dos tallas menos, seguramente a ella que era bastante más delgada le iba de perlas, cosa que no ocurría en mi caso. El vestido rojo, apenas me cubría el trasero y se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel.

—Corrientes. —Mascullo una rubia deslumbrante que parecía una jodida Barbie, mirándonos de reojo.

El resto de su grupo comenzó a reír y apreté los dientes, dando dos pasos adelante.

Si esa siliconada pensaba que iba a reírse de mí y mi amiga no estaba ni tibia.

—Déjalas. —Me dijo Bianca, tomándome del brazo para impedirme que me fuese sobre ellas. —No les hagas caso, tanto botox no las deja pensar. Aunque sabes que me encanta que pongas en su lugar a ese tipo de víboras, no estamos ni vestidas para la ocasión, ni podemos perder tiempo. —Ambas miramos la fila que crecía a cada segundo y ahogamos un gemido. Entrar a hablar con el tal Carter, iba a ser muy complicado y por un instante dude de ella y sus estrategias, cosa que no hacía a menudo.

Bianca era mi mejor amiga desde que éramos niñas, confiaba en ella ciegamente, por eso cuando me dijo que podía triplicar los veinticinco mil dólares de la herencia del donante de esperma, en una mesa de póker clandestina, ni lo dude. Ella siempre tenía buenas ideas a la hora de desplumar tipos. Era algo que hacíamos de vez en cuando para sacar unos cuantos dólares extra.

Teníamos ciertos números ensayados desde la universitaria ardiente en apuros que estaba siendo asaltada, hasta una forma para hacernos de comida y tragos gratis solamente porque nos gustaba darnos un lujo de vez en cuando.

También solíamos despeluchar en el póker de vez en cuando a los clientes del bar que atendía su mamá. Éramos una pasada en eso de las cartas. Nos había enseñado uno de los novios de Manddy, la mamá de Bianca y ambas nos considerábamos lo bastante buenas, aunque todos decían que yo tenía un talento natural. Hasta tenía uno de esos apodos idiotas y mi fama crecía a cada partida.

Era momento de ver si realmente era puro talento como decían, con unos cuantos pesos pesados de Las Vegas, eso sí lográbamos pasar al bendito club.

Nos quedamos pasmadas viendo como las siliconadas que acababan de burlase de nosotras, se dirigían hacia la entrada y el matón que estaba apostado allí, les levantaba el cordón de terciopelo rojo dejándolas entrar.

La Barbie, nos lanzó una última mirada, con una sonrisita maliciosa en los labios.

Estaba a punto de decir algo, a punto de gritarle unas cuantas verdades cuando lo único que pude decir fue:

—¡Me cago en todo lo que se menea! —Chille cuando una limusina paso sobre un charco de agua, bañándome por completo y dejando el modelito que era nuestra entrada a la gloria, como un modelito perfecto para entrar al chiquero.

Bianca se llevó las manos a la boca horrorizada, justo en el momento en que la puerta del coche se abría.

Dos especímenes que bien podían haber salido de unos anuncios de bóxer o algo por el estilo, salieron del vehículo riendo como dos morsas, sin darse por enterados de lo que acababan de hacer.

Mi amiga abrió los ojos de par en par por la sorpresa.

Uno de ellos era rubio, con el cabello oscuro y una mirada risueña, mientras que su acompañante, era moreno. De esos que te cortan la respiración y te inspiran caer en todas las tentaciones.

Sin dudas era uno de esos engreídos que me caían como el culo porque les importaba muy poco el resto de la humanidad. Sin embargo, no podía negar que también era de esos que te hacían olvidar todos los prejuicios y el pensamiento más puro.

Lo miré con descaro de arriba abajo. La camisa se ajustaba demencialmente a su pecho duro y el abdomen marcado.

Tenía un cuerpo duro, muy duro. Me relamí, antes de volver a mi centro y reprocharme por estar pensando en cosas duras.

Mis ojos se movieron nada discretamente un poco más allá de la pretina de los pantalones súper costosos que llevaba. Santa madre de los bíceps. Aunque de pronto sentí una mirada impertinente sobre mí y con suma cautela, levanté lentamente la vista para encontrarme con don buenorro, mirándome con una sonrisa canalla en los labios.

Además de tener el cabello negro, tenía los ojos azules más intensos que hubiese visto jamás y una sonrisa deslumbrante que me decía que tenía una moral de dudosa procedencia. Justo mi tipo, uno de esos en los que no se puede confiar ni de coña.

Sacudí la cabeza, intentando salir de su hechizo cuando sus preciosos ojos azules se clavaron en los míos.

Se encogió de hombros el muy canalla, sin pedir disculpas o darse por aludido. Y se dio la vuelta para continuar su camino hacia el club, al ver que el rubio al fin y a duras penas comenzaba a caminar tambaleándose, con una botella de champagne en una de sus manos.

Apreté los labios furiosa al ver que ignoraba completamente el haberme dejado como una sopa. Lo que me hizo sentir como la bilis me subía por la garganta.

—¡Eh, tonto del culo! —El chillido me salió entre un rebuzno y un relincho. Él moreno que se sintió evidentemente tocado se dio la vuelta perezosamente, llevándose un dedo al pecho para señalarse. Era evidente que estaba más borracho que una cuba. —Sí a ti. —Espeté. —Me mojaste el vestido y de aquí no te vas sin pagarlo.

—Te hablan a ti, Cam… —Se burló el rubio llevándose la botella a los labios, sin dejar de reír.

En dos zancadas, estaba prácticamente sobre mí. Era un ropero que se cernía sobre mí y me hacía sentir muy pequeñita.

Su tamaño, su perfume, la barbita de tres días o esos labios generosos, que se me antojaban repletos de pecado. Me intimidaron más de lo que podía soportar y aunque que no tenía una gota de alcohol en las venas, di un paso hacia atrás aturdida, trastabillando. Perdí el equilibrio y casi me fui de culo.

Pero a pesar de su tamaño, era ágil, por lo que esas manos híper masculinas que se cargaba rodearon mi cintura, evitando que cayese al suelo e hiciese el ridículo. Bueno que hiciese más el ridículo.

Nos quedamos mirándonos durante un par de segundos, el muy descarado aprovechó a darme un repaso exhaustivo, para luego brindarme una sonrisa de lado que me hizo prácticamente derretirme entre sus brazos.

—Lo siento…—Dijo en un murmullo.

No lo sentía, que descarado.

Coloqué una de mis manos en su pecho para incorporarme y una especie de calor abrazador me recorrió haciendo que desease que alguien me echase un cubo de agua helada.

—No creo que lo sientas. —Mascullé.

—No. —Sonrió. —Claro que no, de otra forma no podría haberte invitado a bailar conmigo. —Me levantó suavemente, lo que me provocó una especie de incendio forestal en la tripa.

Se me escapó una risita tonta. ¿Desde cuándo me sonrojaba y me reía como una boba?

—No creo que podamos si quiera entrar. —Repliqué, alisándome el vestido. —Pero eso no te va a salvar de pagarme la tintorería. —Lo apunté con el dedo y una carcajada áspera escapó de sus labios.

Acercó su rostro y sus labios rozaron ligeramente el lóbulo de mi oreja. No sé si tenía el pulso así de acelerado o fue su cercanía lo que me lo provocó. Solo podía estar segura de que por poco casi me fui de espalda nuevamente.

—No te preocupes. —Su aliento acaricio mi piel, dejándome al borde del colapso. —Nos dejaran pasar, somos invitados Vip. Puedo ayudarte a pasar si bailas conmigo. —Me mordí el carrillo para no chillar como una loca. —Una canción y eres libre.

—¿Solo una? —Casi jadee.

—Solo una y eres libre, si eso quieres… —Volvió a sonreír, clavando nuevamente esos ojazos en mí y tuve mis dudas sobre aquello de querer la libertad.

—Haznos entrar y te daré lo que quieres. —Le dije y me ofreció una sonrisa de lado.

—¿Lo que quiera?

—Canalla. —Sonreí.

—Siempre. —Replicó, ofreciéndome el brazo.

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