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Portada de la novela Amor mío, te detesto

Amor mío, te detesto

Cameron Hamilton, un abogado metódico enfocado en el éxito familiar, ve su vida trastornada por la impulsiva Tessa Joyce. Tras un encuentro salvaje en Las Vegas, ambos se ven forzados a un matrimonio de treinta días. Él busca un ascenso y ella recuperar sus finanzas, pactando una convivencia sin sexo ni amor. No obstante, la cercanía constante y la química entre ambos pondrán a prueba sus reglas, convirtiendo su mutua antipatía en una pasión inevitable.
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Capítulo 1

Cameron

Estaba seguro de que mi expediente estaba siendo revisado por los decanos del bufete Royal Dankworth justo en ese instante y realmente esperaba ser su hombre. ¿Por qué no habría de serlo? Era joven, bien parecido, tenía hambre de logros y provenía de una de las familias más importantes del país.

La verdad era que debía a fuerza tener hambre, a pesar de que teníamos probablemente una de las compañías de asesoría financiera más grandes del país, mi padre se había negado a contratarme cuando complete el curso de contabilidad y le dije que deseaba más que cualquier otra cosa convertirme en abogado tributario y formar parte de la junta para un día tomar las riendas como CEO de Hamilton Global.

De hecho me había lanzado uno de sus discursos sobre que debía buscarme la vida y encallecerme en el mundo real. Zambullirme en los desafíos que proporcionaban una oficina pública tan grande como la defensoría publica, un lugar donde los abogados tomaban casos gratuitos por menos de cuarenta mil dólares al año.

¡A la mierda con mi padre! No había estudiado para eso en una de las mejores universidades de derecho, ni tampoco era lo que esperaba de mí, Nicole o su familia.

Nicole era mi novia desde la escuela, luego de terminar la universidad, habíamos coqueteado varias veces con la idea de comprometernos, pero la verdad era que en la posición en la que estaba no tenía mucho que ofrecerle, cosa con la que estaban de acuerdo sus padres; el gran congresista Acher y distinguida esposa.

Esa era una de las grandes razones por las cuales estaba allí, junto a otros cinco postulantes con trajes nuevos, corte de cabello impecable. Nos observábamos de tanto en tanto lanzándonos miradas de odio. Solo había un puesto, por lo que cinco de nosotros se irían a casa con las manos vacías.

El móvil comenzó a sonar en la chaqueta de una forma tan insistente que los que estaban sentados a mi lado comenzaron a mirarme raro. Negué con la cabeza con una sonrisa condescendiente, antes de mirar de quien se trataba.

Era Nicole, claro, ¿quién más podría ser? Por lo que supe que no tenía otra opción que atender de inmediato o iba a estar en serios problemas.

—Al fin…—Bufó contra el auricular. —Estoy muy ocupada, tengo que entregar las notas a papá para las diez y voy atrasada.

Nicole trabajaba con su padre, organizando asambleas que a nadie le importaban.

—Tú me llamaste. —Le recordé en voz baja. —Estoy esperando para la entrevista en el bufete del que hablamos, ¿lo recuerdas?

—Sí, ya. Lo que quiero decir es que solo tengo un minuto. —Hizo una pausa, antes de suspirar. La señal de que la había puesto de mal humor. —Claro, lo recuerdo, sobre todo recuerdo que pagaban ochenta mil dólares anuales. Suena prometedor, espero que lo consigas, estoy cansada de estar todo el día de aquí para allá haciendo recados a mi padre. —Hizo una pausa eterna, durante la cual la imaginé mordiéndose el carrillo, debatiéndose entre si decirme o no lo que estaba pensando. Por lo que carraspee para animarla. —Aunque para ser sincera, me parece basura que estés buscando trabajo, cuando tu hermano recibe medio millón de dólares a la semana. Con eso podríamos casarnos, Cam.

Suspiré profundamente.

—Sí lo hace, pero le cedió a mi padre un porcentaje de sus acciones con derecho a voto, cosa que yo nunca haré.

—Ya lo sé cariño, solo que me gustaría casarme contigo cuanto antes.

Nicole, no aspiraba a demasiadas cosas en el mundo, excepto a conseguir un marido rico, que le permitiese ir de compras tan a menudo como desease con su madre e ir al club a diario a pasar las tardes. Por desgracia yo no era ese hombre por el momento, aunque esperaba poder serlo. Ella era el amor de mi vida. Solo quería hacerla feliz, amanecer con ella entre mis brazos y quien sabe en un par de años tener un par de niños.

Sonreí bobamente ante la idea.

—Yo también. —Convine. —Es un gran detalle que llamases para desearme éxito.

—Sí, claro, pero no llamaba por eso. —La imaginé mordiéndose nuevamente el labio de forma nerviosa. —Te llamaba porque el martes es el cumpleaños de mamá y nos espera a cenar en el club con ellos, a las siete. —Su madre no me gustaba, ni un poco, aunque no dije nada. —Necesito que vayas vestido de manera formal, ya sabes chaqueta y corbata. Puedes usar esa que te regalé hace dos meses, la que compre en Zegna.

—Ya. —Le dije cada vez de peor humor, aquello me sonaba a que era una de esas encerronas tenaces a las que me sometían una vez cada seis meses para ver si podían encarrilarme, haciéndome entrar en el bufete de dudosa integridad de un amigo, o como alcahuete de algún político. Porque al igual que mi propio padre no me creían a la altura para sentarme a la mesa y al igual que él intentaban manipularme a su antojo.

Y para ser completamente sincero a pesar de que la amaba con locura, estaba cansado de que me obligase a comer con sus padres o que me ordenase sobre cómo debía o no vestir.

—Cam…—Me llamó con dulzura. —Es importante para mí, no lo arruines. —Me advirtió. —Te amo y suerte. Debo irme, por la noche llámame para contarme que tal te ha ido. —Dijo, antes de cortarme.

Coloqué el móvil en la chaqueta nuevamente, no sin antes colocarlo en silencio, para no tener ningún momento incomodo en la entrevista.

Una joven rubia de unos veinticinco años, abrió la puerta del despacho del decano y nos miró por encima de la montura de sus anteojos.

—Cameron Hamilton. —Me llamó, me levanté de inmediato ante la mirada de sorpresa de mis competidores, probablemente todos ellos habían oído hablar de Hamilton Global. Ignoré sus murmullos y me acerqué a ella, que me observaba con una sonrisa radiante. —El señor Griffin y el resto de socios decanos lo esperan en la sala de conferencias. —Me señaló con la mano la sala y al entrar vi a Landon Griffind levantarse, abrochándose la chaqueta con una sonrisa radiante.

—Tú debes ser, Cameron Hamilton. —Me estrechó la mano con fuerza, gesto que le devolví con firmeza para proyectar toda la confianza posible. —Es un verdadero gusto conocerte, Cam. ¿Puedo llamarte, Cam, verdad? —Me tomó del hombro y me llevó hasta la silla frente a la mesa donde se encontraban sentados, observándome con atención el resto de los decanos.

—Por supuesto. —Le dije más efusivamente de lo que pretendía, antes de sentarme.

Por lo que a mí respectaba, podía llamarme Tobi o Parker o como se le antojase, si es que consideraba contratarme. Todos parecían estar bastante animados, me ofrecieron café y agua, cosa que hubiese aceptado porque sentía la garganta terriblemente seca, pero necesitaba que fuésemos al grano, necesitaba una respuesta.

Landon ocupó el lugar que le correspondía junto a sus colegas, se inclinó sobre la mesa y apoyó los codos sobre la madera resplandeciente con una sonrisa radiante. Imaginé que era él quien estaba allí para dirigir la charla que definiría mi destino.

—Eres enorme, Cam. Realmente me sorprendió eso de ti. —Dijo alegremente. —Incluso di un vistazo cuando llegué y pude notar que tus compañeros estaban ciertamente intimidados. —Miró una de las hojas impresas donde se reflejaba todo lo que era en letra pulcra, pequeña y doble espaciado. —Aquí dice que jugaste al fútbol, creo que eso explica mucho. ¿Por qué decidiste ser un atleta? Digo, sabemos que eres un posible sucesor de Callum Hamilton. Cualquiera pensaría que no necesitabas de nada de eso para conseguir plaza en la universidad que deseases.

—En mi familia siempre se ha esperado que sea el mejor y era el mejor jugando al fútbol, tanto así que me ofrecieron una beca para estudiar en una de las mejores universidades del país. Por lo que no podía dejar pasar ser el Quarebat de mi equipo, el mejor de la escuela y el prospecto para la universidad que se esperaba para mí. Las expectativas de mi familia no se cumplen con tanta liviandad. —Todos rieron, quizás hubiesen reído aún más si les hubiese dicho que esa exigencia solo aplicaba para el hermano mayor.

—Asombroso y tus notas eran excepcionales.

—No podía ser menos que el mejor. —Convine y ellos sonrieron.

—¿Por qué Contabilidad tributaria e impuestos?

—Porque dicen que es donde se puede hacer realmente dinero y para ser completamente franco, creí que mi padre me consideraría para el puesto de director de operaciones de Hamilton Global. —Me llevé la mano a la boca para fingir que aquello era confidencial. —Spoiler; no me consideraron para el puesto, la familia puede ser un grano en el trasero, supongo. —Dije con franqueza y se echaron a reír, inclinándose hacia atrás.

—¿Quién te dijo eso de que aquí se hace el verdadero dinero?—Preguntó Landon.

—Qué mas da, quien se lo haya dicho, no le mintió. —Sonrío uno de los decanos y supe que los tenia justo donde deseaba.

Los cuatro hombres que estaban frente a mí, con trajes de dos mil dólares, se quedaron mirándome expectantes, esperando que hiciese la gran pregunta, el quit de la cuestión, lo que todo abogado ambicioso quería saber.

—Cuando me llamaron, mencionaron que tendría un magnifico sueldo de ser elegido, ¿Cuánto? —Pregunté sin rodeos.

Se miraron ligeramente durante un largo minuto y finalmente, Landon, habló.

—El primer año tendrás un sueldo base de noventa y cinco mil dólares al año. Membrecía gratuita al club y te ofrecemos un Aston Martin, que nadie ha rechazado hasta la fecha. —Ellos rieron como si fuese un cascarillo interno que solo yo no conocía. —El segundo año, si todo sale como esperamos, recibirás cien mil dólares anuales, más primas y un piso corporativo. —Me sostuve de la silla tan fuerte como pude, era todo lo que soñaba y más.

—Eso…

—Es increíble. —Asintió, Landon.

—Lo es. —Murmuré.

Iba a poder pedirle matrimonio a Nicole, restregarle el Aston Martin a mi hermano y mi padre, reírme de mis suegros.

Landon me miró seriamente.

—Voy a ser sincero, Cam. Eres nuestro candidato de base. Nos gustaste desde que vimos tu fotografía en la carpeta, tu escritura es impecable.

—Gracias, soy muy detallista en investigación. —No lo era, pero lo intentaba.

—Muchos de mis colegas tenían ciertos recaudos porque eres un hombre que cuenta con un fideicomiso que puede amedrentar hasta los mejores pagos de la firma.

—Para ser sinceros creímos que serías uno de esos herederos soberbios que matan su tiempo, fumando mota. —Lancé una carcajada.

—Creo que estás hablando de mi hermano. —Todos se mostraron divertidos y pensé que los tenía comiendo de la palma de mi mano.

—Ya creo que sí. Imagina nuestra sorpresa cuando nos informaron que no bebes, no se te ha visto nunca en un bar de stripers, casi no tienes amigos y la misma novia desde la escuela. Joder, si hasta imagino que fueron los reyes del baile. Además de eso tienes siempre la misma rutina, día tras día y nunca te sales de ella. —Cuando lo decía de esa forma, se escuchaba terrible, era simple y llanamente un pardillo aburrido. Lo peor de aquello es que nunca lo había notado. —No, nos mal intérpretes, ese es el perfil que buscamos, alguien que solo se interese por los negocios. Sin embargo, necesitamos algo más.

—¿Qué? —Pregunté ansioso.

—Que te cases, necesitamos proyectar una imagen familiar, no podemos contratarte si no eres parte del club. —Me mostró el anillo de oro en el dedo.

—¿Esperan que consiga una esposa de aquí al lunes? —Sonreí, debía de ser una broma.

—Estás comprometido hace años, ¿Qué ten difícil puede ser? —Se levantó y apoyó la cadera en la mesa. —Di esos votos esté mismo sábado frente a un juez y conviértete en parte del equipo. ¡Qué rayos, puedes proponerle ir a Las Vegas y cerrar el trato! Seguro que lo considera muy romántico y eso te dará las llaves del reino. Eres nuestro hombre, pero si no das el paso, tendremos que considerar alguna de las opciones que esperan en la recepción.

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