
Amor Inesperado en el Coma
Capítulo 3
Los días siguientes fueron una tortura cómica. Intentar mantener la compostura mientras una voz en tu cabeza comenta cada detalle de tu vida es una hazaña digna de un santo.
Estaba en una junta con mis gerentes de restaurante, discutiendo el nuevo menú de temporada.
"Propongo un carpaccio de betabel con queso de cabra y una reducción de balsámico," dije, tratando de sonar profesional.
"¡Qué aburrido!" sonó la voz de Sofía en mi mente. "¡Betabel! ¡Eso sabe a tierra! ¿Por qué no haces unas enchiladas suizas con mucho queso gratinado? ¡Eso sí vende, no tus hierbas de conejo!"
Casi me atraganto con mi propia saliva. Mi gerente me miró preocupado.
"¿Chef, está bien?"
"Sí, perfectamente," mentí. "Solo... pensaba en una alternativa más... robusta."
La vida en el hospital no era más fácil. Me había convertido en el entretenimiento personal de Sofía.
"Mira a esa enfermera, camina como si estuviera pisando huevos. Y el doctor García necesita un sastre, ese pantalón le queda fatal. ¡Qué oso!"
Un día, mientras intentaba acomodarle la almohada para que estuviera más cómoda, mi mano rozó su mejilla.
"¡Ay, qué manitas tan suaves! Lástima que nunca las usas para lo bueno, mi Armi. Siempre tan propio, tan correcto. Un día de estos te voy a enseñar a bailar cumbia, para que se te quite lo tieso."
Me sonrojé hasta las orejas. Justo en ese momento, Doña Elena entró en la habitación. Me vio inclinado sobre Sofía, con la cara roja y una sonrisa estúpida que no pude reprimir.
"Armando," dijo con un tono helado. "¿Qué estás haciendo?"
"Yo... solo le acomodaba la almohada, Doña Elena."
"¡Dile que me estabas contando un chiste! ¡No, mejor dile que te declaraste de nuevo! ¡Jajaja, su cara sería épica!"
"Parecías... muy entretenido," continuó mi suegra, sus ojos entrecerrados con sospecha. Me escrutaba como si yo fuera un insecto bajo un microscopio.
"Es que... me acordé de algo. Una tontería," improvisé torpemente.
"¡Pésima excusa! ¡Cero creatividad! Te repruebo en el arte de la mentira, chef."
Doña Elena no pareció convencida, pero lo dejó pasar. Se sentó al otro lado de la cama y comenzó a hablarle a su hija sobre los problemas de la empresa, sobre cómo las acciones habían bajado un poco desde el accidente.
Más tarde, el doctor García pasó a hacer su revisión. Me encontró hablándole en voz baja a Sofía.
"Le estoy poniendo su música favorita," le dije, mostrándole mi teléfono con una playlist de música clásica.
"¡Mentiroso! ¡Le pedí corridos! ¡Quiero escuchar a los Tigres del Norte, no a este señor aburrido que parece que se está muriendo!"
El doctor García me dio una palmada en el hombro.
"Es bueno que le hable, señor Robles. Algunos estudios sugieren que los pacientes en coma pueden escuchar. Aunque," añadió, bajando la voz como si compartiera un gran secreto, "el otro día una enfermera me dijo que lo escuchó preguntarle si quería tacos. Si me permite el consejo, quizá debería enfocarse en recuerdos más... románticos. Para motivarla."
Me quería morir de la vergüenza. Asentí con la cabeza, deseando que la tierra me tragara.
"¡Jajajaja! ¡Te cacharon, güey! ¡El doctor chismoso! ¡Esto es mejor que una telenovela! ¡Ahora sí, tráeme mis tacos para que el doctor vea lo que es el verdadero romance!"
Esa noche, me senté solo en la oscuridad de la habitación del hospital. La voz de Sofía, por primera vez, estaba en silencio, como si también durmiera. Miré su rostro. La mujer que había sido una extraña para mí durante cinco años ahora habitaba mi cabeza con la fuerza de un huracán.
Era agotador, era confuso, era increíblemente íntimo.
Por un lado, sentía que estaba violando su privacidad de la manera más profunda posible. Por otro, sentía que por fin la estaba conociendo. La verdadera Sofía. La que se reía, la que tenía antojos, la que cantaba corridos desafinados en su mente.
Doña Elena pensaba que yo estaba perdiendo la cabeza. El personal del hospital creía que era un esposo devoto pero excéntrico. Y yo... yo estaba empezando a sentir algo por la voz en mi cabeza. Algo peligrosamente parecido al cariño.
Decidí, por ahora, seguirle el juego. Mantener mi descubrimiento en secreto. Cuidaría de ella, la protegería, y me convertiría en el guardián de sus pensamientos. Era una locura, pero era mi locura. Y por alguna razón, no quería que terminara.
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