
Amor fuera del Sistema
Capítulo 2
Mateo Valdés marcó un número.
"Soy yo. Prepara todo. Necesito que parezca un accidente de montaña. Dinero no es problema."
Colgó.
Miró el teléfono.
Dinero.
El dinero lo arreglaba todo.
O casi todo.
Pagó la cuenta del café con un billete grande, sin esperar el cambio.
Salió a la calle bulliciosa de Mendoza.
El sol de la tarde pegaba fuerte.
Subió a su auto de lujo, el aire acondicionado enfriando el cuero caliente.
Condujo sin rumbo fijo por un rato, luego enfiló hacia la mansión Valdés.
Una fortaleza de piedra y viñedos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
Su hogar. Su cárcel.
Entró.
El silencio de la casa era pesado, solo roto por el eco de sus pasos en el mármol.
Sofía Navarro estaba en el gran salón, de espaldas a él, mirando por el ventanal hacia los viñedos.
Llevaba un vestido sencillo, elegante.
Su pelo oscuro recogido en una coleta.
No se giró cuando él entró.
Mateo se sirvió un whisky.
El hielo tintineó en el vaso.
"¿Alguna novedad?", preguntó él, la voz neutra.
Sofía se giró lentamente.
Sus ojos oscuros lo evaluaron, fríos.
"La cosecha de este año será excepcional", dijo ella. Su voz era profesional, distante. "El nuevo sistema de riego que implementaste funciona."
"Me alegro", respondió Mateo.
No era de eso de lo que quería hablar.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal.
Sofía no retrocedió, pero su cuerpo se tensó.
"Cumple tu parte del trato", dijo él, en voz baja.
Ella lo miró, una chispa de desafío en sus ojos.
"Estoy cansada, Mateo. Hoy tuve un día largo en la universidad y luego en la viña."
"El contrato es claro", insistió él. "Deberes conyugales."
Una mueca de asco apenas visible cruzó el rostro de Sofía.
"Hoy no", dijo ella, firme. "Mañana tenemos esa cena con los inversores. Necesito estar presentable."
Mateo sintió una punzada de frustración.
Pero también un extraño alivio.
"Bien", cedió él, sorprendiéndose a sí mismo.
Sofía pareció sorprendida por su fácil concesión.
"Voy a revisar mis apuntes para la presentación de mi proyecto de tesis", dijo ella, ya caminando hacia la puerta. "Es importante."
"Claro", murmuró Mateo.
Ella se detuvo en el umbral.
"Lucas vendrá mañana por la mañana. Necesito discutir con él unos detalles técnicos de la viña."
Lucas Herrera.
El amigo de la infancia. El colega enólogo. El verdadero amor de Sofía, según el guion.
Mateo apretó la mandíbula.
"Perfecto", dijo, forzando una sonrisa.
Sofía asintió y desapareció por el pasillo.
Mateo se quedó solo, mirando la copa en su mano.
"Adiós, Sofía", susurró al aire. "Ojalá seas feliz."
Pero no se lo dijo a ella.
Nunca se lo diría.
Recordó el día que la conoció.
Ella, una estudiante brillante, desesperada.
Su familia, al borde de la ruina. Una mala cosecha, deudas.
La pequeña viña familiar, su único legado, a punto de perderse.
Y él, Mateo Valdés, el heredero caprichoso, obsesionado con su belleza y su talento.
Le ofreció un trato.
Él salvaría a su familia, pagaría sus estudios.
A cambio, ella sería su novia. Su trofeo.
"Hasta que me canse", había dicho él con crueldad.
Ella había aceptado. Con el corazón encogido, lo supo después.
Pero él no era el único villano.
Había algo más.
Una fuerza. Un guion.
El accidente de auto, hacía unos meses.
Casi muere.
Y en la oscuridad, lo vio.
Su vida era una farsa. Una novela barata.
Él era el villano posesivo, destinado a un final trágico.
Sofía, la heroína, destinada a Lucas.
Cada evento, cada palabra, cada emoción, preescrita.
La forma en que Sofía siempre prefería a Lucas, la forma en que sus ojos brillaban por él.
La forma en que ella lo toleraba a él, Mateo, solo por necesidad.
Todo encajaba.
No.
Se negaba a cumplir ese papel.
Si el guion decía que debía morir, entonces él elegiría cómo y cuándo.
Y se llevaría el secreto a la tumba.
O a su nueva vida.
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