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Portada de la novela Amor en el infierno

Amor en el infierno

Cristina sufre un calvario en su enlace contractual con Donatello, un magnate cruel que la somete a humillaciones constantes. Al intentar rehacer su vida junto a un músico, la tragedia la golpea: su marido se suicida. Sus propias hijas la señalan como culpable y se alejan, dejándola vulnerable ante su cuñado, quien planea robar la herencia familiar. Ahora, ella debe sobrevivir a una peligrosa trama de codicia y secretos para defender su futuro.
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Capítulo 2

-¿Qué vamos a preparar, señora?-, me preguntó, entonces, Gladys, viéndome afanosa, arreglando los cuartos de las niñas, acomodando sus almohadas, los edredones, sus peluches, sus perfumes y los zapatos, esos con tacos enormes que tanto les fascinaba.

-A Tatiana le gusta el seco de pollo, a Sabrina hazle una estofado, prepárale un ají de gallina para Roxana y a mi chinita un bistec con papas fritas y arroz-, le enumeré.

-Como en los viejos tiempos, entonces, señora-, sonrió Gloria.

-Quiero que sean felices como antes-, empecé a sollozar.

-Nada ha cambiado señora, ya lo verá-, me prometió Gloria.

Vicky me llamó casi al momento.

-Tu cuñado, Francesco, me preguntó si puede ir a ver sus sobrinas-, me dijo.

-No, dile que si quiere, venga después de mi cumpleaños. No quiero a nadie en casa, solo a mis hijas-, fui firme y resoluta.

Francesco también me odiaba y mucho. Me culpaba igualmente del suicidio de su hermano y siempre me llamó "una cualquiera que se adueñó del imperio de Donatello", lo que no era cierto. A mí no me importaban los negocios de mi marido y Donatello fue quien me pidió que firmara un contrato de matrimonio que subrayaba que, en caso de fallecer él, todo pasara a mis manos.

-Yo no sé nada de tus negocios, Donatello, tampoco estoy preparada, solo terminé la secundaria y me metí a la música-, le reclamé esa noche que me puso en la mesa el contrato.

Pero él aún me amaba y era un marido fiel, responsable, y un padre amoroso y ejemplar con sus hijas.

-Quiero que a ti ni a las niñas le falta nada. Si Francesco se hace cargo de todo estoy seguro que no les dará nada-, me aseguró.

-¿Por qué me odia tanto tu hermano?-, le acaricié sus pelos rulos, subida a sus muslos.

-Es egoísta, siempre quiso todo el poder para él solo. Francesco tomó los negocios de mi padre cuando murió y ahora quiere los míos, es muy ambicioso y piensa que tú eres un obstáculo en sus afanes de ser más poderoso que nadie -, me dijo él encandilado a mis ojos.

Entonces firmé el contrato. Y al suicidarse Donatello, entonces me quedé con todo su imperio.

Francesco envenenó a mis hijas. -Su madre fue la que impulsó a suicidarse a su papá, ella lo mortificaba, lo insultaba, lo trataba mal, lo engañaba con un cantante de poca monta-, les decía. Yo le escuché no una sino muchas veces, durante y después del sepelio y por eso ellas se fueron de casa.

Yo estaba devastada, tumbada en el sillón, llorando un día después del sepelio, cuando las vi irse a las cuatro. No se despidieron, dejaron sus peluches y sus ropas. Simplemente se fueron.

Las llamé día y noche, las busqué en casas de sus amigas, en nuestro hotel, a la casa de playa, fui donde Francesco y de la furia que me invadía le rompí a pedradas las lunas de su residencia. Al final de la noche, derrotada, humillada, desconsolada y decepcionada, caí de rodillas en el salón de juegos que era de mis hijas, y abrazada a sus muñecos me puse a llorar a gritos porque sabía que las había perdido para siempre.

*****

Mi primer enamorado se llamaba Richard Orange, tenía mi edad, 18 años y éramos inmaduros, distendidos, nos gustaba las fiestas, hacer travesuras y él me llevaba a saltar lomas con su motocicleta. Apenas terminó el colegio, me dediqué a la música y no quise estudiar ni trabajar. Mis padres renegaban furiosos pero yo sentía la vida como un juego, y el futuro me era imposible, difuso, sin horizontes y extraviado entre muchas sombras. Prefería los besos de Orange, compartir sus sueños de convertirse en un gran cantante y desafiar la barrera del sonido con su moto.

Con Richard era dichosa, él me comprendía y me quería mucho, me adoraba y me complacía en todo, incluso mi rebeldía y el querer dedicarme a la música. Yo también tenía bonita voz, cantaba bien y deslumbraba en los juegos florales del colegio. -Quizás hagamos un dúo, la bella y el feo-, me decía acaramelado a mis labios, enamorado de mis ojos, prendado a mis encantos, y eso me hacía reír.

Él me decía "Peluchita" y también me encantaba ese detalle.

Mi primera vez fue con él, en las lomas. Fue ya casi de noche y no habían más motos que la de Orange surcando el espacio, volando entre las dunas, desafiando la gravedad y la oscuridad tapando el desierto como un gran telón.

Su moto derrapó porque Richard no veía nada y rodamos por la arena, riéndonos como locos, celebrando la ocurrencia, llenándonos de arena hasta las orejas. Él me abrazó, entonces, y me besó desenfrenado y vehemente, encandilado a mis labios, queriendo embriagarse con el deífico sabor de mi boca.

Yo gemía y sollozaba encantada, excitada y extraviada en mi propia sensualidad mientras él me hacía suya, después de desnudarme y conquistar todos mis rincones, con febril entusiasmo. Sus besos desataron mis llamas y de repente yo era una gran bola de fuego, ardiendo encandilada a sus caricias que me estremecían y provocaba enormes descargas de electricidad, remeciéndome y estremeciéndome sin compasión.

Aullé como una loba, cuando Richard invadió mis entrañas, igual a un río desbocado, avanzando febril, sim importarle el intenso dolor que me provocaba perder mi virginidad. Me jalé los pelos desesperada, le mordí, incluso los brazos, pero a él no le importó. Siguió explorando mis íntimos vacíos provocándome más y más estremecimientos, gemidos y sollozos, hasta quedar, en la inconsciencia.

Nos quedamos tumbados en la arena, desnudos, sudorosos, sin importarnos ni la oscuridad, el viento alocado o la arena latigando nuestros cuerpos. Yo seguía sumergida en un oasis pletórico de luces, estremecida, sintiéndome sexy, desatando toda mi feminidad en esa velada tan sensual y excitante.

Orange vivía un idilio conmigo. Se sentía dueño del mundo y solo vivía para mí. Pero yo lo traicioné. Me deslumbró Donatello y me enamoré de él perdidamente, vencida por su porte de dios helénico.

Richard lloró caído de rodillas a mis pies, cuando le dije que amaba a otro hombre.

-No puedes dejarme. Yo te amo como a nadie en este mundo, tú eres mi vida entera-, se abrazó a mis rodillas.

Pero yo estaba encandilada de Donatello, no tenía experiencia en la vida, el amor me era tan solo un juego y seguía siendo muy inmadura.

-Así es la vida-, reí. Fui muy cruel con él.

Lo dejé llorando mientras yo me marché moviendo las caderas, haciendo eles con mis manos, meneando mis pelos, sin darle mayores explicaciones, ignorando el infierno que me esperaba al lado de Donatello.

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