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Portada de la novela Amor en el infierno

Amor en el infierno

Cristina sufre un calvario en su enlace contractual con Donatello, un magnate cruel que la somete a humillaciones constantes. Al intentar rehacer su vida junto a un músico, la tragedia la golpea: su marido se suicida. Sus propias hijas la señalan como culpable y se alejan, dejándola vulnerable ante su cuñado, quien planea robar la herencia familiar. Ahora, ella debe sobrevivir a una peligrosa trama de codicia y secretos para defender su futuro.
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Capítulo 3

Donatello amaba a sus hijas, se desvivía por ellas y pese a que el reloj le era tiránico por sus tantísimos negocios, se daba siempre un tiempito para jugar con las niñas, ayudarlas en las tareas, divertirse, ir a comer a los mall o simplemente hablarles de todo, mientras crecían.

Jamás voy a olvidar cuando Donatello se enfureció con una profesora de inicial porque le puso mala nota a Tatiana por un dibujo que había hecho de un atardecer. Pintó el sol de morado y los arboles de azul intenso.

-Pero señor Davis, no existe un sol morado ni los árboles son azules, su hija no puede alucinar cosas-, intentó explicar la maestra pero mi marido no entendía razones. Gritaba como un tirano, amenazaba con incendiar el colegio y decía que se quejaría con las máximas autoridades.

-No quiero que te enojes papá-, sollozó en la cena, Tati.

-Es que esa profesora es injusta, hijita-, renegó Donatello.

-Sabrina, Roxana y Deborah sí pintaron correctamente sus paisajes, amor, Tati estuvo mal y así no se aprende-, intervine.

-Todas mis amigas se asustaron con tus gritos, papá-, achinó sus ojitos Deborah.

Crucé los brazos. -Eso es lo que consigues-, alcé mi naricita.

-Mis hijas son mis tesoros y siempre voy a defenderlas de todo-, dijo, entonces, Donatello, sin entender razones.

Entonces comprendí que era capaz de las más grandes locuras, como volarse la tapa de los sesos.

Recuerdo cuando se peleó en el colegio con otro padre de familia. Eso fue cuando las niñas tenían 15 años y jugaban fútbol por el equipo de su colegio en el inter escolar. Las cuatro eran titulares y se disputaba la gran final del certamen, justamente contra el gran rival del plantel con el que siempre habían peleas y descomunales broncas. Donatello estaba nervioso, parecía que él iba a jugar. No quiso desayunar, daba vueltas como un búfalo encerrado y diez veces le preguntó a sus hijas si tenían sus uniformes listos.

-Ya cálmate, papá-, le pidió Roxana porque los nervios de mi marido las contagiaba a ellas.

Las niñas pusieron sus maletines en la camioneta y yo llevé una una mochila con sánguches y agua tibia. -¡Se han demorado mucho!, se quejó Donatello, ¡seguro el partido ya empezó!-, arrancó con tanta furia que todas nos fuimos para atrás.

-¿Puedes calmarte, hombre?-, me molesté.

Ni el partido había empezado y era tan temprano que no habían llegado las compañeras de las niñas a la cancha. Tatiana, Roxana, Sabrina y Deborah fueron a los vestidores y Donatello se puso como un gallito de pelea con los papás de las chicas del equipo rival. Se reía de ellos, se mofaba, les hacía gestos y gritaba a todo pulmón el nombre del colegio. Los otros señores pretendieron no hacerle caso.

-Compórtate, caramba-, estaba yo fastidiada porque todos nos miraban de mala manera.

El partido fue muy friccionado, áspero y bastante rudo, con muchos choques, empellones y faltas. Nosotros estábamos con la barra del colegio de las niñas y no solo mi marido, sino también los otros papás estaban furiosos, reclamaban, insultaban y amenazaban con palabrotas de grueso calibre que me tenían turbada. Me tapaba la cara con las manos, escuchando a Donatello insultando al árbitro y a la barra contraria.

Y en medio de la brega, fue que una chica alta le dio una patada a Sabrina. Le dio en el muslo. Mi hija se desparramó en la cancha, adolorida, aunque también haciendo algo de teatro para que el árbitro expulsase a la rival.

Como bien imaginan, mi marido se exaltó más de lo que estaba, empezó a gritar como un energúmeno, se puso igual de rojo que un cangrejo recién hervido y se las emprendió contra los papás del equipo rival, insultándolos y retándolos.

Sus palabrotas desataron la furia de los contrarios y cuando me puse de pie para jalarlo y llevármelo a su asiento, lo encontré envuelto en una gran pelea con los otros hombres, dándose de golpes, patadas, igual a una reyerta callejera.

¡Qué espanto! Me agarré la cabeza aterrada viendo a Donatello pegándose puñetazos con los otros papás. Los padres del colegio de mis niñas fueron en su auxilio y la pelea se hizo, entonces, la tercera guerra mundial.

La policía intervino y a Donatello le habían roto una ceja y le tumbaron tres dientes. Estaba tan hinchado que parecía haber sido atacado por un panal de abejas. ¡Qué vergüenza! Yo estaba furiosa, queriendo convertirme en un avestruz y meter mi cabeza debajo de la tierra.

El partido siguió y Deborah hizo un golazo de volea que desató la euforia en la barra. Luego, en el segundo tiempo, Tatiana anotó de cabeza y Donatello saltaba como un canguro, gritando como loco la anotación de su hija. En los minutos finales, Roxana que era la arquera, le contuvo un penal a una contraria y mi marido, ya sin poder contenerse, se metió a la cancha, levantó a su hija en vilo, le dio tantas vueltas que sus pelos parecían la cola de un cometa y la llevó en hombros hasta la barra rival, mofándose y gritándoles de todo.

¡¡¡Ay, ese hombre!!!

Era muy romántico también. Yo deliraba en sus brazos. Me hacía sentir en las estrellas con sus caricias y la forma cómo me dominaba, volviéndome sumisa, entregada a sus besos. Tenía tanta pasión que desataba en un santiamén mis cascadas y me volvía una antorcha, chisporroteando fuego por todos mis poros.

Lamía mis pechos con tanto encono y vehemencia que me hacía sollozar, gemir y exhalar humo en mi aliento, disfrutaba de mi busto con embeleso y los volvía en un minuto grandes colinas erguidas. Me despeinaba sentir sus besos y sus manos, estrujando mi busto una y otra vez.

Me arranchaba los pelos, sintiendo sus besos, sus caricias y me encantaba que vaya conquistado, uno a uno mis sinuosas carreteras, mi infinidad de curvas y redondeces, y dejara huella hasta el último rincón de mi vasta geografía. Estar en sus brazos era sumergirme en el delirio, desatando mi absoluta sensualidad y volviéndome súper sexy, ardiendo en esplendorosas llamas.

No había sensación más deliciosa que cuando Donatello invadía mis entrañas, igual a un volcán en erupción. Era un río caudaloso y tórrido que arrasaba con mis defensas y avanzaba febril e impetuoso hacia mis abismos más lejanos, obnubilándome totalmente. Parpadeaba en medio de muchas luces mientras él taladraba mis defensas, estremeciéndome por completo. A gritos le pedía que lo hiciera fuerte, muy fuerte, porque me encantaba esa sensación de ser suya, conquistando los parajes más inhóspitos de mis intimidades.

Cuando llegaba al final de las fronteras de mis entrañas yo aullaba loca de placer y hasta lo mordía impetuosa, eclipsada de todo su poder varonil. Y caía sobre las almohadas rendida, exánime, sudorosa, casi inconsciente de tanto placer.

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