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Portada de la novela Amor a fuerza de resentimiento

Amor a fuerza de resentimiento

Este relato analiza cómo el abuso sexual y el engaño destruyen la integridad matrimonial. Juan de Dios y Carlos lidian con las trágicas consecuencias de sus actos, víctimas de la manipulación de Elsa, quien convierte el cariño en un rencor mortal. En medio de una atmósfera de horror y pánico, la trama revela cómo la impulsividad desata desgracias personales. Solo la lealtad y la transparencia absoluta permitirán alcanzar la justicia en esta red de odio.
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Capítulo 1

Dedicatoria

Leer es afirmar conocimientos. No hay razón para que no se despierte del sueño de la incultura. Es la propia vida quien exige de la lectura para abandonar la ignorancia. Quien lee marca lo que le ofrece el saber. Quien no lee tiene penas de su error por no saber.

—¡Qué va! No voy a vivir ni un minuto más en esta casa.

Juan de Dios, entra a una de las habitaciones de la vieja casona… Se detuvo. Reanudó los pasos. Volvió a detenerse esta vez frente al armario, abrió una de sus puertas. Sacó un negro maletín de tamaño grande y lo abrió sobre la cama. Vació las perchas, luego las gavetas de la cómoda. Ordenó la ropa y la introdujo sin prisa una a una, dentro del maletín. Lo cerró y encendió un cigarrillo. Regresó a la sala, donde estaba sentada Elsa Núñez en una silla, de 58 años de edad, delgada. Ella con el ceño fruncido y el rostro avejentado, entrecerró los ojos cuando lo vio llegar maletín en mano.

Él se detuvo frente a Elsa. Ella lo miró recelosa. —¿Vas a alguna parte? Digo, si se puede saber. —No tengo que rendirte cuenta —echó un vistazo entorno a la sala—. ¿Dónde está tu amiga Mercy?

Elsa le contestó con voz tenue.

—Tuvo que irse. Dime una cosa, ¿qué interés tú tienes con Mercy? No creo que tú te estés fijando en ella.

Juan de Dios no le respondió, sonrió burlón.

—¿Qué lástima?

Puso lentamente el maletín en el suelo y quedó de pie frente a su concubina. Sus ojos pardos recorrieron el cuerpo delgado de Elsa, quedó absorto al observar la oscura cabellera peinada en ondas sueltas.

Volvió a sonreír burlón.

—¡Qué lástima que Mercy se haya ido: me simpatiza tanto verla aquí —hizo una pausa—. Al contrario de ti que eres tan insoportable.

—¡No me hagas hablar! —ella le contestó enfadada— No quiero discutir contigo, por favor. —No, no, ni yo tampoco. Quiero irme de aquí en santa paz contigo.

Él se inclinó para tomar el maletín y desistió; un nombre reapareció en su mente.

—¿Recuerdas bien a Rolo Arzola? —hizo una pausa— Fue por el quiosco a comer pizza —con remordimiento—. No tiene una pica de vergüenza, es un miserable, desgenerado.

Ahora él se acomoda en una silla frente a Elsa. Ella lo observó bastante enojada.

—¿Ese es el pretexto para irte de la casa?

—Pretexto ninguno —algo furioso—. Tú sabes lo que pasó entre ustedes. No creas, me dieron ganas de caerle a bofetada… En un final, ya entre nosotros todo se acabó. No tengo que darte explicaciones.

—¿A qué viene eso a esta altura, Juan de Dios? —desconcertada— ¿Qué te traes entre mano?

—¡Ah! —furioso— Ya se te olvidó que Rolo abusó de ti —insistió—. ¡Te violó, Elsa, te violó! No respetó que yo era tu marido y para colmo no lo denunciaste.

—Mira, si tomé esa decisión fue por ti. ¿Ya no recuerdas que ustedes dos eran uña y carne. Que estuvieron preso en la misma cárcel.

—Está bien, está bien —lo marcó—. Cada vez que recuerdo que se aprovechó que yo estaba preso —le dijo con voz de trueno—. La sangre me hierve en las venas.

—Claro, y no es para menos. Pero fíjate, te quiero pedir un favor; deja eso de mi cuenta, yo sé como él va pagar todo esto que me ha hecho. Juan de Dios se levantó lentamente de la silla sacando una cartera del bolsillo y la abrió extrayendo un fajo de billetes que lanzó sobre los muslos de Elsa. Guardó la cartera, mientras ella se incorporaba con lentitud. Los billetes cayeron al piso. Elsa mantuvo los brazos caídos a lo largo del cuerpo, las manos apretadas con fuerza. Sus ojos estaban como apagados.

—Eso significa —le habló en un tono rabioso—, ¿qué ya todo terminó entre nosotros?

Juan de Dios hizo un gesto de gozo.

—Menos mal que has entendido. Entre tú y yo no quedan ni los recuerdos.

—Si tú supieras. Hasta cierto punto no me sorprende esa decisión tuya, de irte de la casa. En algo bueno no debes de andar por ahí, buscando ir de nuevo a la cárcel.

—Te agradezco las veces que fuiste a verme, llevando las jabas llenas de cosas.

—Tú me lo agradeces y yo te lo reprocho —echa un profundo suspiro— Perdí parte de mi juventud esperando por ti. Ahora dices que soy desagradable.

—No voy a seguir hablando contigo. Para no cometer un error, y ser penado por mi propia conciencia.

Elsa suspiró profundo, hasta casi quedar sin respiración.

—No dejes ese dinero en el piso. Recógelo y échalo en la cartera. No necesito nada de ti.

Juan de Dios obedeció.

—Mejor me voy.

Dicho esto salió de la casa, dejando a su espalda el golpe fuerte al cerrar la puerta.

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