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Portada de la novela Amor a fuerza de resentimiento

Amor a fuerza de resentimiento

Este relato analiza cómo el abuso sexual y el engaño destruyen la integridad matrimonial. Juan de Dios y Carlos lidian con las trágicas consecuencias de sus actos, víctimas de la manipulación de Elsa, quien convierte el cariño en un rencor mortal. En medio de una atmósfera de horror y pánico, la trama revela cómo la impulsividad desata desgracias personales. Solo la lealtad y la transparencia absoluta permitirán alcanzar la justicia en esta red de odio.
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Capítulo 2

Ante la presencia de Rolo Arzola en el hospital, centro de trabajo de Elsa Núñez. Ella lo observa con rostro seco, descompuesto.

—¿Qué tú haces aquí? ¿Estás buscando problema?

Elsa Núñez alzó las cejas como expresión de rechazo. Rolo Arzola la miraba fijamente. Luego miró hacia el salón de espera donde había varias personas sentadas en los bancos metálicos.

Él le respondió con firmeza.

—No sé si estoy equivocado; pero supongo que esas personas que están aquí en el salón, deben estar esperando la hora de la visita, para ver a los parientes que se encuentran ingresados.

Ella lo impugnó.

—Estoy segura que ese no es tu caso. Te falta sinceridad.

—En realidad, vine por otro asunto.

—¿De qué se trata? —le habló algo recelosa—. Digo, si no tienes a menos decírmelo.

Rolo Arzola le contesto categóricamente.

—¿Desde cuándo tengo que decirte mis cosas?

Elsa Núñez en respuesta, le dijo.

—No se me ha olvidado que hace cuatro años me violaste en el puente.

—Por favor, Elsa —censurando—. Eso es una estupidez tuya. Necesito que me entiendas. No vine a discutir contigo.

—Abusaste de mí. —le dijo bastante exigente—. Reconócelo, Rolo Arzola.

—Si te hubiese violado no estuvieras hablando tanta basura.

Elsa se ve molesta.

—Juan de Dios se fue de la casa y todo por tu culpa.

—Cúlpate tú misma. Juan de Dios se dio cuenta que eres muy vieja para él.

—Maldigo una y mil veces no haberte denunciado en la policía. Así hubieses pagado los golpes que me diste, me rompiste la ropa, me hiciste el sexo en contra de mi voluntad —su voz sonó como un trueno.

Rolo sonrió hiriente.

—No sé por qué me culpas cuando lo hicimos de mutuo acuerdo. Tú estabas desesperada. Creíste que yo no te iba a resolver tu situación, a complacer como lo estaba deseando. Vamos a dejarle eso al tiempo para que lo borre definitivamente. Y así no quedará en tu mente esa noche de placeres.

—El tiempo no va a borrar las secuelas que me dejaste —insistí—. Me violaste, no sigas negándolo.

—¿Por qué tú me odias? Cuando yo sueño contigo. En esta vida nada es parejo. Se conjuga el odio con el amor —se mostró confundido.

—Te odio orque me engañaste. Me obligaste hacer el sexo contigo sabiendo que Juan de Dios estaba preso, y ustedes eran amigos.

—No seas zorra. Tú sabes muy bien que traicionaste a Juan de Dios —en suplica—. Por favor, vamos a entendernos. No quiero entrar en un dime que te diré contigo.

—En ningún momento yo traicioné a Juan de Dios. —airada—. Tú estás diciendo mentiras. Después que me desnudarte, me tiraste en el suelo, y cuando terminaste de complacerte, me dejaste sola en medio de aquella oscuridad.

—¿Qué te parece si hablamos en otro lugar fuera del hospital cuando acabes de trabajar?

El rostro de Elsa se torna de un rojo oscuro.

—¡Ni loca! ¿Me oíste? ¡Ni loca! Tú no me vas volver a violar —Su voz se escuchó rabiosa.

Rolo Arzola se mantenía calmado, pasivo.

—¿A qué temes? No te voy a chupar la sangre como hacen los vampiros. Además, eres una mujer libre, sin ojos que te miran.

—Acaba de irte. No me sigas molestando —le habló con suficiente remordimiento—. Si no te vas voy a llamar al compañero de seguridad para que te saque de aquí a empujones.

—No lo dudo. Si fuiste capaz de armar una rivalidad entre Juan de Dios y yo. Tú dispones de todo lo que te venga en mente.

—¡Por favor, acaba de irte! No quiero oírte hablar más —mantuvo el remordimiento.

—Está bien, me voy. En cualquier momento nos encontramos, y hablamos como dos personas con un mismo interés.

Elsa Núñez después de terminar su jornada laboral se dirigió a su casa. La noche estaba totalmente oscura, solo escasas estrellas se veían en el cielo. Ella se quedó pálida cuando escuchó los pasos de una persona que se le acercaba a su espalda. Cada vez los pasos eran más pesados, temibles. De repente Elsa sintió que una mano cayó bruscamente sobre su hombro. Hizo un giro violento, se puso de frente al individuo.

—¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me persigues? ¡Déjame tranquila!

El hombre no habló. Elsa Núñez mantuvo la mirada fija en el rostro de éste que estaba cubierto por una tela negra. Sólo dos aberturas dejaban ver sus brillosos ojos. Ella hizo por gritar; el individuo se lo impidió poniéndole un cuchillo en su garganta. Elsa quedó desvanecido. A base de empujones la llevó hasta las márgenes del río, donde tiró con violencia sobre su vestimenta logrando desnudarla.

—¡Por lo que más tú quieras. No me hagas daño! —sollozando— ¡No me vayas a matar, por favor! Yo haré todo lo que tú quieras. Ten piedad de mí. —lloraba sin control.

Pasado un tiempo, Elsa Núñez llegó a su casa, se sentó en la cama, se miraba una y otra vez los hematomas que tenía en su rostro y los brazos. La vestimenta estaba desbaratada y manchada de malezas. Cerró lentamente los ojos, y los volvió abrir. Suspiró fuertemente.

—Esta es la segunda vez que me violan en el puente —murmurando—. La primera vez fue el canalla de Rolo Arzola —hizo una pausa reflexiva—. Estoy confundida. No puedo decir que fue él.

Ella se levantó. Volvió la espalda hacia el espejo y por sobre su hombro buscó con la vista las marcas de los golpes.

—No se cansó de golpearme. Es un bruto, una bestia. —angustiada—. ¡Ay Dios mío qué desgracia!

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