
Amiga Venenoosa Fatal
Capítulo 2
El sonido de la notificación de WhatsApp me despertó.
Mi corazón se detuvo.
Era un mensaje de Camila.
"Sofía, ¿te apuntas a una cata privada en la bodega del Señor Morales esta noche? ¡Será legendario!"
Me quedé mirando la pantalla, el texto brillaba en la oscuridad de mi cuarto.
Mi respiración se cortó.
El recuerdo me golpeó como una ola helada. La bodega fría y húmeda. La botella carísima en mi bolso, que yo no había puesto allí. La cara de desprecio de Morales. La sonrisa triunfante y oculta de Camila.
Mi "mejor amiga".
En mi vida anterior, esa invitación fue el principio del fin. Me acusaron de robar una reliquia, un vino prefiloxérico que era patrimonio nacional. Mi familia se arruinó pagando abogados y una compensación que nunca debimos. Javier, mi prometido, vio su reputación destruida por el escándalo que lo salpicó.
Y yo... yo terminé muerta, asesinada por un coleccionista fanático que me creía una profanadora.
Pero ahora estaba aquí. En mi cama, en mi apartamento de Madrid, con el mismo mensaje en el móvil.
Había vuelto.
Una segunda oportunidad.
Esta vez, no habría tragedia. No para mí.
Me levanté de la cama, mis movimientos eran fríos y calculados. Fui al baño y abrí el armario. Cogí un bote de colutorio, uno con un altísimo contenido de alcohol.
Desenrosqué el tapón.
Me llené la boca con el líquido azul, el ardor del alcohol era intenso, pero no me importó. Lo mantuve en mi boca, enjuagándome con fuerza, asegurándome de que el olor impregnara cada rincón.
Luego, cogí las llaves de mi coche.
No respondí al mensaje de Camila. La dejé en leído.
Bajé al garaje y me metí en mi coche. Salí a la autopista A-1, en dirección norte.
Pisé el acelerador.
No iba borracha, pero tenía que parecerlo. Conduje de forma errática, cambiando de carril sin señalizar, dando bandazos leves pero evidentes.
No tardaron en aparecer.
Las luces azules y rojas de la Guardia Civil llenaron mi retrovisor.
Reduje la velocidad y me detuve en el arcén.
Un agente se acercó a mi ventanilla.
"Buenas noches, señorita. ¿Ha bebido usted?"
Su voz era grave y seria.
Asentí, fingiendo torpeza.
"Solo un poco... lo siento."
El olor a alcohol del colutorio salió de mi boca como una nube. El agente frunció el ceño.
"Sople aquí, por favor."
Me entregó el alcoholímetro. Soplé.
El resultado fue un falso positivo, justo como esperaba.
"Tendrá que acompañarnos", dijo el agente. "Vamos a llevarla al hospital para un análisis de sangre que lo confirme."
Perfecto.
"Sí, claro", respondí con voz temblorosa.
Mientras me escoltaban al coche patrulla, una sonrisa helada se dibujó en mi interior.
Esta noche, mientras Camila ejecutaba su plan en la bodega de La Rioja, yo tendría la mejor coartada del mundo.
Una coartada documentada por la Guardia Civil y un hospital.
Una coartada irrefutable.
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