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Portada de la novela Almas de sangre

Almas de sangre

Traicionada por su familia, Hélade escapa del Tártaro con el único deseo de vengarse de quienes la condenaron al Inframundo. Su camino se cruza con el del Alfa sangriento, un hombre lobo temido por su letalidad y rastro de muerte. Aunque un vínculo de sangre nacido del odio los encadena, esta alianza forzada entre dos seres oscuros podría transformarse en un amor imprevisto. Juntos desafiarán un destino incierto en una travesía cargada de peligros.
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Capítulo 2

Él vendría a buscarme.

Él, mi Muse vendría a buscarme. Seguía sin saber qué significaba esto. Ella no me permitía saberlo; era despiadada. Aunque fuese una voz que esperaba regresar, sentía su poder.

En mi mente todo era borroso y no tenía fuerzas para hacer lo que me pedía.

Esa voz.

Solo sabía que hoy iba a venir.

No sabía si era mi salvador, o mi condena. Pero claro está que fuera lo que fuera, lo respetaré.

A fin de cuentas, yo me busqué el dolor. Yo provoqué esto. Sola me metí en la boca del lobo, con todo su significado.

No podía recordar bien lo que había pasado. Cuando lo intentaba, a mi mente solo venían tres palabras:

Alfa

Luna

Manada

Entendía lo que quería decir, los había asesinado a todos. ¿Lo peor? No me arrepentía.

La dulce vista del miedo, flotaba por los cielos con un destello púrpura. Me picaban los dedos por la necesidad de reducir todo a cenizas.

Tanto tiempo encerrada llevaba sus consecuencias.

Todo ese dolor, rogándome que lo dejara salir, que nada pasaría si lo liberase un poco.

Las voces no cesaban, pero sabía que no decían la verdad. Poco a poco, ella me susurraba y pedía la destrucción desde el fondo de mi ser.

No sabía el tiempo que duraría mi cordura.

Un paso, dos pasos, tres pasos.

Ellos llegaron.

Él venía y una parte de mí, me decía que esta rabia al fin tendría control.

Sin necesidad de abrir los ojos, sentí como llegaban, por los sonidos podía deducir que eran al menos tres. Cada día venían, intentaban despertarla; sin embargo, solo salía cuando ella lo decidía y todavía no era su momento.

—Bueno, Hellas, otro día torturándote para que la dejes salir y te sigues negando. Sabes que no me importará matarte.

Por primera vez decidió aparecer y tras mi apariencia dijo:

—Soy la primera, la única en mi especie, aunque quisiera, no podría morir y un miserable humano como tú no logrará matarme. Llevo en este mundo desde su creación y un asqueroso sirviente de los dioses no me tocará ni un pelo.

—¡Con que al fin te dignas a aparecer, querida! —pude oír un tono burlón en su voz, lo cual me hizo soltar una carcajada.

—Hellas, querida, ¿de qué te ríes?

—De ti, por supuesto; crees que no te puedo tocar solo porque me tienes encadenada y no te das cuenta de que podría matarte sin ni siquiera moverme. Permíteme explicarte que eso que separas como dos personas somos una sola y la otra mucho es más peligrosa que yo.

El asqueroso sirviente me observaba incrédulo, como si no creyese mis palabras. Tonto, ella quería asesinarte, ver correr tu inmunda sangre. Estábamos de acuerdo en algo: era la hora de irnos de este lugar.

Modulé el tono de mi voz para manipularles, que solo se concentraran en la dulzura —a la vez veneno—, cual serpiente. Hipnotizados como estaban, uno de ellos se movía mientras los otros se mantenían quietos, embobados con mis palabras en un idioma que desconocían. El único que estaba en movimiento quedó a mi altura, su mano se aproximaba a mi rostro…

—Vamos, estás cerca, solo un poco más. Deshazte de esa estúpida venda —le ordené, sonreí de satisfacción al conseguir mi objetivo.

Podía sentir la libertad, el poder recorría mis venas cuando abrí mis ojos. Los humanos despertaron del trance, no me preocupaba, pues ya era tarde. Mis ojos, ahora se encontraban abiertos.

Aquel me atacó, su mano impactó contra mi rostro y caí al suelo. Recuperé el control de mi cuerpo, ella regresó a lo más profundo de mi mente y me dejó sola contra estos humanos. Quienes golpeaban sin compasión mi espalda, mi rostro… todo mi cuerpo y solo pude hacerme un ovillo en el suelo.

Seguía encadenada pese a que podía liberarme con facilidad. Su voz me pedía que esperara un poco; siempre fue cruel y justo ahora me lo demostraba.

Al sentir que caería mi cuerpo se alzó del suelo, las cadenas se rompieron y mis heridas se curaron, como si no me hubieran hecho daño jamás.

Ella volvió a tomar el control y yo quedé en segundo plano. Quería que pagasen, que sufrieran, es lo que deseábamos.

El sonido de un brazo roto era música para mis oídos, el olor de la sangre que era placentero. Sin moverme, con tan solo pronunciar una palabra, disfruté de ver como esos sirvientes de dioses se retorcían.

Uno parecía resistir más, arremetió en mi contra y se movió a una velocidad para nada humana. Era obvio, al ser sirvientes de los dioses debería ser difícil acabar con ellos. Decepcionante. Eso pasaba por mi cabeza cuando con solo una mirada su pie se retorció, cayó al suelo sin llegar a tocarme.

—Es triste, esperaba más de aquellos que se esforzaron por hacerme salir.

—¡Cállate, monstruo, no hemos acabado todavía! Espera y verás nosotros…

No valía la pena que terminase de hablar. De su boca solo salían ofensas, por ello, no vi la necesidad de permitir que mantuviese la lengua…

Apenas lo pensé y ya estaba; se mantendría callado durante el resto de su vida.

Me acerqué con tranquilidad hacia ellos, posé mi mano en cada uno para curarlos. Cuando quedaron como nuevos retrocedí para evitar sus ataques. Seguían sin entender en lo absoluto que era superior.

Este retorcido juego continuó durante un tiempo. Les permití acercarse, les hice creer que tales golpes me dañaban. Jugué tanto con sus mentes que no notaron cuantas veces perdieron las extremidades. Aunque tampoco lo hicieron al recuperarlas.

Y cuando advirtieron el engaño fue muy tarde.

Jamás me aburriría de sus miradas teñidas de desesperación. Ingenuos, tan orgullosos que no se atrevieron a rogar por misericordia.

Quizás, creían que no iba a ser piadosa y era cierto…

No nacería de mí ni una pizca de piedad.

Una sensación eléctrica recorrió mi cuerpo, mis ojos brillaron por un instante. Él estaba cerca; lo sentía.

Al chasquear mis dedos provoqué una explosión. Los trozos de carne de los sirvientes salieron disparados en todas direcciones y la sangre me cubrió por completo.

Abandoné la habitación, destruí todo a mi paso, maté a todo aquel que se interponía en mi camino. Una fragancia maravillosa tomó mis sentidos, avancé a ciegas y seguí aquel olor que me enloquecía.

Cuando visualicé la figura de un hombre me detuve. Tuve la sensación de que, por una vez, todo encajaba.

Él, era mi Muse.

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