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Portada de la novela Almas de sangre

Almas de sangre

Traicionada por su familia, Hélade escapa del Tártaro con el único deseo de vengarse de quienes la condenaron al Inframundo. Su camino se cruza con el del Alfa sangriento, un hombre lobo temido por su letalidad y rastro de muerte. Aunque un vínculo de sangre nacido del odio los encadena, esta alianza forzada entre dos seres oscuros podría transformarse en un amor imprevisto. Juntos desafiarán un destino incierto en una travesía cargada de peligros.
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Capítulo 3

Ella regresó a la profundidad de mi mente, me ofreció de forma voluntaria el control. Estaba molesta, sabía algo que implicaba al desconocido y no pensaba decírmelo; tampoco establecer relación alguna con él. Solo quería que nos fuéramos de este condenado sitio sin mirar atrás.

—Mía, solo mía —me estremecí al notar la gravedad de la voz de mi Muse, más no me sentí cómoda con lo que dijo.

Esas palabras resonaron en mi mente. Me dieron la sensación de que la libertad se escapaba de mis manos, de todos los poros de mi piel. Asustada y confusa retrocedí por instinto, solté un quejido de dolor. Mis heridas estaban curadas, pero este permanecía, creaba caos por todo mi cuerpo.

Ella pidió locura, destrucción, cualquier cosa con tal de alejarnos del hombre atractivo que durante un rato me analizó con la mirada. Hasta que el ceño se le frunció, la nariz se le arrugó un poco y un gruñido salió de su garganta.

Di unos pasos adelante con recelo, no comprendía tal actitud o qué pudo causarla. Ella que, como no, todo parecía saberlo confirmó que conocía la razón. Una carcajada que solo yo oí en mi cabeza, provocó que mordiese el interior de mi mejilla.

—¿Eres muda? —preguntó él, su voz me indicó cuán enojado estaba.

Me permití detallar cada centímetro de su rostro, con tal de no centrarme en el lío que era mi mente. Sus iris eran de distintos colores, uno ámbar y el otro verde, el cabello negro hacía que esos impactantes ojos destacasen mucho más. El toque final eran los pómulos salientes y el ceño, el cual todavía mantenía fruncido.

—No, no soy muda —quería conocerle, ir en contra de lo que se me exigía.

—Sígueme, necesitas quitarte esa sangre de encima —empezó a moverse en dirección a la salida.

Una mueca de desaprobación trató de invadir mi sonrisa. Era ella, quien deseaba reírse en su cara porque no toleraba las órdenes de nadie. En el proceso me había contagiado su ira. Suspiré hondo, necesitaba dejar de lado esas emociones que me embargaban. La única razón por la que decidía seguirlo, era por la fragancia maravillosa que despedía y la seguridad que sentía a su lado.

Cuando salimos del lugar, que resultó ser un edificio abandonado en pleno bosque, casi acababa el día. Contemplé por un instante el cielo y luego, me giré para ver lo que fuese mi prisión. Ella sonríe en mi cabeza, más que complacida con la muerte de todos esos miserables.

Mi Muse se dirigió hacia mí, me pidió que esperase y regresó al interior del edificio. Volvió un rato después, con una mujer cubierta de sangre en brazos. A unos pasos de nosotros noté una camioneta que asumí, era suya. Colocó con delicadeza a la mujer en el asiento trasero y entró otra vez, regresó con otra en la misma situación que la de antes. Cuando ambas se hallaban dentro de la camioneta montó en el asiento del conductor, se puso el cinturón y abrió la puerta. Me senté a su lado e imité su acción.

Puso el auto en marcha y bajó hacia la carretera cercana. Por un rato nos mantuvimos en silencio, él estaba concentrado en manejar mientras yo admiraba el exterior.

—¿Cuál es tu nombre? —él fue el primero en romper el silencio.

—Hellas, ¿y tú?

—Aster —abandonó por un instante la vista en la carretera para fijarla en mí. Notar mi reflejo en sus ojos dispares provocó que me estremeciese.

La sensación de mantener la distancia todavía persistía, el luchar por una libertad que recién había conseguido también y todo me lo trasmitía ella. El silencio volvió hacer acto de presencia, mis ojos cambiaron de objetivo, regresaron al espectacular paisaje.

La carretera que recorríamos se hallaba atestada de hojas de arce, las cuales se movían a nuestro paso. Los árboles a ambos lados de la carretera se combinaban con el tono rojizo del atardecer, algo normal debido a la estación. Cuando la camioneta pasó por un puente, mi atención fue atraída por el río debajo, este ostentaba trozos de hielo que se fundían con la corriente. Me mantuve hipnotizada con la visión e imaginé que era capaz de trasladar mi alma hacia ellos.

«Encantador, qué manera de pensar tan miserable» oí decir en mi cabeza. No comenté nada al respecto, no me hallaba de humor para enfrentarla.

De manera gradual, el bosque de arces desapareció, para dar paso a uno elevado solo de pinos. Unos instantes después vislumbré un pueblo y asumí que allí es a donde nos dirigíamos.

Las miradas de desconfianza y curiosidad, de aquellos sentados en el recibidor de sus cabañas, fue ese “gran recibimiento” que esperaba al llegar al pueblo. Estas me causaban incomodidad y a la vez cierta indiferencia. Aster detuvo la camioneta frente a la más cercana a una plaza. Contemplé el montón de leños, colocados uno sobre otros, mientras aguardaba a que volviese durante los viajes que realizó. En ambas ocasiones llevó en brazos a las mujeres que sacó de aquel edificio por ello, asumí que este era su hogar.

«De todas maneras, no son mi problema» coloqué la mano sobre la barbilla para mirar hacia otra parte, el toque brusco a la ventanilla me tomó por sorpresa.

Pese a que podría no ser lo más sensato la abrí y me encontré con la mirada de una chica de cabello rubio.

—Es un placer conocerte, pequeña Luna —la sonrisa de la chica parecía falsa —Espero que seamos amigas.

Le dediqué una sonrisa igual a la suya en respuesta, ella susurró que aprendía rápido antes de irse. Accedió a la casa en la que estaba mi Muse, casi a la vez que este salía.

—¿Todo bien? —él arqueó la ceja en cuanto entró al auto.

—¿Por qué no lo estaría? —bostecé, para luego colocar la cabeza en el cristal de la ventanilla.

Tras reanudar el viaje, pasamos delante de otras casas del pueblo hasta que nos detuvimos frente a un chalet. Vislumbré a la distancia un glaciar entre dos altas montañas, con el atardecer al fondo.

—Hemos llegado —Aster bajó de la camioneta para abrirme la puerta.

Sacó unas llaves de su chaqueta, las introdujo en la puerta del chalet y al girarlas permitió el acceso a ambos. Lo seguí al interior, el cual resultó ser cálido gracias a la chimenea en la sala. El mobiliario consistía en dos sillones, un sofá y una mesita en medio. No estuvimos mucho tiempo en ella, nos movimos hacia un pasillo con dos puertas que se hallaban cerradas. Justo al final estaban las escaleras.

Al arribar al segundo piso, Aster mencionó que el chalet poseía varias habitaciones. Tras ello, entramos por la primera puerta que vimos.

—La cena estará lista en unas horas, siéntete como en casa —noté cierto tono de amabilidad en tales palabras pero, tuve la impresión de que todavía algo le incomodaba.

Ella me reveló el hecho de que el olor de los sirvientes seguía sobre nosotras.

Apenas detuve mi vista en el mobiliario o decoración de la recámara: una cama matrimonial, una cómoda y un espejo sobre esta. Había además un armario, pero lo que me interesó fue la puerta a la derecha de la cómoda, cuando giré la manija entré a un baño.

Me deshice del vestido sucio y deshilachado que traía puesto, tanto tiempo encerrada lo destrozó. Sumergí mi cuerpo en la bañera llena de agua caliente, permití que el calor aliviase las sensaciones dolorosas de mi cuerpo.

Mi mente todavía era un caos, ella no se cesaba en su intento de convencerme para que nos vayamos. No deseaba irme, pero su voz dentro de mi cabeza era una dulce melodía. Por ello, no tardó en que aceptase el cumplir sus órdenes…

Asustada, salí de la bañera. Ella trató de tomar el control y no debía permitirlo, no si mi deseo era quedarme. Suspiré debido al cansancio y la frustración, mientras observaba mi reflejo. Mis ojos eran dispares, uno negro en su totalidad y el otro blanco. Mis cabellos plateados, pese a estar húmedos, jamás se veían maltratados. Volví a suspirar, mi aspecto aunque hermoso, era inhumano.

Envuelta en una toalla regresé a la habitación, acto seguido abrí una de las gavetas de la cómoda. No me sorprendió ver ropa interior de encaje, al menos, no demasiado. Fui hasta el armario y tras abrirlo tomé lo primero que vi. Elegí lo que me pareció bonito de ambos muebles, puse todo sobre la cama. No tardé mucho en vestirme y caer rendida sobre esta. Evité escuchar o responder cualquier pensamiento de ella. Concentrada en la visión que la ventana a unos pasos ofrecía cerré los ojos, me sumí en un tranquilo sueño.

🐺🐺🐺

El viento despeinaba mis cabellos, el horizonte infinito de este paraíso verde y florido era familiar. Caminé descalza, disfrutaba del pasto que acariciaba mis pies. Una canción de cuna caló en lo más profundo de mí, cada fragmento de la melodía me resultaba nostálgico.

Sentada a la sombra de un frondoso árbol, advertí la figura de una mujer, me llevé una ligera sorpresa al reconocerla. Ella y yo éramos la misma persona.

—Debería felicitarte por llegar hasta este lugar. Bienvenida a tu subconsciente —afirmó con desinterés, colocó una corona de flores sobre su cabeza.

El miedo me paralizó, la ira se apoderó de mi corazón al recordar que siempre debía de sufrir por su culpa.

—¿Por qué me odias tanto? —pregunté en voz alta y deseé luego no haberlo hecho, pues no me preparé para su respuesta.

Ella rió a carcajadas, como si le hubiese contado un mal chiste.

—¿Odiarte? En lo absoluto, solo eres esa parte insignificante de mí. La que siente, la humanidad que debí eliminar hace tiempo. Aquello que me haría débil ante los demás.

Sus palabras se clavaron como puñales en mi ser, solo ella podía herirme de esta forma.

—Puedo ser todo eso que dices o no, pero no soy débil. Lo que llamas debilidad nos da fuerza —sostuve su mirada de desprecio.

Comenzó una batalla de voluntades entre nosotras. Noté el cambio de tono en su voz, el cómo trataba de manipularme para su propio beneficio.

Negué con la cabeza.

«No lo lograrás Hélade, no está vez»

—Eres tonta, no sabes lo que haces al quedarte aquí. Perderás tu libertad, y como todos hicieron antes, tratarán de matarte —profetizó —No confíes en nadie Hellas, ni siquiera en mí.

—¿A qué te refieres, Hélade? —si no podía confiar en mí misma, ¿en quién lo haría?

—Muse —pronunció esa palabra con desprecio —La pareja destinada por Afrodita, la diosa del amor, a todas las almas sobrenaturales. Esa persona que pase lo que pase estará a tu lado.

Mi visión se tornó borrosa. Cuando desperté apenas recordaba lo que soné, solo pocas palabras quedaron grabadas en mi memoria:

Pérdida

Libertad

Muse

Tenía la repentina necesidad de escapar.

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