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Portada de la novela Adiós, Princesa Falsa

Adiós, Princesa Falsa

Al despertar con el don de visualizar la lealtad ajena en cifras, descubro la traición de mi prometida, Camila: su marcador es un cero absoluto. Pese a fingir desamparo, la hallo con su supuesto hermano burlándose de mi ingenuidad y del dinero que me arrebató. Tras diez años de manipulaciones, mi afecto se torna en sed de justicia. Ricardo ha muerto; surge un hombre implacable decidido a aniquilar a la falsa princesa que destruyó su vida.
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Capítulo 2

Un dolor de cabeza punzante me despertó.

No era un dolor normal, se sentía como si algo dentro de mi cráneo se estuviera reorganizando, como si un interruptor se hubiera activado a la fuerza.

Me senté en el borde de mi cama, la seda de las sábanas se sentía fría contra mi piel. Miré a mi alrededor, a mi habitación, amplia y lujosa, pero que de repente se sentía extraña, ajena.

Fue entonces cuando entró mi mayordomo, Alfredo, un hombre que había servido a mi familia por más de treinta años.

"Señor Ricardo, ¿desea su café?"

Su voz era la de siempre, respetuosa y cálida, pero algo era diferente. Sobre su cabeza, suspendido en el aire como un holograma invisible para todos menos para mí, flotaba un número.

[Nivel de afecto: 85]

Parpadeé, pensando que era una alucinación, un efecto secundario de este extraño dolor de cabeza. Pero el número seguía ahí, un brillante y estable "85".

¿Qué demonios significaba eso?

Justo en ese momento, mi teléfono celular vibró sobre la mesita de noche. El nombre en la pantalla hizo que mi corazón diera un vuelco, como siempre lo había hecho durante los últimos diez años.

Camila. Mi prometida.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro automáticamente, un reflejo condicionado por una década de amor. Pero cuando mis ojos se posaron en su foto de perfil, una imagen de ella sonriendo dulcemente, mi propia sonrisa se congeló.

Sobre su nombre, flotaba un número.

Un número que me heló la sangre.

[Nivel de afecto: 0]

Cero.

No uno, no diez, no un número negativo. Simplemente la nada. Un vacío absoluto.

Sentí un vértigo repentino, como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies. No podía ser. Camila, mi dulce y tierna Camila, la mujer que me juraba amor eterno, la que dependía de mí para todo, ¿sentía absolutamente nada por mí?

Sacudí la cabeza, intentando disipar la imagen. Esto tenía que ser un error, una maldita broma de mi cerebro.

Contesté la llamada, esforzándome por sonar normal.

"Hola, mi amor."

"¡Ricardo!", su voz llegó a través del altavoz, cargada de pánico y sollozos. Era el sonido que yo más odiaba en el mundo, el sonido de su sufrimiento. "¡Ricardo, tienes que ayudarme! ¡Nos han echado!"

Mi corazón se encogió de inmediato, olvidando por un segundo el número que acababa de ver.

"¿Qué? ¿De qué hablas, Camila? ¿Quién los ha echado?"

"¡Mi familia adoptiva! ¡Esos monstruos! Dicen que soy una vergüenza, que he manchado su apellido. Nos han echado a la calle, a mi abuela, a mi hermano y a mí. ¡No tenemos a dónde ir, Ricardo!"

Cada palabra era una súplica desesperada, diseñada para activar mi instinto protector. Y como siempre, funcionó.

"Tranquila, mi amor, tranquila. No te preocupes por nada. Iré para allá. ¿Dónde están?"

"En el pequeño departamento que nos rentaste... pero no sé por cuánto tiempo podremos quedarnos. ¡Ricardo, por favor, usa tus contactos! ¡Necesito volver! ¡Prometo que en cuanto recupere mi estatus, me casaré contigo! ¡Seré tuya para siempre!"

Todos, incluida yo mismo hasta hace cinco minutos, habrían asumido que yo aceptaría sin dudar. Que movería cielo, mar y tierra por ella. Porque eso es lo que había hecho durante diez años.

"Claro que sí, mi amor. No te preocupes. Voy en camino."

Colgué el teléfono, pero la sensación de urgencia había sido reemplazada por un frío glacial que se extendía por mis venas. El "0" seguía grabado en mi mente.

Decidí ir a verla. Necesitaba entender. Quizás la habilidad estaba equivocada. Quizás el estrés la hacía sentir así. Necesitaba una explicación.

Conduje mi coche por las calles de la ciudad, dirigiéndome al modesto edificio de apartamentos donde "su familia" vivía gracias a mi generosidad. Al llegar, subí las escaleras, con el corazón latiéndome con fuerza, una mezcla de esperanza y temor.

Estaba a punto de tocar la puerta cuando escuché voces en el interior. La voz de Camila, pero no sonaba angustiada. Sonaba... irritada.

"Ya deja de quejarte, Mateo. Ricardo ya cayó. Me acaba de decir que viene para acá."

Luego, la voz de un hombre, la de su supuesto hermano, Mateo.

"¿Estás segura? ¿Y si esta vez no funciona? ¿Qué hay de la vieja?"

Una risa corta y sin alegría de Camila.

"¿La abuela? Por favor. Le pagué a esa actriz lo suficiente para que se quede callada un mes. Dijo que su 'enfermedad terminal' necesita un nuevo tratamiento carísimo. Ricardo se lo tragará como siempre. Es un idiota."

Mi mano, que estaba a punto de tocar la puerta, se quedó suspendida en el aire. Cada palabra era un golpe directo a mi estómago.

Mateo rió también, una risa cómplice.

"Eres una genio, mi amor. Cuando nos casemos con su fortuna, podremos mandar al diablo a todos. ¿Te imaginas? Tú y yo, solos, en una playa, gastando el dinero de ese imbécil."

"Ese es el plan, cariño. Ahora, cállate y bésame. Tenemos que practicar nuestras caras de tristeza antes de que llegue nuestro salvador."

No escuché más. No pude.

Me di la vuelta, sin hacer ruido. Bajé las escaleras como un autómata, mi mente era un torbellino de imágenes y sonidos: el "0", la risa de Camila, la palabra "idiota", "amante".

Diez años.

Diez años de mi vida, de mi amor, de mi dinero, habían sido una farsa. Una elaborada y cruel mentira.

Yo era el tonto manipulado. El cajero automático con sentimientos.

Llegué a mi coche y me senté frente al volante, mirando la nada. El dolor de cabeza había desaparecido, reemplazado por una claridad terrible y helada.

La riqueza y el estatus que tanto anhelaba. La vida de lujo que soñaba tener a mi costa.

No.

No sería para ella.

Decidí en ese instante que el juego había terminado. Pero no iba a terminar con una simple ruptura. Iba a terminar con ellos perdiendo absolutamente todo.

La venganza sería mi nueva prometida.

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