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Portada de la novela Acepto El Matrimonio Contratado

Acepto El Matrimonio Contratado

Ricardo Morales vive una pesadilla el día de su boda cuando Sofía, su prometida, anula la ceremonia tras confesar que el hijo que aguarda es de Mateo, hermano del novio. Hundido en el desprecio familiar y la traición, su antiguo afecto se torna en un profundo resentimiento. Para escapar de la ruina pública, Ricardo pacta un matrimonio de conveniencia con una extraña. Este vínculo contractual será su única salida hacia un destino incierto, lleno de enigmas y distancia.
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Capítulo 2

El día de mi boda, el aire olía a flores blancas y a promesas. Yo, Ricardo Morales, esperaba en el altar, con el corazón latiendo tan fuerte que casi no oía la música. Buscaba a Sofía entre la gente, mi Sofía, la mujer con la que había soñado construir una vida.

Cuando por fin apareció, caminando hacia mí con su vestido blanco, sentí un alivio que me llenó el pecho. Pero su rostro no tenía la sonrisa que yo esperaba, su mirada era fría, calculadora.

Se detuvo frente a mí, tomó el micrófono del atril del sacerdote y su voz resonó en toda la iglesia, clara y sin una pizca de emoción.

"Quiero agradecerles a todos por venir."

Hizo una pausa, y la gente sonrió, esperando unas palabras de amor.

"Pero esta boda es una farsa y no puede continuar."

El silencio que cayó fue total, denso, como si el aire se hubiera vuelto sólido. Podía sentir cientos de ojos clavados en mí, miradas de lástima, de confusión, de morbo. Mi sonrisa se congeló en mi cara, sintiéndome como un idiota.

"La razón es simple," continuó Sofía, sin mirarme, hablando al público como si yo no existiera. "Estoy embarazada."

Un murmullo recorrió la iglesia. Mi madre, en primera fila, se llevó una mano a la boca. Yo sentí un nudo en el estómago, una mezcla de confusión y una extraña esperanza. ¿Un hijo? ¿Nuestro hijo?

"Pero el hijo que espero no es de Ricky."

Cada palabra era un golpe directo en mi cara. El murmullo se convirtió en un jadeo colectivo. Sentí cómo el calor me subía por el cuello, la humillación era una ola que me ahogaba.

Y entonces, Sofía lanzó el golpe final, el que me destrozó por completo.

"El padre es Mateo."

Mateo, mi "hermano", el chico que mis padres acogieron, que creció a mi lado. Él estaba de pie entre los padrinos, y cuando Sofía lo dijo, dio un paso al frente, con una sonrisa torcida, una mezcla de triunfo y nerviosismo. Se paró al lado de ella, y ella ni siquiera lo miró.

"Y hay algo más," dijo Sofía, su voz ahora con un tono práctico, como si estuviera cerrando un negocio. "Mateo tiene la oportunidad de conseguir la ciudadanía estadounidense, pero necesita formar una familia. Este niño se la dará. Así que cancelo esta boda para irme con él. Es lo mejor para el futuro de mi hijo."

No había amor en sus palabras. Ni por Mateo, ni por el hijo que esperaba. Solo ambición. Fría y pura ambición. Me había usado, había usado nuestra relación, nuestra boda, como un escenario para anunciar su verdadero plan.

La gente empezó a cuchichear, a levantarse. El caos era un zumbido a mi alrededor, pero yo solo podía verla a ella, de pie, tan arrogante, tan indiferente a mi dolor. La humillación pública fue total. Era el hombre abandonado en el altar, el tonto engañado por su prometida y su propio "hermano".

Mis padres corrieron hacia mí, sus caras descompuestas por la vergüenza y la ira. Pero yo no podía moverme. Estaba paralizado por el shock y un dolor tan profundo que no podía ni respirar.

Más tarde, en la sacristía, mientras mis padres intentaban consolarme, Sofía entró, ya sin el velo, como si nada hubiera pasado. Mateo la seguía como un perro faldero.

"Ricky," dijo ella, con ese tono de fastidio que usaba cuando yo no entendía algo. "No hagas un drama. Las cosas son así."

La miré, buscando una pizca de arrepentimiento, de culpa, de algo. No había nada. Solo impaciencia.

"De hecho," añadió, cruzándose de brazos, "Mateo y yo necesitaremos algo de dinero para empezar en Estados Unidos. Ya que la boda no se hizo, deberías darnos el dinero que tus padres te dieron para el departamento. Considéralo una compensación por mi tiempo perdido."

El descaro me dejó sin palabras. No solo me había traicionado y humillado frente a todos, ahora quería que financiara su nueva vida con mi rival. Mateo asintió a su lado, con la mirada codiciosa.

Fue en ese momento que algo dentro de mí se rompió. El amor, la devoción, la tristeza... todo se quemó y se convirtió en cenizas. Y de esas cenizas nació una frialdad que nunca antes había sentido.

Me reí. Fue una risa seca, sin alegría.

"¿Estás loca?" le pregunté, mi voz sonando extraña, distante.

Sofía frunció el ceño. "No me hables así, Ricardo. Sabes que siempre harías cualquier cosa por mí."

"Eso se acabó," dije, poniéndome de pie. Me sentí más alto, más firme. "No te daré ni un centavo. Lárguense de mi vista."

Mis padres, que habían estado planeando una boda concertada para mí con la hija de un socio comercial, una tal Dra. Camila Vargas, como una forma de salvar las apariencias y forjar una alianza, me miraron sorprendidos. Habían pensado que yo me negaría, que seguiría aferrado a Sofía.

Pero en ese momento, la idea de un matrimonio sin amor, un acuerdo de negocios, me pareció un paraíso comparado con el infierno que acababa de vivir. Era una salida. Una forma de borrar a Sofía de mi vida para siempre.

"Acepto," le dije a mi padre, sin apartar la mirada gélida de Sofía. "Llama a la familia Vargas. Diles que acepto el matrimonio. Me iré a Miami. Empezaré de nuevo."

La cara de Sofía se transformó. La arrogancia fue reemplazada por una incredulidad furiosa.

"¿Qué? ¿Te vas a casar con otra? ¿Tan rápido? ¡No puedes hacerme esto!"

"Ya me hiciste suficiente," respondí, dándole la espalda. "Ahora, por favor, vete."

Esa misma semana, dejé México. Metí mi vida en una maleta, dejando atrás la humillación, la traición y los restos de un amor que resultó ser una mentira. No miré atrás. Mi destino era Miami, una nueva vida, y una esposa que ni siquiera conocía.

Cinco años después, el nombre de Sofía era solo un eco lejano, una mala memoria. Yo era Ricardo Morales, un empresario exitoso, socio en una próspera firma de arquitectos. Y era el esposo de la Dra. Camila Vargas, una de las cirujanas plásticas más renombradas del mundo. Nuestra vida en Miami era tranquila, llena de respeto mutuo y un afecto que, con el tiempo, se había convertido en un amor profundo y sólido. Camila era mi ancla, mi paz. Y ahora, estaba embarazada de tres meses de nuestro primer hijo. La vida que Sofía me había arrebatado, la había reconstruido mil veces mejor.

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