
Acepto El Matrimonio Contratado
Capítulo 3
El regreso a México no estaba en mis planes, pero Camila tenía un proyecto importante. Una prestigiosa clínica la había invitado para dar una serie de conferencias y realizar una cirugía demostrativa de una técnica que ella misma había perfeccionado.
"Cariño, ¿estás seguro de que quieres venir?" me preguntó una noche, mientras acariciaba su vientre apenas abultado. "Sé que no tienes buenos recuerdos de allá."
"Mi único buen recuerdo eres tú y este bebé," le respondí, besando su mano. "Y a donde tú vayas, yo voy. Además, alguien tiene que asegurarse de que la futura mamá coma a sus horas y no se canse demasiado."
A ella se le iluminó la cara con una sonrisa. Nuestro matrimonio había empezado como un contrato, pero se había convertido en lo más real de mi vida. Protegerla, cuidarla, era mi única prioridad.
Así que allí estaba yo, en el pasillo de uno de los hospitales más exclusivos de la Ciudad de México, esperando a que Camila saliera de una junta con el director. El lugar era lujoso, olía a antiséptico y a dinero. Me sentía fuera de lugar con mis jeans y una camiseta sencilla, pero a Camila le gustaba que vistiera cómodo cuando la acompañaba.
Fui a la cafetería a comprarle un té de manzanilla, justo como le gustaba. Al dar la vuelta en un corredor, choqué con alguien. Unos papeles cayeron al suelo.
"Perdón, déjame ayudarte," dije, agachándome para recogerlos.
"Ten más cuidado, idiota," dijo una voz femenina, afilada y arrogante.
Esa voz.
Levanté la vista lentamente. El tiempo pareció detenerse. Era Sofía. Llevaba un vestido ajustado, tacones altos y un maquillaje impecable. Se veía exactamente igual que cinco años atrás, como si el tiempo no hubiera pasado por ella.
Su cara pasó del enojo a la sorpresa total en una fracción de segundo. Sus ojos se abrieron como platos.
"¿Ricky? ¿Eres tú?"
Asentí, sin decir nada, poniéndome de pie y entregándole sus papeles. Mi corazón no se aceleró. No sentí dolor, ni nostalgia. Solo una leve molestia, como cuando te encuentras con un mal recuerdo que preferirías mantener enterrado.
La sorpresa en su rostro se desvaneció tan rápido como llegó, reemplazada por una sonrisa de superioridad. Me miró de arriba abajo, evaluando mi ropa sencilla, mi aspecto casual.
"Vaya, vaya. Ricardo Morales," dijo, arrastrando las palabras. "Así que regresaste. Supongo que no pudiste olvidarme. Era de esperarse."
Su arrogancia era tan predecible que casi me hizo sonreír.
"¿Qué haces aquí? ¿Conseguiste algún trabajito de intendencia? No te ves como si te hubiera ido muy bien."
"Estoy esperando a alguien," respondí, mi voz tranquila. No iba a darle la satisfacción de una reacción.
"Claro, esperando," se burló. "Seguro me viste y viniste a buscarme. Escuché que te casaste con una tipa por arreglo. ¿Qué pasó? ¿Ya te botó? ¿O sigues atado a una desconocida solo para salvar tu orgullo?"
No respondí. Me di la vuelta para irme. No tenía tiempo ni energía para esto. Solo quería volver con Camila.
"¡Oye, no me des la espalda!" gritó, su voz resonando en el pasillo. Me alcanzó y me agarró del brazo. "Ahora que estás aquí, puedes serme útil. Mi hijo tiene hambre. Ve a la cafetería y cómprale un jugo y unas galletas. Y para mí, un café latte con leche de almendras. Apúrate."
Me solté de su agarre con un movimiento firme pero suave.
La miré directamente a los ojos. Ella esperaba ver al mismo Ricky de antes, al hombre que habría corrido a cumplir sus caprichos. Pero ese hombre había muerto en el altar hacía cinco años.
Dentro de mí no había ira, solo una claridad absoluta. Esta mujer frente a mí era una extraña. Una extraña narcisista y patética que vivía atrapada en una fantasía donde ella era el centro del universo y yo seguía siendo su satélite. Vi su vida en un instante: la lucha constante por mantener las apariencias, la relación tóxica con Mateo basada en la conveniencia, la amargura disfrazada de arrogancia.
Y sentí lástima.
"No, Sofía," dije, mi voz calmada, pero final. "No voy a ir a ningún lado por ti."
Su cara se contrajo en una mueca de incredulidad y furia. No podía procesar que le hubiera dicho que no. Para ella, era imposible.
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