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Portada de la novela ¿A todo riesgo o a terceros?

¿A todo riesgo o a terceros?

Paula trabaja incansablemente en dos puestos para salvar el legado familiar, pero su estabilidad se desmorona cuando Izan reaparece tras tres años. La situación se complica con la llegada de Lázaro, situándola en una encrucijada entre la nostalgia y lo desconocido. Una apuesta imprevista alterará el destino de los tres, obligando a Paula a decidir si resguardar su corazón o arriesgarlo todo. Es una historia de caminos cruzados donde elegir es inevitable.
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Capítulo 2

Estaciono el coche en el aparcamiento exterior del cementerio, para ser primera hora de una mañana laboral se encuentra atestado. Mi acompañante me mira y resopla con insistencia, ni siquiera se molesta en disimular la poca gracia que le hace estar aquí; pero, si lo está, es por decisión propia. Una vez fuera del vehículo, ignoro sus quejas y comienzo a caminar sin molestarme en comprobar si me sigue o se queda rezagada. Este momento siempre ha sido mío y sí, algún día me gustaría compartirlo con alguien especial, aunque hoy no es el caso.

Se me escapa un suspiro al pasar por la altura de la entrada principal. Siempre me invade la tristeza al visitar esta zona de la ciudad. En este lugar yacen las dos personas más importantes de mi vida, las que me dieron todo y a las que les debo lo que soy.

Hago la parada de rigor en la floristería que hay frente a la entrada. Saludo al hombre con afecto. Tantos años viniendo, para comprarle el ramo de rosas rojas, han hecho que forjemos una especie de amistad. Tarda poco en entregarme el ramillete que le encargué ayer por mensaje, más otro de hortensias blancas y lilas. Ni siquiera me asombro, ni le digo nada, porque me dé algo que no he solicitado, cada año tiene el mismo gesto.

—Ya sabes que este se lo regalo yo a tu abuela por su cumpleaños.

Se rasca el nacimiento del cuello al visualizar una figura detrás de mí, esta se asemeja más a una estatua que a una mujer de carne y hueso por lo tiesa que está. Con suaves gestos de cabeza le doy a entender que no pregunte, no estoy de humor para tratar de explicarle algo que ni siquiera sé. Asiente, aunque hace un gesto con la cara, el cual deja entrever su desconcierto. Es la primera vez que me ve acompañado.

—Muchas gracias, Pepe —le agradezco el detalle de las flores mientras le entrego la tarjeta para que se cobre.

—No son necesarias.

Con ambos ramos en una mano, giro el cuerpo con la intención de proseguir mi camino, pero sus palabras logran que retroceda y lo mire a los ojos.

—Lázaro, ¿qué día te va bien que pase por tu oficina para hablar de negocios?

—Cuando quieras.

Lo conozco tan bien que sé que es incapaz de presentarse sin obtener primero una cita previa, de ahí su negación.

—Mejor déjame el teléfono de tu secretaría y concreto un día con ella. No quiero ir sin cita no sea que te pille en alguna reunión crucial y lo mío es una minucia de nada.

Saco una tarjeta de visita de la cartera y se la entrego.

—Todos los negocios son importantes por pequeños que sean, Pepe. Llama cuando quieras; pero insisto en que no es necesario, puedes ir la mañana que mejor te vaya. Siempre estoy en la oficina.

Reitera una vez más su intención de acudir con cita previa. No insisto, prefiero que actúe de la forma con la que se sienta cómodo. Nos despedimos con un apretón de manos.

Recorro el camino empedrado y, otra vez, ni siquiera me molesto en mirar si mi acompañante me sigue o se queda rezagada. Si lo desea puede esperarme en el coche mientras visito a mis abuelos. De hecho, para ser sincero, hasta lo prefiero.

Como siempre que vengo, lo primero que hago nada más llegar es saludarlos y preguntarles cómo se encuentran. Soy consciente de que no obtendré contestación; aunque me encanta hablarles a la misma vez que limpio la lápida, quito las flores secas y coloco las frescas.

Los insistentes quejidos de Estefanía logran que me despida antes de tiempo. Hago el camino de regreso hasta el coche cabreado, no pretendo que comprenda cuánto disfruto de estos momentos de soledad en el cementerio hablando con mis abuelos, a los que considero mis padres. En realidad, lo que no entiendo es qué hace aquí cuando desde un inicio le dejé bastante claro que no quería nada serio; sin embargo, no hay forma humana de hacerla razonar.

—Te he dicho que te quedaras en tu casa, no me importa venir solo. Sinceramente, lo prefiero —digo de mal humor sin llegar a mirarla mientras pulso el mando a distancia para abrir el coche. Sé que mis palabras pueden sonar déspotas e hirientes; pero me indigna tener que acortar este momento de intimidad con ellos por culpa de su egoísmo.

—¿Para qué están las novias? —cuestiona una vez se sienta a la par que cruza las piernas—. Su fin, aparte de otros, es acompañar a su pareja en estos trámites.

Se atusa el pelo tras ponerme morritos y hacer un gesto con la nariz. Intuyo que pretende que sea sexy, aunque a mí me recuerda a un conejo. Evito resoplar, es culpa mía encontrarme en esta situación.

—Estefanía —el tono deja claro que estoy cabreado—, sabes de sobra que no somos novios.

Hace otro mohín con los labios, me niego a tratar de descifrarlo. Odio cuando se comporta de esa manera tan infantil, supongo que con otros hombres tal actitud funciona, aunque no conmigo.

—Pareja, novios. Da igual porque es lo mismo. Desde hace quince días dormimos en tu casa.

La miro exasperado. Ninguno de esos términos son los adecuados para referirse a lo que tenemos. Llevamos viéndonos poco más de dos meses y comienzo a cansarme de la situación, no sé cómo decirle que entre nosotros lo único que existía era una buena relación sexual, ya ni eso. Al principio, ponía de su parte, reconozco que gocé con ella, pero ahora se tumba bocarriba a la espera de que yo lo haga todo.

La conocí en la sala que frecuento con Brig. Nada más verla tuve claro que sería la elegida para que me acompañara esa noche, no sé por qué después de una sesión de sexo salvaje accedí a quedar fuera de allí, era la primera vez que permitía tal petición, si bien algo en ella llamó mi atención. Los días me han demostrado que es como cualquier otra mujer consentida: solo piensa en sí misma y en sus propios intereses.

—Esa es otra. Te he dejado claro esa parte, pero cada día me ignoras y al final te quedas a pasar la noche en mi casa.

Me acaricia el brazo con suma lentitud, piensa que con ese gesto el enfado se va a disipar como por arte de magia, no sabe lo equivocada que está.

—Cariño, es lo que hacen las parejas.

—Pero ¿cómo tengo que decirte que no somos pareja?

Resoplo y a la vez me froto la cara. Giro el cuerpo para quedar frente a ella, será la última vez que intente hacerla entrar en razón.

—Respóndeme a una pregunta.

Asiente sin dejar de sonreír y enroscarse el pelo en el dedo índice.

—¿Estás dispuesta a pasar aquí las mañanas de los sábados conmigo? —señalo el cementerio para que comprenda a qué me refiero.

Observa la entrada del campo santo y se le contrae el rostro de inmediato. Hace todo lo posible por recomponerse antes de mirarme, aunque es tarde. Diga lo que diga, conozco la verdadera respuesta, la que tratará por todos los medios de ocultar, estoy seguro de ello.

—¿Por qué no? —objeta sin ninguna convicción—. Aunque, cariño, opino que visitarlos todos los sábados no es necesario. Podemos venir como hace todo el mundo, una vez al año, dos a lo sumo.

No respondo, ni me molesto en explicar la importancia que tienen para mí estas visitas y menos a alguien que es incapaz de comprender qué significan. Sin emitir ni una palabra conduzco hasta parar en segunda fila, justo en frente de su edificio.

—¿Qué hacemos en mi casa? —cuestiona extrañada—. Ayer me prometiste que pasaríamos el día juntos.

—No, Estefanía, no te prometí nada. Al igual que en su día te dejé bien claro que lo único que pasaría entre nosotros sería una noche desenfrenada y que no iría a más.

Me froto las sienes al verle los ojos anegados en lágrimas, otra vez igual, cada vez que intento hacerle entender que no deseo verla más me monta el mismo numerito. Al final, tendré que darle la razón a Brig cuando asegura que soy gilipollas rematado con las mujeres y no sé manejarlas.

—Yo sí quiero más —gimotea.

—Pero yo no —afirmo todo lo calmado que puedo—. El día que me decida a estar con una mujer tendrá que aceptar que, todos los sábados sin excepción, visitaré la tumba de mis abuelos.

Por fin comprende que no es negociable, no estoy dispuesto a cambiar mis costumbres por nadie y mucho menos, por una mujer por la que no siento nada en especial. Baja del coche después de gritarme y llamarme de todo durante unos cinco minutos. Si con esa actuación es suficiente para que me deje en paz, el pago está más que justificado.

Cuando termino de comer recibo varios mensajes de Brig, las caras que me manda me aseguran que está desesperado por tener que cubrir el puesto de vigilante de uno de sus empleados. Decido tomarme la tarde libre para hacerle una visita. Al llegar al edificio lo encuentro repantigado en la silla de recepción: tiene las piernas cruzadas encima de la mesa y las manos detrás de la cabeza.

—¡Joder, macho! Que imagen más mala das de esa forma. Vaya un jefe estás hecho.

—Tú deberías estar aquí ocho horas sin poder moverte ni hacer nada, otro gallo cantaría.

—Lo hago con la punta del capullo —aseguro, apoyándome en el mostrador de recepción desde donde se controlan las cámaras de seguridad.

—Lo que tú digas, gallito. Aunque apuesto a que no duras ni un día.

Río al escucharlo, sé que tiene razón, pero no estoy dispuesto a dársela. No entiendo cómo en su día le encantaba ser vigilante de seguridad, tanto que decidió montar su propia empresa. Para mí es un trabajo insulso, desesperante. Estar ocho horas en la entrada de un edificio y el máximo quehacer sea saludar a los trabajadores, me parece insoportable.

—Aguantaría más de un día y lo haría mejor que tú —garantizo chulesco.

La sonrisa que muestra no me gusta un pelo. Sé qué viene a continuación, con él siempre es lo mismo.

—Hagamos una apuesta. Tú te encargas de mi empresa durante un mes y yo de la tuya. —Ahí está, para él todo es un juego. Alarga la mano con la intención de cerrar el trato—. ¿Qué dices?

—Que estás loco si piensas que voy a dejar mi empresa en tus manos.

Comienza con su perorata de siempre, asegurando que él gestionaría mi flota de camiones mucho mejor que yo. Dejo de prestarle atención cuando visualizo a una morena dirigirse a la entrada del edificio.

No puedo dejar de mirarla, aunque ella ni siquiera se digna a levantar la vista de la pantalla del móvil. Juraría que no es consciente del efecto que provoca en los hombres, sobre todo en mí. Sigue a lo suyo, tan enfrascada en su teléfono que por poco no tropieza con la planta que hay en mitad de la entrada.

—Buenas tardes. —Saluda sin llegar a mirarnos.

Inspiro con fuerza el aroma que desprende, no sabría decir con exactitud qué perfume utiliza, lo único que sé, es que huele de maravilla y no me importaría nada que se impregnara en mi piel debido al roce de nuestros cuerpos.

—¿Otra vez por aquí? Voy a pensar que te estás planteando aceptar la apuesta o hay alguien en este edificio que te interesa —inquiere Brig al verme llegar con dos cafés humeantes.

Es la quinta vez que me presento esta semana, desde la pasada y al saber que por las tardes ella está aquí, vengo a diario. Alargo un poco la mano sin llegar a entregarle el suyo: solo largo y con dos sobres de azúcar.

—Ni una cosa ni la otra, solo he venido a visitar al capullo de mi amigo e invitarlo a un café, pero si no lo quieres... —dejo la frase en el aire a la espera de que reaccione.

Alza una ceja inquisitiva, entiendo que le surjan dudas de qué hago de nuevo en uno de los edificios en los que su empresa se encarga de la vigilancia. A él no le queda más remedio, uno de sus empleados está enfermo y como siempre va tan justo de personal le toca cubrir su puesto.

—Trae aquí —dice, arrebatándomelo de las manos. Le da un sorbo—. Esto es desesperante.

Apoya la espalda en el respaldo de la silla y toma su café en silencio, pensativo.

Con disimulo miro hacia la puerta para cerciorarme de quién entra, es una mujer atractiva, aunque no es mi tipo, más bien el de mi amigo. Mi ilusión se va de nuevo al traste.

—Digo que... —comienzo a decir sin mucha convicción, lo que menos deseo es que descubra que detrás de mi supuesta ayuda hay intereses personales. Debo hacerle creer que lo hago porque somos amigos y comienzo a tenerle lástima—, si quieres puedo sustituirte dos tardes por semana, sé que tienes reuniones aplazadas.

Su rostro cambia de expresión, la desesperación da paso a la esperanza.

—¿Harías eso por mí?

Asiento, aunque evito decirle quién me impulsa a tomar la decisión.

—Los amigos estamos para eso.

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