Seguir
Capítulos
Compartir
Portada de la novela A Plena Luz

A Plena Luz

Alma Serrano ha consolidado a Seré como un referente en la moda, ignorando que la mayor amenaza contra su imperio está en su propio hogar. Su esposo Tomás, aparentemente abnegado, es en realidad Leonel Duarte, el estratega de Theia Corp. Aunque se infiltró para destruir a su rival, el espionaje derivó en un sentimiento genuino que ahora lo atormenta. Mientras Alma intenta identificar al enemigo que busca hundirla, ignora que comparte su vida con él.
Capítulos
Compartir

Capítulo 2

Los tacones de Alma resonaban con fuerza en el mármol del vestíbulo. A esas horas, la sede de Seré parecía un gigante dormido: oficinas vacías, luces tenues, y un eco que multiplicaba cada paso. Pero ella no necesitaba público para trabajar. Era su imperio, y no dormía nunca.

Con el abrigo aún puesto, cruzó directamente al área de seguridad.

-Quiero acceso a los perfiles de las cuentas que compraron nuestros dominios espejo esta semana -ordenó sin rodeos al jefe de TI-. Alguien está tratando de desviar nuestro tráfico web, y no fue un aficionado.

El hombre tragó saliva.

-Estamos rastreando IPs, pero están rebotando en servidores de Hong Kong y Suiza. La estructura... es compleja. Esto es trabajo de alguien con recursos. Alguien que conoce sus movimientos, señora Serrano.

Alma sintió un escalofrío.

-Sigan. Quiero respuestas, no excusas.

Mientras salía del edificio, su mente ya no estaba en los clones web. Estaba en esa nueva empresa, Theia Corp. Había algo en la forma en que irrumpían en el mercado. Demasiado estratégica, demasiado elegante, como si cada movimiento estuviera pensado... como los de ella.

Y entonces, sin quererlo, una idea absurda la atravesó.

¿Y si alguien cercano la estuviera traicionando?

Sacudió la cabeza. Paranoia. Otra vez ese maldito instinto de control.

Pero no pudo evitar pensar en Tomás.

Al día siguiente

Tomás estaba sentado en su oficina secreta, un apartamento minimalista en el piso 10 de un edificio anodino en el centro financiero. Nadie lo conocía ahí como Tomás Serrano. Ahí, era Leonel Duarte, fundador de Theia Corp, CEO silencioso, cerebro tras el ataque quirúrgico a las grandes marcas.

La pantalla frente a él mostraba un mapa de conexiones: diseñadores que antes trabajaban para Seré, ahora colaboraban como consultores externos para él. Influencers que abandonaban contratos con Alma por campañas más "auténticas" diseñadas por su equipo. Todo avanzaba como lo planeó.

Todo... menos su conciencia.

Había jurado no mezclar emociones con negocios. Pero Alma no era un negocio. No más.

Y aún así, cada clic que daba para ganar terreno era un paso hacia su ruina emocional.

Su asistente entró con una carpeta.

-La señora Serrano solicitó informes legales sobre nosotros. Ya activamos el protocolo de defensa. También... ha comenzado a rastrear los movimientos en bolsa. Si conecta las piezas, sabrá que la inversión principal viene de tu holding en Brasil.

Tomás apretó los dientes.

-Ocúltalo. Y aumenta la presión. Quiero que sus nuevos diseños fracasen antes de salir al mercado.

-¿Estás seguro, jefe?

Él no respondió. Solo miró la pantalla... donde una foto de Alma, tomada durante su último desfile en París, decoraba un encabezado de prensa.

"La reina de la moda sigue reinando."

Esa noche

La cena fue tensa.

Alma removía la pasta en su plato sin probarla. Tomás hablaba de trivialidades: una tienda nueva en el barrio, una receta que quería probar, una serie recomendada. Pero ella apenas respondía.

-¿Pasa algo? -preguntó finalmente.

Ella lo miró fijamente.

-¿Sabes algo sobre una empresa llamada Theia Corp?

Silencio. Un parpadeo demasiado largo de parte de él. Luego, la voz suave y calmada de siempre:

-¿Theia? ¿Una marca de ropa? Escuché algo... ¿Por qué?

-Están copiando nuestros patrones. Nuestros lanzamientos. Es como si supieran cada paso que doy antes de darlo.

Tomás alzó las cejas con gesto de sorpresa perfectamente ensayado.

-Tal vez tienes una espía interna. ¿Lo has considerado?

-Lo he considerado todo.

-¿Crees que alguien cercano a ti podría hacerte eso?

Ella lo miró.

Fijamente.

Demasiado tiempo.

-No lo sé. Pero si lo descubro... no voy a tener piedad.

Más tarde esa noche

Alma no podía dormir. Bajó a su estudio, donde conservaba bocetos, revistas, ideas a medio formar. En una de las repisas encontró un cuaderno viejo que usaba al inicio de su carrera. Lo abrió, nostálgica... y se detuvo.

Allí, en una página, estaba el dibujo de un logo que diseñó diez años atrás. Un símbolo de luz, con un trazo curvo como una "T" invertida... algo que nunca usó públicamente.

Y sin embargo, ese mismo símbolo era el que había visto hace horas en una de las fotos promocionales de Theia Corp. En la esquina, casi escondido.

El corazón le dio un vuelco.

Nadie conocía ese diseño.

Nadie... excepto Tomás.

También te puede gustar

Portada de la novela Traicionada por la Sangre, condenada a casarme con el CEO implacable
8.4
La existencia de Sarah Smith se quiebra tras una oscura noche en el Hotel Imperial. Entregada y sedada por sus propios parientes, acaba vinculada a Joaquín Benz, un influyente magnate financiero. Él, seguro de haber sido víctima de una trampa, la detesta y somete a un enlace forzado carente de amor. Entre juicios sociales y el desprecio de un marido decidido a destruirla, Sarah luchará por sobrevivir mientras el rencor mutuo muta en una atracción letal.
Portada de la novela Corazón Cautivo, Alma Libre
9.2
Tras huir a Cartagena, mi destino se truncó cuando mi prima Catalina me drogó, forzando un encuentro con el poderoso Alejandro De la Vega. Pese a su desprecio inmediato, mi tía y prima tejieron una red de infamias para tacharme de delincuente. Acusada de ser una oportunista, decidí canalizar mi dolor en el arte. Bajo el alias Brisas del Sinú, mi música se convertirá en el instrumento de justicia para limpiar mi nombre y alcanzar la libertad.
Portada de la novela El último deseo marciano del gemelo
8.0
Después de un lustro de desprecios como esposa del magnate Ricardo, mi farsa ha concluido. Aguanté su frialdad y sus infidelidades solo por Julián, su difunto gemelo, cuya voluntad final era que llevara sus cenizas a Marte. Al pedir el divorcio, Ricardo enloquece: me retiene contra mi voluntad, me secuestra en su jet y exige que tengamos hijos para atarme a él. Sin embargo, mi meta no es perdonarlo, sino huir definitivamente de su obsesión.
Portada de la novela El Uno para el Otro
9.4
Tras el rechazo de su gran amor, quien se comprometió con su rival, Essie busca consuelo en la bebida. La mañana siguiente despierta casada legalmente con un atractivo desconocido. Para evitar la humillación pública y proteger su orgullo herido, decide no anular el matrimonio. Lo que nació como un error de una noche de copas obliga a ambos a convivir, abriendo la posibilidad de que este vínculo accidental se convierta en un amor verdadero y profundo.
Portada de la novela Entre Cenizas: Un Nuevo Pacto
9.3
El futuro de la chef Sofía Romero se desmorona cuando Daniela Vargas, movida por la envidia, destruye su obra y le fractura la mano. Ante la traición de sus allegados y falsas acusaciones de robo, Sofía queda humillada y sin rumbo. En ese momento crítico aparece Ricardo Vargas, quien conoce los antiguos pactos familiares. Él la rescata de la ruina, ofreciéndole una alianza inesperada para protegerla y reconstruir su vida desde las cenizas.
Portada de la novela La Esposa Olvidada Vuelve
9.6
El aire espeso del salón de fiestas de lujo se convirtió en el grito ahogado de mi hija, Camila, luchando por respirar. Sus labios se tornaban azules, sus ojos, antes brillantes, ahora nublados por el pánico. Un trozo de pastel de almendras, obra maestra de Andrea Torres, la nueva pareja de mi esposo y la mujer que me había robado todo, yacía a medio comer. "¡Ayuda! ¡Mi hija no puede respirar!", imploré, mi voz rota por el terror. Pero Ricardo, mi esposo, el padre de Camila, no vio a su hija asfixiarse. Me vio a mí. "¡¿Qué le hiciste?!", espetó, su rostro marcado por una furia que solo yo conocía. En un acto de humillación pública que se grabaría en mi alma, me arrastró por el cabello y hundió mi cara en el vómito agrio de mi propia hija. "Límpialo. Ahora", ordenó, mientras la gente observaba, algunos horrorizados, nadie interviniendo. Mientras yo lamía el suelo, una ambulancia se llevaba a mi pequeña, y Ricardo me lanzó su última advertencia: "Si le pasa algo a mi hija, te juro que te destruyo. Todo esto es tu culpa". Los siguientes quince días fueron un infierno, noches de desvelo junto a la cama de Camila, mientras Ricardo y Andrea exhibían su "amor" en redes sociales, y yo me consumía con las etiquetas de "zorra negligente" y "mala madre". "Ricardo Vargas", dije con una calma fría que no sabía que poseía. "Ya no quiero ser tu esposa." No, no pedía permiso. Informaba. Pero él se negó, y su madre me siseó: "Eres una muerta de hambre que mi hijo recogió de la basura. Camila es una Vargas. Tú no eres nadie para llevártela". Me fui con mi hija a un pequeño departamento prestado, creyendo que había escapado. Pero entonces, Instagram me mostró la foto de Ricardo y Andrea en mi casa, formando su "familia", con Andrea etiquetándome para provocar: "@SofiaPerezOficial, espero que tú y Cami estén bien". Camila me preguntó con su vocecita inocente: "¿Papá ya no nos quiere?". En ese abrazo desesperado, la verdad me golpeó: Ricardo nunca nos había amado, solo fuimos un error en su vida perfecta. Por última vez, obedecí una de sus órdenes, asistiendo a la gala de Andrea. Allí, me enteré de la cruda verdad: mi matrimonio fue una trampa, un sacrificio para liberar a Andrea de un matrimonio forzado. Yo fui el chivo expiatorio en su farsa. Ricardo me entregó una carta de disculpa, exigiendo que la leyera en voz alta, para limpiar su nombre y el de Andrea. Pero la Sofía que había lamido el vómito y había sido humillada ya no existía. "Claro", dije con una sonrisa serena. "Lo haré". Con una calma aterradora, subí al escenario, lo hice firmar un documento sin leer, y leí cada palabra de esa humillante carta. Luego, con la espalda recta, bajé. Dejé a mi hija en su auto alquilado y nos dirigimos al aeropuerto. "Nos vamos lejos, mi amor", le susurré a Camila, "a un lugar donde nadie pueda volver a hacernos daño. A empezar de nuevo". El avión despegó. Mi guerra había terminado. Y yo, por primera vez, había ganado.