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Portada de la novela A orillas del Maguá

A orillas del Maguá

Fernando Betancourt rinde homenaje al folclore de Hato Mayor mediante veintidós relatos que rescatan la tradición oral dominicana. Esta obra explora leyendas ancestrales donde el bien prevalece sobre el mal, manteniendo un firme propósito pedagógico y moralizante. Al igual que los grandes mitos universales, cada capítulo utiliza el ejemplo para educar al lector, abordando temáticas variadas que celebran la identidad regional y la riqueza cultural de la zona.
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Capítulo 2

Eran aproximadamente las diez de la noche, los compadres Pedro y Ernesto regresaban de su conuco. Durante todo el camino ambos conversaban animadamente celebrando algunas de las cosas que habían hecho durante su juventud.

Los compadres reían a carcajadas una y otra vez, pero al llegar al viejo puente de madera dejaron la carretera y tomaron el camino que iba hacia el arroyo, por ese lado se le hacía más corto para llegar al poblado.

Ernesto era una persona atronada y montaraz, además le gustaba siempre averiguar lo que no debía; en cambio, Pedro no era dado a esos menesteres.

Al momento de atravesar el arroyo, Ernesto escuchó a un niño llorando y los lamentos de una mujer, entonces le dijo a su compadre: - ¿No está usted oyendo un niño y una mujer llorando desconsoladamente?-

- Sí compadre, los oigo, y vienen de allá de los árboles que están otro al otro lado de la palizada en el jabillal -.

-Vamos a ver Pedro-, le dijo Ernesto.

- No, mi sumercé, vámonos para nuestra casa, es muy tarde y demasiado oscuro-.

- Entonces, espéreme aquí un momento, le dijo Ernesto, que voy a ver qué pasa-.

- iNo vaya compadre!, eso puede ser peligroso-.

Pero él no hizo caso a lo que le dijo su compadre Pedro, y se fue. Mientras Ernesto se iba, su compadre se quedaba sentado sobre una piedra a orilla del arroyo, fumando su cachimbo. Con pasos rápidos, Ernesto avanzaba hacia aquel lugar tenebroso y tupido de grandes árboles y bejucos que era de donde salían los gritos. Entonces Ernesto atravesó la empalizada y mientras más se acercaba al jabillal más fuerte los oía, al llegar al viejo jabillo se detuvo y se puso a mirar por debajo de los árboles porque ya no oía los gritos, pero al fijar la vista debajo del jabillón vio una figura pequeña que se mecía en una hamaca y mientras Ernesto la miraba, aquella figura crecía más y más, luego se desvaneció, entonces fue cuando Ernesto comenzó a sudar, las piernas le temblaban, las rodillas se le flojaron, los ojos se le nublaron y estuvo a punto de desmayarse. No podía hablar, sólo tartamudeaba.

Después de ver nuevamente la figura, echó un grito de terror y salió huyendo desesperado, y con voz fuerte exclamaba: -¡He visto un demonio! iCorra compadre que me agarra!-, repitió varias veces. Pedro al oír a su compadre que le pedía ayuda, salió corriendo con su machete en la mano diciendo: Ya voy compadrito, al momento de pasar la empalizada, Ernesto quedó atrapado, y sintió que algo le estaba halando, y con gran temor gritaba: - iAuxilio! iAuxilio!-.

En ese momento fue cuando llegó su compadre, quien le dijo con voz pausada:

-¿Qué le ha pasado?-.

Mientras Ernesto gritaba: -¡suéltenme! iAy suéltenme!-. Pedro le dijo: -Aquí no hay nadie que le esté halando-,

- Sí me están halando, sálveme compadre-.

- Cálmese que le voy a zafar los alambres del pantalón-. Entonces Pedro lo ayudó a pasar la empalizada, le echó el brazo sobre sus hombros y le dijo, - vamos compadre, es muy tarde, y todavía nos queda un buen pedazo de camino para llegar al poblado-.

Ambos emprendieron nuevamente la marcha, y al llegar al poblado se encontraron con su amigo Agapito, a quien le contaron lo sucedido en el jabillal al lado del arroyo. Y éste le contestó diciéndole: Bueno amigos, hace muchos años cerca del arroyo pasó una tragedia, ¿Y qué fue lo que pasó?, preguntó Ernesto. Bueno, según mi abuelo, dizque unos soldados norteamericanos ahorcaron a un hombre porque andaba con los gavilleros, pero según él, no eran gavilleros, sino patriotas que luchaban contra los invasores extranjeros que invadieron la isla en 1916 hasta el 1924, además ellos quemaban sus ranchos con sus mujeres y niños recién nacidos adentro. Y desde entonces en ese sitio desde que oscurece se oyen esos gritos y ese apatusco que sale después de las diez de la noche. Ambos se despidieron y cada uno se fue a su casa pensando en lo que le había contado Agapito.

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