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Portada de la novela A orillas del Maguá

A orillas del Maguá

Fernando Betancourt rinde homenaje al folclore de Hato Mayor mediante veintidós relatos que rescatan la tradición oral dominicana. Esta obra explora leyendas ancestrales donde el bien prevalece sobre el mal, manteniendo un firme propósito pedagógico y moralizante. Al igual que los grandes mitos universales, cada capítulo utiliza el ejemplo para educar al lector, abordando temáticas variadas que celebran la identidad regional y la riqueza cultural de la zona.
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Capítulo 3

Vivían en un pequeño poblado varias familias. Unas acomodadas y otras muy pobres; pero había una que vivía en estado de profunda miseria, mientras que otra era bastante rica. Doña Juana, quien había quedado viuda hacía un corto tiempo, tenía un hijo, y era conocida en el poblado como la adinerada y la orgullosa, por la poca amabilidad con que trataba a los demás.

Vestía con un lujoso traje azul cielo y sobre su cabellera una diadema con hermosas piedras de diamantes, Doña Juana era esbelta, de color claro, sus ojos grandes y azules, era hermosa en apariencia, y vivía en una lujosa mansión. José, el limpia patios era humilde, tenía su esposa y cuatro hijos. Su esposa Josefa era conocida por todos como la lavandera. Y a él lo apodaban "El Limpia patios", porque su oficio era limpiar patios para ganar el sustento de su familia.

José era delgado y bajo de estatura, sus pómulos salientes, su mirada se perdía en lontananza. Vestía ropas remendadas, sus calzados eran unas chancletas de goma, en su cintura colgaba su viejo machete y en el hombro derecho llevaba su azada.

El mayor de los cuatro hijos era Daniel, tenía trece años de edad, y a pesar de ir todos los días a la escuela se dedicaba a limpiar zapatos y de esa manera ayudar a su mamá, aunque todos los sábados salía con su papá en busca de algún trabajito.

Un sábado muy temprano salieron José y su hijo en busca del sustento, y al pasar por la casa de Doña Juana, la doméstica le llamó por el portón del patio, iOiga amigo! Entre, que la Doña quiere que le limpie el patio. En eso llegó la señora y le dijo: Eso sí, bien limpio. José con palabras sencillas le contestó, Sí señora.

En la pequeña casita construida con tablas de palma, techo de yagua y piso de tierra, vivía José con su muje y sus hijos. Josefa su mujer estaba en espera de su marido para comprar alimentos y dar de comer a la familia.

Mientras en la casa de doña Juana, José avanzaba el trabajo, el candente sol y el calor del fuego no sólo quemaban el cuerpo de José, sino también aquel cuerpecito delgaducho de su hijo, quien ayudaba al padre en la recogida de basura para luego quemarla.

Al caer la tarde, José llamó a la señora ¡Doña Juana!, ya terminé el trabajo, venga para que vea como está el patio, luego recogió los implementos de trabajo y los envolvió en un pequeño saco para evitar que su hijo Daniel fuera a herirse. La doña, como la llamaban todos en el poblado, le dijo: Vuelva el lunes, hoy no tengo dinero en la casa y el banco está cerrado, José contestó, señora, mi mujer y mis hijos están esperándome para poder comer, yo no puedo esperar hasta el lunes, ni siquiera esperar a mañana. La sorpresa fue grande, José no sabía qué hacer en ese momento, su cabeza quedó en blanco, la inclinó unos minutos, luego volvió a decirle a aquella orgullosa mujer: Ya casi es de noche señora, no puedo esperar. - Bueno, vuelva el lunes le digo, y salga que voy a cerrar el portón. José, con lágrimas en los ojos y con voz entrecortada le dijo a su hijo: Vamos a casa.

Daniel le preguntó a su padre, papaíto, ¿comeremos arroz hoy? Hijo, ella no me pagó los cheles del trabajo, contestó su padre. Vamos, Dios proveerá. Padre e hijo emprendieron el camino al hogar, el silencio hacía más triste aquella caminata, al pensar que sus manos iban vacías y que su familia le esperaba para poder comer.

Al acercarse José a la casa, los niños al ver a su padre llegar, daban gritos de alegría; ¡papaíto, papaíto!, gritaban, mientras el menor de los cuatro le decía: taita, ¿me trajiste pan? José sin poder aguantar el llanto contestó, no hijito mío no me pagaron el dinero del trabajo. Hay muchos ricos que no tienen misericordia de los pobres, y esos no dejan que yo te traiga pan, pero Dios nos lo dará, entremos a la casa; y abrazando a mujer cargó a su pequeñín.

José tomó el pequeño banco, que era lo único que había en la casa en donde se podía sentar. Luego, Josefa tomó unas bandas de saco y las tendió sobre el suelo que estaba muy frío, y acostó a los niños.

Josefa, mujer de carácter dócil y madre abnegada, y muy buena esposa, estaba vestida de fuerte azul, sus cabellos eran cortos y muy negros, ojos marrones, caminaba descalza. Daniel se sentó a los pies de su padre, y le dijo, papaíto, no te preocupes, que voy a seguir estudiando para ser un buen profesional y comprarles una casa grande y bonita, y no les hará falta nada. El padre le contestó, lo sé, hijo mío, que serán buenos profesionales.

Mientras los niños se dormían, José miraba a su alrededor con mirada lóbrega. Después de un largo diálogo entre padre e hijo, Daniel se acostó al lado de sus hermanitos que dormían. "Toc, toc, toc", Josefa le dijo a su marido iTocan la puerta José! José se levantó de su banco y abrió la puerta.

¡Buenas noches, señor! dijo un anciano, encorvado por el peso de los años, vestía con un pantalón de color verde y una camisa blanca y en su mano soportaba un bastón con puño de bronce, calzaba unas sandalias con hebillas doradas y un saco que cargaba en sus espaldas. Tenía el cabello largo y gris, y su cabeza estaba cubierta con un sombrero de cana, era alto y delgado, en su cara se reflejaba la alegría y el amor hacia los demás. Señor, ¿podría dejarme pasar la noche en su humilde casa? Voy a un largo viaje, y estoy cansado y hambriento, le dijo el anciano, José le contestó, posada podemos darle, pero comida no tenemos, ¡entre señor!, el anciano entró y se sentó en un rincón de la casa. Colocó su saco y su bastón a su lado, minutos después llamó a Josefa y le entregó una funda, señora, ahí hay arroz, dos arenques y un poco de manteca para que usted cocine y podamos comer.

Josefa tomó la funda y se dirigió a la cocina donde se puso a preparar los alimentos. Mientras José y el anciano conversaban, él le contaba lo que le había sucedido ese día en la casa de una señora rica del poblado, entonces el anciano le dijo: A personas como ustedes, Dios nunca las olvida.

Luego despertaron a los niños, sirvieron los alimentos y le dieron gracias a Dios por las bendiciones, y a la vez pidieron a Dios que tuviera misericordia de aquella señora que lo había agraviado.

Pasó la noche, y al otro día el anciano se marchó muy temprano, al paso de los años Daniel, se graduaba de ingeniero.

Éste, cumplió a sus padres la promesa que le había hecho en su infancia.

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