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Portada de la novela A algunas personas les gusta el drama

A algunas personas les gusta el drama

Tras fallecer por culpa de Isabela, su negligente esposa, un hombre contempla desde el plano espectral el calvario de su hijo Leo. Junto a su amante Ricardo, la mujer permite abusos atroces que culminan con la mutilación del cuerpo del difunto y el lanzamiento del niño al río. Aunque Leo perece tras un breve rescate, sus espíritus logran reencontrarse. Mientras tanto, Isabela se desmorona en la locura justo cuando su juicio legal comienza a acecharla.
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Capítulo 2

Mi alma flotaba, ligera e inútil, sobre el suelo de nuestra casa.

Abajo, mi cuerpo yacía inmóvil.

Leo, mi pequeño de siete años, sacudía con desesperación el brazo de su madre.

"¡Mamá, despierta! ¡Papá no se mueve!"

Isabela se apartó con fastidio, su rostro ya maquillado para la gala benéfica a la que asistiría con Ricardo Álvarez.

Ella siempre había sido hermosa, pero ahora su belleza era fría, distante.

Isabela lo miró con dureza, sus palabras como astillas de hielo.

"Tu padre siempre con sus dramas para llamar la atención. ¡Ya madurará!"

Ricardo le había llenado la cabeza, convenciéndola de que mis crisis cardíacas eran una farsa, una manipulación para alejarla de él.

Una mentira cruel que ella había abrazado con fervor.

Leo, con lágrimas corriendo por sus mejillas, intentó detenerla cuando ella se dirigía a la puerta.

Tiró de su vestido caro.

"¡Mamá, por favor! ¡Papá está frío!"

Isabela se soltó bruscamente.

Leo perdió el equilibrio en el pequeño escalón del porche y cayó.

Un gemido de dolor escapó de sus labios.

Isabela ni siquiera se giró.

"Si sigues mintiendo como tu padre, te enviaré a un internado. Aprende a comportarte."

Amenazó, su voz desprovista de cualquier calidez, antes de subir al auto donde Ricardo la esperaba con una sonrisa satisfecha.

Vi cómo se alejaban, dejando a mi hijo herido y solo.

Un dolor agudo, más intenso que cualquier infarto, atravesó mi esencia etérea.

Quería gritar, abrazar a mi hijo, pero era solo un espectador impotente.

Mi corazón, o lo que quedaba de él, se encogió.

El arrepentimiento me consumía.

Debí haber luchado más, haberle hecho ver la verdad sobre Ricardo antes.

Ahora era demasiado tarde para mí, y temía que también lo fuera para Leo.

Mi mente retrocedió, reviviendo la pesadilla de días atrás.

Un dolor punzante en el pecho, la falta de aire.

Mi medicación, la que Isabela conocía tan bien, la que necesitaba para vivir.

Ella la había retenido.

"Ricardo se siente mal, Mateo. No es momento para tus celos y tus exageraciones," me había dicho, mientras Ricardo fingía un ligero mareo.

Ella priorizó un supuesto malestar de él sobre mi crisis real.

Retrasó la llamada a la ambulancia.

Me acusó de sabotear un evento importante para Ricardo.

Y así, morí.

Por la negligencia de mi esposa, cegada por un manipulador.

Ella, llena de una culpa que se negaba a admitir, se aferró a la narrativa de Ricardo: Mateo era un mentiroso, un actor.

Leo se levantó con dificultad, cojeando visiblemente.

Sus pequeños hombros temblaban, pero no por el frío de la mañana.

Entró a la casa, sus ojos buscando desesperadamente una solución.

Intentó llamar a emergencias desde el teléfono fijo, pero sus deditos no alcanzaban bien los números o el pánico le nublaba la memoria.

Buscó mi celular, lo encontró sobre la mesita de noche.

La pantalla permaneció oscura. Sin batería.

Su rostro se contrajo en una mueca de pura desesperación.

Lo seguí, una sombra impotente, mientras mi valiente hijo, mi pequeño Leo, decidía no rendirse.

A pesar de su pierna lastimada, a pesar del terror que debía sentir, salió de la casa.

Comenzó a caminar.

Hacia el centro, hacia "Reyes Construcciones", la empresa de su madre.

Cada paso que daba era una tortura para mí.

Veía su esfuerzo, su dolor, su hambre creciente.

Y yo no podía hacer nada más que observar.

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