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Portada de la novela A algunas personas les gusta el drama

A algunas personas les gusta el drama

Tras fallecer por culpa de Isabela, su negligente esposa, un hombre contempla desde el plano espectral el calvario de su hijo Leo. Junto a su amante Ricardo, la mujer permite abusos atroces que culminan con la mutilación del cuerpo del difunto y el lanzamiento del niño al río. Aunque Leo perece tras un breve rescate, sus espíritus logran reencontrarse. Mientras tanto, Isabela se desmorona en la locura justo cuando su juicio legal comienza a acecharla.
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Capítulo 3

Fueron horas de un viaje penoso.

Leo cayó varias veces, raspándose las rodillas y las manos.

El sol comenzaba a calentar, y el sudor perlaba su frente.

Finalmente, exhausto y sucio, llegó al imponente edificio de "Reyes Construcciones".

Justo en ese momento, Isabela salía, riendo con Ricardo.

La imagen era una burla cruel a la tragedia que se desarrollaba.

Leo corrió hacia ella, aferrándose a sus piernas con la poca fuerza que le quedaba.

"¡Mamá! ¡Papá...!"

Ricardo fue el primero en reaccionar, su voz destilando una falsa preocupación que me revolvió el estómago.

"Leo, ¿qué te pasó? ¿Mateo te dejó salir solo así? ¡Qué irresponsable!"

Sus palabras, como siempre, dirigidas a envenenar la mente de Isabela.

Isabela apartó a Leo con un gesto de impaciencia.

La suciedad en la ropa de Leo pareció ofenderla.

"Mateo siempre usándote para sus artimañas. ¿No se cansa?"

Su voz era fría, despectiva.

No había ni una pizca de preocupación maternal en ella.

Mi alma intentó gritar, advertirle, pero mis lamentos eran inaudibles para los vivos.

Floté más cerca, sintiendo la desesperación de Leo como propia.

Él solo quería a su madre, solo quería salvar a su padre.

Y ella solo veía un estorbo, una extensión de mis supuestas manipulaciones.

Ricardo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, se inclinó hacia Isabela.

"Seguro Mateo lo envió para arruinarte esa reunión tan importante que tenías, mi amor. Quiere hacerte quedar mal."

La semilla de la duda, siempre fértil en la mente de Isabela cuando se trataba de mí.

La ira encendió sus ojos.

Empujó a Leo con más fuerza.

"¡Eres igual que tu padre!"

Leo cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra el pavimento.

Ricardo, en un acto de cinismo supremo, fingió tropezar con el niño caído.

Cayó aparatosamente, quejándose de un dolor inexistente en el tobillo.

"¡Ay, este niño! ¡Casi me rompe la pierna! ¡Qué torpe!"

Culpó a Leo, por supuesto.

Isabela se arrodilló rápidamente al lado de Ricardo, su preocupación toda para él.

"¿Estás bien, Ricardo? ¡Ese niño es un peligro!"

Luego, se giró hacia Leo, que lloraba en silencio, sujetándose la cabeza.

Ordenó a los guardias de seguridad, con una voz implacable:

"Llévense a este mocoso. Que espere arrodillado en el patio hasta que aprenda a no mentir y a respetar. ¡Y que nadie le dé agua!"

Leo, a pesar del dolor en su cabeza y su pierna, a pesar de la humillación, levantó la mirada hacia su madre.

"Mamá, papá está muy mal. Tienes que creerme."

Su vocecita era apenas un susurro, pero cargada de una verdad desesperada.

Isabela no lo escuchó, o no quiso escuchar.

Ricardo, mientras Isabela lo ayudaba a levantarse, le susurró algo al oído.

Luego, sacó su teléfono y le mostró unas fotos.

Eran de la feria de diseño, yo con Sofía Herrera, una colega.

Un encuentro casual, profesional.

Pero las fotos, tomadas desde ángulos estudiados, manipuladas por Ricardo, contaban otra historia.

Una historia de infidelidad, de traición.

"Mira, Isabela. Mateo planeaba dejarte, quitarte parte de tu fortuna. Por eso finge estar enfermo, para darte lástima mientras te roba."

La voz de Ricardo era suave, persuasiva, letal.

La furia de Isabela alcanzó nuevas cotas.

La "traición" de su esposo, el "uso" de su hijo.

Era demasiado para su orgullo.

"¡Llévenselo!", gritó a uno de los guardaespaldas, un hombre que yo sabía que era leal a Ricardo.

"Llévenlo a casa y enciérrenlo en su cuarto. ¡Que no vuelva a molestarme con sus mentiras!"

Su voz resonó en el patio, fría y definitiva.

Se fue con Ricardo, sin una mirada atrás para nuestro hijo, que era arrastrado por el guardia.

Mi alma se desgarró un poco más.

Ella había deseado mi muerte, aunque fuera en un arrebato de ira.

Y ahora, abandonaba a nuestro hijo a su suerte.

Leo, pequeño y frágil, fue obligado a arrodillarse bajo el sol abrasador del patio.

Los empleados pasaban, algunos con miradas de lástima disimulada, otros con indiferencia.

Nadie intervino.

El poder de Isabela Reyes era absoluto en su empresa.

Intenté consolar a Leo, susurrarle que no estaba solo, pero mis palabras se perdían en el aire.

El guardaespaldas, siguiendo las nuevas órdenes, llevó a Leo de vuelta a nuestra casa.

Lo arrastró escaleras arriba y lo encerró en su habitación.

Sin comida, sin agua, sin atención a sus heridas.

Solo.

O casi solo. Porque yo estaba allí, una presencia invisible y torturada.

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