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Portada de la novela 365 Días Con Ella

365 Días Con Ella

Antonella vive atrapada en la insatisfacción de un matrimonio fracturado. Lo que ignora es que Leonardo, su cuñado, la desea con una intensidad peligrosa desde hace tiempo. Mediante hábiles manipulaciones en los negocios de la familia, él logra acorralarla para consumar su obsesión. Atrapada en este juego de poder, ella descubre una pasión prohibida que le devuelve la vitalidad perdida. ¿Podrá liberarse de esta red de traición o caerá ante el pecado?
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Capítulo 2

— No, tienes que estar bromeando, Francisco no puede estar haciéndome esto... — dice ella sin poder creer lo que sus ojos veían en ese instante.

— ¿Ahora me crees? — Le pregunta Leonardo mientras se guarda su celular en el bolsillo. —

Antonella no quería decir nada más, ella solo quería tener un momento a solas para poder sentarse a llorar y desahogar aquel terrible dolor que estaba sintiendo, 4 años de noviazgo y 8 años de matrimonio tirados a la basura, y lo que más le dolía era que cuando hacían el amor, ella nunca sintió que Francisco se esmerara tanto por hacérselo con demasiadas ganas como lo estaba haciendo con su secretaria en el vídeo.

— Sé que quieres estar sola, no te preocupes, llegaremos al hotel, te dejaré instalada en tu habitación, y podrás estar sola mientras que son las 8:00 de la noche para que cenemos juntos, eso sí, no saldremos del hotel hasta que no hayas recibido un cambio de look para que podamos salir a las calles y que nadie te reconozca, porque de seguro que mi hermano estará listo para iniciar tu búsqueda cuando se dé cuenta de que has sido secuestrada.

El avión aterriza, y parquea en su debido lugar mientras que Leonardo sigue en la misma posición, de pie frente a su amada, pero con el cuerpo recostado sobre la pared. Ambos se quedan en silencio, mirándose el uno al otro; él mirándola con deseo, ella mirándola con resentimiento porque se ha puesto a pensar en sí realmente él ha sido el culpable de todo esto porque siempre había tratado de arruinar su matrimonio para quedarse con ella a como diera lugar.

— Tú lo inventaste todo, le pagaste a ella una buena cantidad de dinero a cambio de que ella consiguiera hacer que Francisco quisiera cogérsela — dice ella molesta.

— No, yo no le pague a nadie cariño, las cosas se dieron de forma natural, él se dejó deducir por su secretaria, hasta que lo consiguió, y ahora, bueno, cada que pueden hacen el amor en su oficina — dice Leonardo, la última frase estaba provocando que quisiera vomitar.

— Ya, cállate, no repitas más...

Una pequeña lágrima comenzó a caer por la mejilla de Antonella, Leonardo la vio, se acercó, y con su pulgar se la limpió de la manera más delicada que ella nunca hubiera visto que él tuviera en situaciones así. Por un par de segundos, se quedaron mirando a los ojos, esta vez, Antonella le miró con otra mirada que él pudo comprender, era deseo, aunque hasta no confirmarlo, no se haría ilusiones de que podría darse el lujo de tener una noche de sexo placentero con la esposa de su hermano odiado.

Primero tenía que hacer algo para confirmar lo que sospechaba.

Leonardo acarició la mejilla de la mujer, luego, dejó que sus dedos bajaran hasta sus labios, los acaricio con su pulgar, ella abrió la boca, él sonrío, y luego, siguió bajando su mano hasta uno de sus senos, alcanzó a sentir su pezón por encima de su blusa, y vaya sorpresa, Antonella no usaba brasier.

— ¿Por qué no llevas puesto un brasier? — pregunta Leonardo con curiosidad comenzó a masajear un poco su seno y con suavidad.

— Porqué nunca me ha gustado usarlos, son muy incómodos — dice ella entre suaves gemidos, no quería que la azafata le escuchara.

— No sabes cómo me excita saber eso... — dice él, y esta vez, ha comenzado a darle pequeños pellizcos al pezón.

Antonella sentía que se iba a retorcer de placer en aquella silla, no podía moverse, ni abrir las piernas para tocarse porque aún seguía amarrada en sus pies y en sus manos. Leonardo la miraba, miraba como ella quería gemir a gritos, y él sentía que su pequeño bulto del pantalón iba a explotar si non hacía algo ya. Sin embargo, prefirió seguir excitándose, aún tenían un momento a solas antes de que la azafata se acercara de nuevo a ellos a avisarles que ya estaba su auto esperándolos para llevarlos al hotel como él había pedido.

Leonardo ha dejado de acariciar el pezón de Antonella, ella ha gemido disgustada, pues había sido un masaje tan delicioso para ella que no quería que este parara, y entonces, Leonardo siguió bajando su mano por su abdomen, y llegó hasta el borde de su pantalón, Antonella miraba con atención, ella sabía que era lo que él estaba a punto de hacer, y cómo no se quejó, ni protestó, o algo parecido, Leonardo entendió aquello como un permiso para hacerlo, y lo hizo.

Leonardo desabrochó su botón, bajó el cierre, y pudo ver entonces, una tanga negra, primero volteó a mirar a su alrededor para asegurarse de que no había nadie allí, y al confirmar que estaban solos, se agachó de rodillas frente a ella, le ayudó a bajar un poco su pantalón hasta sus tobillos, luego, hizo lo mismo con su tanga, y sonrío cuando vio aquella hermosa y sensual vista que tenía frente a sus ojos.

Antonella estaba mojada, quería pedirles a gritos que lo hiciera, pues hace mucho que no recibía un placer tan excitante como aquel.

— Hazlo ya — le digo como si fuera una orden mientras jadeaba.

Leonardo le miró, aquella palabra hizo que su piel se erizara, no podía creerlo, la chica de sus sueños le exigía que la tocara.

Leonardo le obedeció, y con su dedo pulgar comenzó a acariciarla, ¡Diablos! Estaba demasiado mojada, y necesitaba ayuda pronto.

Antonella cerró los ojos, y gimió mientras era acariciada, Leonardo no dudó en pensar que hubiera hecho ella donde no estuviera amarrada, pero el hecho de tenerla amarrada era demasiado excitante para los dos, él siguió tocando hasta que su dedo quedó completamente húmedo, y entonces, decidió comenzar a penetrarla con el mismo. Mientras la penetraba, ella no paraba de gemir, y su otra mano, la llevó hasta su seno para agarrarlo al mismo tiempo que seguía con su tarea.

Pero entonces, la azafata se apareció para avisarles que el chofer les esperaba.

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