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Portada de la novela 365 Días Con Ella

365 Días Con Ella

Antonella vive atrapada en la insatisfacción de un matrimonio fracturado. Lo que ignora es que Leonardo, su cuñado, la desea con una intensidad peligrosa desde hace tiempo. Mediante hábiles manipulaciones en los negocios de la familia, él logra acorralarla para consumar su obsesión. Atrapada en este juego de poder, ella descubre una pasión prohibida que le devuelve la vitalidad perdida. ¿Podrá liberarse de esta red de traición o caerá ante el pecado?
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Capítulo 3

Ella había salido de su cabina, y cómo había estado tan ocupada llamando desde su celular al chofer que los recogería, no se había enterado de nada de lo que pasaba en el pasillo del avión, pero entonces, en lugar de salir huyendo, decidió unirse a ellos porque escuchar los gemidos de Antonella provocaron que la azafata se excitara también y estuviera necesitada de placer.

Leonardo la vio, y le pidió con señas en su mano que se acercara a ellos. Estaba tan excitado que no iba a desaprovechar aquella oportunidad que la vida le daba de tener sexo con dos mujeres; era el sueño de todo hombre.

La azafata no lo dudó, y entonces, se acercó a ellos con toda la confianza del mundo, Antonella seguía disfrutando de la penetración que los dedos de su excuñado le daban, era el mejor placer que había podido sentir en toda su vida, ni siquiera en sus noches de sexo con Francisco había vivido algo similar, y aquello, por más extraño que pareciera, le estaba gustando demasiado.

Ella no se sorprendió cuando la azafata se acercó a ellos en medio de su acto, pues sabía para que lo había hecho. La mujer se acerco a Antonella, y de inmediato, sus labios se juntaron en un tierno y sensual beso.

Aquel fue el primer beso de Antonella con una mujer, ella ocultaba un secreto, siempre había deseado estar con una en la cama, y parece que ahora se le estaba haciendo realidad.

Con aquel beso, ella sintió que se iba a venir, sin embargo, se aguantó porque la acción apenas comenzaba.

Después de que ambas chicas se besaron por un rato, la azafata fue quién decidió terminar con el beso, acababa de recordar que el chofer que iba a llevarlos a ellos al hotel, estaba afuera del avión esperándoles, llevaba prisa porque tenía más clientes que recoger en el resto del día.

— Lo siento por interrumpir, pero realmente es necesario que vayan con el chofer, está esperándolos, y tiene prisa por irse a recoger a más clientes — dice ella.

Leonardo deja de penetrar a su amada con sus dedos, y se los lleva a la boca para lamerlos como si fueran un delicioso helado. La azafata se le queda viendo, y se muerde el labio, Leonardo le ve, le sonríe, y se acerca a ella para plantarle un sensual y corto beso con lengua.

— Un recuerdo para ti, para que sigas trabajando para mí como mi azafata en mi avión privado — dice al separarse y le guiña el ojo.

Ella se relame los labios.

— Fue un gusto trabajar para usted en esta ocasión — dice ella y se retira.

Leonardo mira a Antonella, le desata las manos y las piernas, ella se estira, y sin quererlo se abre más de piernas, Leonardo aprovecha el momento, vuelve a agacharse, y le deja un pequeño beso en su zona íntima que está más mojada que nunca. Antonella siente que se retuerce, quiere más, pero ya tenían que bajarse del avión.

Después de ese beso, ella se pone de pie, y se acomoda de nuevo la ropa cómo estaba antes.

— ¿A dónde hemos llegado? — pregunta ella con curiosidad, queriendo olvidarse de sus problemas matrimoniales de una buena vez.

— A Milán, he venido a hacer unos negocios, y quería que me acompañarás — responde él.

— ¿Y por qué no me lo pediste primero antes de secuestrarme?

Ella le mira fijamente, con tranquilidad, como si el tema del secuestro fuera ya un tema olvidado entre los dos, o fuera un tema pasajero que ella tomaría como gracioso, un tema que entre un par de amigos al hablarlo se iban a burlar de él cada que tuvieran oportunidad de hacerlo.

— Lo siento, pero como hemos tenido tan mala relación desde que eras solo la novia de mi hermano, tuve que secuestrarte — responde Leonardo con sinceridad.

— Si, lo lamento, mejor, te propongo algo…

— ¿Qué cosa?

— Si vamos a estar aquí, y pasar tiempo juntos, te pido que al menos tratemos de llevarnos bien, no insultos, no malos tratos, no peleas, vamos a ser amigos, ¿De acuerdo?

Leonardo se queda mirando a Antonella, ser amigos no estaba mal para él, pero él soñaba con ser algo más que amigos.

— Está bien, podemos intentarlo — responde él y le sonríe.

Antonella ahora sonríe, y Leonardo se siente feliz de que lo hiciera, pues para él aquella sonrisa era la representación clara de que su mujer, quién no sabía que era su mujer, estaba mucho más tranquila por lo sucedido antes de la escena erótica entre ellos, parecía que ya no quería llorar más, que ella iba a aprovechar de ese viaje con él a Milán para olvidarse de todo lo malo que alguna vez vivió en su matrimonio con Francisco, además de que se olvidaría de su traición.

— Bien, vámonos antes de que se enoje más nuestro chofer, muero por ir a darme un baño en el hotel — dice Antonella.

Leonardo solamente asiente con la cabeza y le hace caso a Antonella como si ella ahora fuera la que mandara entre los dos. A él no le molestaba en absoluto que ella le diera órdenes, pues ella era la única persona en su vida que lo podía hacer, nadie más podía, y por tanto, él por cumplir una orden de su parte, sería hasta capaz de caer rendido de rodillas ante sus pies sin importarle que aquello se pudiera ver como una completa humillación.

Bajaron del avión, él cómo todo un caballero dejó que Antonella caminara primero que él, dejó que ella caminara yendo adelante suyo tal como si fuera su guía. Lo hizo únicamente por tener la posibilidad de mirarle su cuerpo desde atrás, a él le fascinaba que una mujer estuviera muy bien dotada tanto de cadera como de pierna y de trasero, más no le gustaba que llegara al punto de verse pasadita de peso.

Desde el primer momento que Leonardo conoció a Antonella, le gustó mucho su forma de caminar, ella caminaba como si fuese una modelo de pasarela profesional, se movía con delicadeza, con elegancia, y firmeza, tanto así que Leonardo no dudó un segundo en pensar en lo sexy que se vería ella moviéndose de arriba hacía abajo, o de atrás hacía adelante sentada encima de su cadera, mientras que ella gemía de placer, y el disfrutaba de sus gemidos y de su hermoso y deseable cuerpo.

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