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Portada de la novela Zona Restringida

Zona Restringida

Tras una celebración vecinal, Valeria cae en una red de deseo y peligro. Su corazón se divide entre Iván, un insistente oficial de policía, y el enigmático Elías M. Un beso furtivo de Elías desata en ella una fijación que la empuja a ignorar la razón. Con el fin de hallarlo de nuevo, Valeria opta por manipular a Iván, adentrándose en un terreno arriesgado. Es una crónica de pasiones prohibidas y secretos oscuros que acechan bajo la autoridad del uniforme.
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Capítulo 1

La música estallaba en la plaza central, envuelta en luces de neón, cuerpos brillantes por el sudor y una energía eléctrica que parecía suspender el aire. Era una fiesta comunitaria, organizada por el municipio, con carpas de comida, barras improvisadas y una zona VIP para los invitados de siempre.

Valeria no esperaba quedarse tanto tiempo. Había ido por compromiso, con unas amigas, pero el ambiente vibrante terminó atrapándola. Su vestido corto de satén rojo se pegaba a su piel, y el calor de la noche -sumado a un par de tragos- la tenía algo más desinhibida que de costumbre.

Y entonces los vio.

Dos policías patrullaban el perímetro del evento, atentos pero relajados. El más joven tenía sonrisa fácil, mirada pícara y un descaro encantador. El otro... bueno, el otro era otra cosa.

Era más alto, de cuerpo sólido y mirada seria. No sonreía. No hablaba. Pero su sola presencia imponía. Tenía ese aire de autoridad que no necesitaba palabras para hacerse sentir. Y el uniforme parecía estar hecho a su medida.

-¿Te estás babeando? -le susurró una amiga al oído, entre risas.

Valeria se giró rápido, avergonzada, pero ya era tarde. El joven policía, el de la sonrisa pícara, se les acercaba.

-¿Se divierten? -preguntó con un guiño descarado.

Hablaron un rato. Él se llamaba Iván. Tenía 27 años y una labia que competía con el ritmo del reguetón de fondo. Antes de irse, se acercó un poco más a Valeria.

-Dame tu número -dijo, bajito-. Cuando termine mi guardia, quiero verte. A solas.

Y ella se lo dio. Tal vez por la adrenalina, tal vez por el alcohol, o tal vez porque el otro policía, el más callado, el que no le habló ni una vez, aún rondaba su mente como un tatuaje mental.

Pasadas las dos de la mañana, Valeria fue al punto de encuentro. Un lugar oscuro, alejado del bullicio, detrás de una cancha deportiva. Iván la esperaba, recostado en su moto patrullera, sin el chaleco antibalas, con una sonrisa traviesa.

-Pensé que no vendrías -le dijo, antes de acercarse y besarla. Fue un beso lento, juguetón, con las manos acariciando su cintura y la promesa de más. Ella se dejó llevar, cerrando los ojos.

Y de pronto, lo sintió.

Otra presencia.

Una sombra emergió de la oscuridad como una aparición. Era él. El otro. El policía silencioso.

Su paso era firme, seguro, y sus ojos no se apartaban de los de Valeria. No dijo ni una palabra. Solo se acercó... y la miró. Como si supiera lo que hacía. Como si supiera que ella no podía resistirse.

Y no pudo.

Antes de que pudiera racionalizar lo que estaba pasando, Iván se separó, confundido por la interrupción, y ella ya estaba girando el rostro hacia el otro hombre. El corazón le golpeaba el pecho con una fuerza brutal. No había lógica. No había explicación.

Solo hubo un beso.

Explosivo. Apresurado. Dominante.

Los labios del policía silencioso la atraparon sin pedir permiso, y su cuerpo la sostuvo con fuerza mientras la empujaba contra la pared. La besó como si no tuviera intención de detenerse nunca, como si hubiera esperado toda la noche ese momento, y Valeria -que no sabía ni su nombre- sintió que se le doblaban las piernas.

Las sensaciones la inundaron: el roce de su uniforme contra su piel era un delirio. La mezcla de texturas, el peso de ese chaleco contra su pecho, la tela áspera de la camisa empapada en el calor de la noche, le revolvía los sentidos. Sentía cada punto de contacto como si su piel respondiera con electricidad, ardiendo donde él la rozaba.

Las manos grandes y firmes de él no le dejaban espacio para retroceder. No le permitían negarse a nada. Sujetaban su cintura con una certeza brutal, como si supiera que ella no se iba a escapar. Y no iba a hacerlo.

Sus piernas gruesas, firmes, definidas por años de patrullas y entrenamiento, marcaban los límites entre los que ella quedaba atrapada. Intentó dar un paso atrás, pero fue inútil. Él no lo permitió. Y ella... ella tampoco quería que lo hiciera. No podía evitar complacerlo. Había algo salvajemente adictivo en cederle el control.

Iván los miraba, inmóvil. No dijo nada.

Y ella, atrapada entre el vértigo y el deseo, supo en ese instante que algo había comenzado. Algo fuera de control. Algo que no iba a poder manejar... y que, muy en el fondo, no quería detener.

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