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Portada de la novela Zacharias El Vampiro

Zacharias El Vampiro

Zacharias, un vampiro marcado por la amargura y el rencor, descubre de pronto una debilidad inédita que amenaza a los suyos. Decidido a utilizar este hallazgo para su beneficio, se sumerge en una investigación obsesiva que lo llevará por senderos imprevistos. Entre sombras y misterios, su fría búsqueda de poder se transforma en un viaje de revelaciones profundas, donde el amor emerge como la única fuerza capaz de redimir su oscuro corazón.
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Capítulo 3

Siseando como un león acorralé al moreno alto y luego de enterrarle un puño entre las costillas, salté por sobre su cabeza para aterrizar en su espalda. Mientras le quebraba el cuello, enterré mis dientes y succioné con fuerza.

Un grito ahogado escapó del que aún estaba consciente, pero no le di tiempo de huir. Rápidamente salté sobre él y lo llevé al final de sus patéticos días. No me tomó más de diez minutos dejarlos secos y tirados en el suelo. Supuse que por el hecho de haberme alimentado recién era que sentía que había recuperado el total control sobre mi cuerpo pero después de tirar los cuerpos al tacho de la basura, comencé a sentir que me debilitaba otra vez.

Miré a todos lados buscando la peligrosa fuente de «sedante» mientras que a cada segundo me sentía más y más débil, como si el mismísimo amanecer caminara ahora hacia mí.

En mi interior oía dos voces, una que me decía que corriera mientras podía y antes de que alguien me encontrara en este estado, pero había otra voz que me decía que debía quedarme y averiguar qué era lo que estaba quitándome la fortaleza y energía de mi cuerpo. Bueno, también había otra voz que me decía que debía ir al loquero por escuchar tantas voces en mi cabeza. ¿¡Qué demonios…!?

Antes de que pudiera decidir qué hacer caí de rodillas apoyando las palmas sobre el asfalto. Prácticamente no podía controlar mi cuerpo, me sentía como si me hubiese inyectado litros de tranquilizante a la vena. Bueno, no litros, pero si lo suficiente como para sedar a un hipopótamo obeso.

—¡Oh por Dios! —oí un chillido que reconocí.

¿Qué demonios hacía ella aquí? Traté de salvarla pero por lo visto, ella no quiso aceptar mi buena obra y prefirió morir a mis manos. Bueno, lo haría cuando me recuperara.

—Mierda, ¿Estás bien? —preguntó llegando a mi lado y pasando un brazo por mis hombros.

Su contacto quemó.

—Vete —gruñí entre dientes.

—¿Qué dices? No puedo dejarte aquí así cuando salvaste mi vida.

—¡Que te vayas, niña boba! —Le espeté— Voy a estar bien.

—Pero… —balbuceó aún dudosa.

—¡¡AHORA!! —grité sin saber cómo logré hacerlo y que sonara tan alto.

Ella se espantó y torpemente se alejó entre balbuceos inconexos. Mientras se alejaba me di cuenta que también lo hacía una nube de fragancia a lavanda que no había percibido antes. Era dulce, era cálida… era humana ¡diaj!

Aún se veía aturdida, podía verla a través de los rubios mechones que caían sobre mis ojos. ¿Por qué no se iba de una buena vez? Podría ser un vampiro sanguinario, pero no era un glotón. Tres personas por una noche me eran más que suficientes y matarla a ella no me daría ningún placer especial, aunque sí disminuiría la irritación que me provoca su presencia fastidiosa.

—¡Vete de una vez por todas! —bramé una vez más, haciendo que explotara todo el coraje acumulado.

Por fin entendió y a trompicones salió corriendo del oscuro callejón. Esperaba que nadie más se le cruzara por el camino y le cortara la garganta porque me lamentaría eternamente por no haberlo hecho yo. Su aroma era cálido y dulce, invitador y tentador, tierno y juvenil. Aún quedaban restos en el aire de esa tierna fragancia que danzaba a mi alrededor y que me hizo pensar en lo bien que sabría su sangre bajo mi lengua y deslizándose lentamente por mi garganta.

Sacudí mi cabeza de un lado al otro para alejar aquellos recuerdos que no me hacían ningún bien. Recordar a mi pequeña hermana no era algo bueno para mí en esta época, seis siglos después de haberla perdido, de haberme ido de su mundo. Aún la extrañaba como condenado y recordarla con tanto detalle, con su piel tersa y pálida decorada con tiernas pecas en los pómulos elevados que encajaban tan bien en el conjunto de rasgos armónicos de su rostro no era bueno para mí. Muchos años atrás me dije que los sentimientos eran para débiles y si quería sobrevivir, debía erradicarlos de mi vida. La imagen de Elizabeth tan fresca en mi memoria, no servía en mi causa.

Tiré mi abrigo negro con furia sobre el sofá, como odiaba no poder controlar los flash backs que hacía mi mente. Subí de mala manera hasta mi cuarto, más valía que soñara con una imagen en negro o con la muerte de Duncan, o realmente despertaría de mal humor.

Llegué hasta mi habitación aún regañando contra mí mismo por permitirme ese «viaje al pasado» tan incómodo y también le gritaba a mi cuerpo en sí. Aún me costaba entender cómo era que posible que pudiera dolerme el pecho y sintiera tan vivo a mi corazón, cuando prácticamente yo era un zombi. Un corazón humano latía en promedio unas ochenta veces por minuto, el mío, con suerte latía unas vente veces por minutos. Sí, su ritmo era muy lento y eso se debía a que nuestra sangre, así como nuestras células, mutaban con el veneno de los colmillos de un vampiro al morder a su víctima, de esa forma, la densidad y viscosidad de nuestra sangre aumentaba, por lo que a nuestro corazón le toma más trabajo bombear la poca sangre de nuestro cuerpo, porque sí, también disminuía la cantidad de sangre a un promedio de litro o litro y medio. Era por eso que éramos tan pálidos y nuestra temperatura corporal tan inferior al promedio humano.

Estúpido corazón, por qué no mejor no latía y punto. Me ahorraría varios malos ratos. Sobre todo cuando a mi cabezota se le ocurría divagar por los baúles del recuerdo.

Me tiré sobre mi gran cama de dos plazas con dosel, de pésimo humor, no me tomé ni el tiempo de correr a un lado el acolchado negro de seda que cubría mi lecho, sobre éste mismo me quedé dormido a los pocos segundos, pese a mi mal humor y la rabia que tenía dentro.

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