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Portada de la novela YO COMPRO ESA MUJER.

YO COMPRO ESA MUJER.

Con 24 años, Patsy de la Garza posee una inteligencia y belleza admirables. Criada en la opulencia, se ha formado con disciplina en administración para honrar su posición. Sin embargo, su idílica existencia junto a sus tres hermanas y su amado, Carlos Santibáñez, se encuentra en grave peligro. Un suceso devastador alterará su mundo, exigiendo que su temple y preparación sean las únicas herramientas para sobrevivir a un destino implacable.
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Capítulo 1

Con una postura muy segura, entró Patsy De la Garza al elegante y enorme edificio, donde su padre Adolfo De la Garza era el propietario y presidente de esa empresa de maquinarias.

Saludó a la recepcionista amable y educadamente, pero sin perder su arrogancia, dirigiéndose al elevador privado que la llevaría a donde se encontraba su padre.

Ella no necesitaba ser anunciada, pues todos ahí sabían que era la hija consentida de Don Adolfo, ya que de entre sus cuatro hijas, era la única que se interesaba en el negocio y la que éste consideraba más fuerte, segura y sensata.

Se abre el ascensor ya en la elegante oficina, y la rubia de 24 años de edad, con cabellera risada y ojos de color del cielo, esboza una simpática y alegre sonrisa al ver a su adorado papá.

-Papi... No te vi por la mañana en el desayuno, hoy sí que madrugaste.

-Si mi niña, salí más temprano que de costumbre porque tuve una cita muy importante.

Le comentó Adolfo mientras la abrazaba y besaba con mucho amor.

-Ya pronto terminaré mis estudios de administración de empresas y estaré aquí de tiempo completo para apoyarte en todo.

-Lo sé mi amor, espero eso con ansia. Además, tendré dos manos derechas, ya que en algunos días Carlitos por fin regresa de Francia y también él estará por completo aquí.

-Queeé... ¡¿Carlos regresa?! ¡Oh, no lo sabía!

-Cómo... ¿Que no estás en comunicación con tu gran amigo?

-En estos últimos meses se ha ausentado, creo que se debe a su estudio y trabajo. Pero creo que aun así debió decírmelo.

Aún y con algo de enfado por la falta de comunicación de Carlos, Patsy se sintió inmensamente feliz porque volvería a ver al gran amor de su vida. Un amor que ella había sabido ocultar muy bien ante todos.

Carlos Santibáñez, un hombre de 30 años de edad, muy guapo, alto y musculoso, rubio de nacimiento y también de familia muy adinerada. Tenía ya dos años de haberse ido a estudiar a Francia una maestría y un doctorado, muy inteligente el muchacho, con muy firmes y seguras convicciones.

La familia de Carlos y de Patsy eran grandes amigos desde hace muchos años ya. Las niñas De la Garza y Carlos jugaban desde pequeños y por lo tanto Don Adolfo quería a Carlos como un hijo, ya que él sólo había tenido las cuatro hermosas hijas. Y el padre de Carlos, ahora ya viudo, adoraba a esas niñas. Así que la empresa estaba en muy buenas manos, ya que Adolfo De la Garza y René Santibáñez eran socios, y en un futuro quedaría ésta en manos de Patsy y Carlos, puesto que eran como sus padres, muy interesados en la empresa.

Carlos con dos títulos, uno en administración de empresas, y otro en finanzas y economía; y Patsy estaba a punto de graduarse como licenciada en dirección y administración de empresas y mercadotecnia.

Los latidos del corazón de Patsy enviaron a su rostro una sonrisita pícara, la que casi estuvo a punto de delatarla frente a Adolfo.

-Qué sucede... ¿Qué estás pensando?

-Oh, nada papi, recordé que tengo algo por hacer y debo llamar a Cristóbal, uno de mis compañeros de clase. Sabes, tenemos un plan para fin de curso y la llegada de Carlitos me dio una gran idea.

-"Por poco y me descubre, pero esto ya no tendré que ocultarlo por mucho tiempo. En cuanto llegue Carlos le contaremos a todos que nos amamos y podré sentirme tranquila.”

En eso llegó Don René muy contento y abrazó a Patsy muy emocionado.

-Mi niña... ¿Ya sabes que vuelve Carlos? ¿Me ayudas a organizar una fiesta?

- ¡Claro que sí tío René, estoy tan feliz como tú! Sólo me dices la fecha exacta y vamos organizándolo todo.

Lo abrazó cariñosamente y le dijo:

-Te quiero mucho tío...

Y se dirigió hacia Adolfo nuevamente abrazándolo y regalándole su sonrisa dulce y amorosa.

-Te quiero papi...

Y Patsy abandonó la oficina aún más feliz que cuando llegó.

Los dos hombres se sonrieron entre sí y se sentaron para hablar de negocios.

Ya en el estacionamiento, Patsy subió a su lujoso auto convertible de color azul metálico y condujo felizmente cantando una canción alegre que escuchaba. Iba absorta en su pensar y sentir.

Y de pronto...

-Oh no... ¡Hombre insensato!

Frenó bruscamente ante un automóvil que quedó frente a ella.

El hombre bajó de su auto muy molesto y se dirigió hacia ella...

- ¡¿Qué le pasa señorita?! ¿Qué no vio el semáforo que se puso en luz roja? ¡¿Pues en qué está pensando?!

Patsy quedó paralizada al ver a aquel hombre tan varonil, moreno, alto, con su barba cerrada y su cabello tan oscuro, que a pesar de la manera como le gritaba le pareció muy guapo, pero a la vez arrogante. Y bueno, ella no se quedaba atrás en cuestión de arrogancia.

Pero reaccionó, estaba muy habituada a hacerlo ante situaciones en las cuales podría exponer sus emociones.

- ¡Es usted un imprudente! ¿Cómo se le ocurre atravesarse cuando yo voy pasando?

Le gritó ella muy cerca en el rostro al hombre.

Éste sonrió muy divertido...

-Ajá, usted se pasa el semáforo en luz roja y yo soy el culpable. Perdón perdón, no vi que la reina iba pasando, debí detenerme en cuanto la vi... disculpe usted su majestad.

Se burlaba él mientras hacía una reverencia.

-Pues no soy ninguna reina, pero sí una persona muy importante e influyente en esta ciudad, usted no sabe con quién está tratando.

-"Pero qué bella mujer".

Pensó Diego.

-"Lástima que sea tan altanera y creída”.

-Señorita, usted es quien no sabe conducir ni conoce las reglas de tránsito. Pero está bien no pasó nada, dejémoslo así.

Y él se retiró rápidamente del lugar dejando a Patsy bien enojada, ya que ella era la que debió haberse retirado dejándolo hablando solo tal y como él la dejó.

-"¡Es un estúpido engreído petulante! Afortunadamente no volveré a verlo. Yo seguiré feliz y cantando, no voy a permitir que ningún estúpido me arruine el momento".

Y subió a su lujoso automóvil y lo encendió, aumentó el volumen de la música y continuó con su canto.

Mientras tanto, en un hospital comunitario, Mayra, la mamá de Patsy quien era doctora, muy triste, tapaba el rostro a una de sus pacientes que acababa de morir y se quedó muy pensativa.

-Doctora Mayra... ¿Qué haremos con el bebé? Doctora, doctora...

La enfermera insistió ya que ésta no reaccionaba.

-Qué triste me siento, no pude salvarla. Vamos a ver al bebé.

Y se dirigieron a los cuneros.

Ahí se encontró a Sofí, la mayor de sus hijas, y quien a veces iba a apoyar como voluntaria. Ella cargaba al bebé que había quedado huerfanito.

Sofí era una chica de 26 años, muy dulce y tierna, rubia al igual que Patsy, se parecían mucho a su mamá, pero en cuestión de personalidad eran muy diferentes.

-Sofí, su mamá acaba de morir

Le comentó Mayra muy triste.

Sofí abrazó aún más al bebé y lágrimas asomaron en sus ojos y dijo:

-Pobrecito, con razón lo siento tan fuerte, quien sabe lo que le espera en su vida.

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