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Portada de la novela Vuelve conmigo, amor mío

Vuelve conmigo, amor mío

Después de tres años de matrimonio, Joelle acepta que el corazón de Adrian pertenece a otra mujer. Él le ofrece un trato despiadado: su libertad por un heredero. Sin embargo, durante el traumático parto de Joelle, Adrian decide marcharse con su amante. Tras cumplir su parte y saldar la deuda, ella decide cortar todo lazo. Ahora, consumido por el remordimiento, Adrian es quien debe suplicar de rodillas para intentar recuperar su amor.
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Capítulo 2

Joelle había tomado una decisión: quería el divorcio.

No tenía sentido seguir alargándolo.

Tras un silencio atónito, Katherine soltó una estridente carcajada. "¿Te quedarás con la mitad de los bienes de Adrian? ¡Oh, por Dios! ¡Joelle, te convertirás en una multimillonaria!".

"No, no será así". Joelle había firmado un acuerdo cuando se casó con Adrian. Si se divorciaban, ella no recibiría nada.

"Entonces, ¿por qué carajos te estás divorciando? ¡Tienes que seguir siendo su esposa!".

Joelle recordó la brutalidad de Adrian la noche anterior, así como la humillación posterior.

Había sido muy ingenua al creer que su amor por él la ayudaría a soportar cualquier dificultad.

Pero ahora sabía que había sido una completa tonta.

¿El sufrimiento hacía que Adrian la amara más? Claro que no.

Para empezar, un hombre que realmente la amara nunca le haría sufrir.

Joelle se rio de sí misma y cambió de tema: "Por cierto, ¿recuerdas el favor que te pedí?".

"Sí, justo te iba a contar eso. Me pediste que estuviera atenta a un trabajo, y tengo algo para ti. Vas a enseñar a un estudiante a tocar el violín, aunque debo decir que será un desperdicio de tu talento".

"Está bien", respondió Joelle con una leve sonrisa. "No será un desperdicio en absoluto. Llevo tres años siendo ama de casa. Es suficiente con que alguien quiera contratarme".

"¿Cómo que no será un desperdicio? Casi formaste parte de una orquesta internacional. Si no te hubieras casado con ese bastardo…". Katherine se quedó en silencio, demasiado indignada por su amiga.

Después de su boda, a Joelle ni siquiera le permitieron trabajar.

Las familias adineradas se aferraban a esas reglas obsoletas.

Era bastante ridículo.

Hacía tres años, la carrera de Joelle como violinista despegaba. Pero las estrictas tradiciones de la familia Miller le prohibían tocar en público.

El primer día de su matrimonio, la madre de Adrian le dijo: "No tienes que trabajar. Adrian te proveerá en todo lo que necesites. Tu único trabajo es tener bebés y cuidar a tu esposo".

Una vez que terminó su llamada con Katherine, Joelle subió las escaleras y fue al estudio para agarrar su violín abandonado.

Había sido un regalo especial de su padre en su decimoctavo cumpleaños.

No obstante, poco después de recibirlo, este sufrió un derrame cerebral y cayó en coma.

Su hermano mayor terminó asumiendo la responsabilidad de sustentar a la familia, así que la dejó perseguir su sueño de tocar el violín.

Mientras recordaba el pasado, Joelle movió el arco sobre las cuerdas.

Años atrás, un accidente le había lesionado la muñeca y desde entonces no había vuelto a tocar.

A pesar del dolor agudo que sentía en esa zona mientras tocaba, no se detuvo y confió en su memoria muscular para tocar una pieza corta.

Al final, soltó una risa amarga. Sonaba horrible.

De repente, escuchó la alegre voz de Leah en la puerta.

"¡Señor, ha regresado!".

Estaba secretamente aliviada de ver a Adrian, ya que eso tal vez significaba que todavía se preocupaba por Joelle.

Quizás si ella le decía algo amable, su relación podría mejorar.

Por su parte, Joelle estaba sorprendida. Adrian rara vez venía a casa durante el día.

Apenas había dejado el violín cuando se abrió la puerta.

Ahí estaba la alta e imponente figura de su esposo. Sus ojos la recorrieron con el ceño fruncido.

Recordaba que Joelle había aprendido a tocar el violín cuando era niña y que un reconocido profesor la había elogiado por su talento.

Sin embargo, por alguna razón, había dejado de tocar.

Hacía un momento, la había escuchado desde afuera y le pareció una interpretación mediocre.

¿Cómo era posible que la elogiara por su talento?

Joelle lo miró y bajó la cabeza para volver a guardar el violín en su estuche.

"¿Qué te trae por aquí?", murmuró. "¿Necesitas algo?".

"Vine a recoger algo y recordarte que mañana tenemos que visitar a la abuela", respondió él fríamente.

Era una regla familia visitar a su abuela al menos una vez al mes, y mañana era el día. De no ser por esa obligación, Adrian no habría regresado.

Irene se enfadaría si no iban juntos.

Joelle sonrió con amargura. Recordaba las normas de los Miller mejor que Adrian y siempre las cumplía.

Ni siquiera Irene, tan estricta como siempre, podía encontrarle defectos.

"No lo he olvidado, me alegra que tú tampoco lo hayas hecho", respondió. Su tono acusatorio hizo que Adrian pusiera una mueca.

Una ira latente empezó a hervir dentro de él. Sin decir nada más, se dirigió al vestidor para buscar algo.

Aunque él no solía estar en casa, Joelle aseaba meticulosamente su guardarropa, por lo que tenía la ropa lavada, planchada y ordenada.

Era como si su papel se redujera a realizar las tareas del hogar, algo que Leah también podía hacer.

Su única ventaja, tal vez, era ser más joven y más guapa que Leah.

Sus ojos siguieron los movimientos de Adrian.

Tenía el dedo anular desnudo, sin el anillo de bodas.

Una punzada de dolor le atravesó el corazón.

"Adrian, hay que divorciarnos", declaró con una voz tan suave como la brisa.

Había agotado todas sus fuerzas al pronunciar esas palabras, pero se sintió extrañamente aliviada.

Adrian se dio la vuelta y la miró con una sonrisa burlona. "Tienes que pensar muy bien antes de hablar. La familia Watson está en declive. Sin mi apoyo, ¿vas a dormir en la calle con tu hermano?".

Desde la caída de la familia Watson, Joelle pasó de ser amada a quedar en ridículo.

La familia Miller la despreciaba y la miraba por encima del hombro, como si ella y su hermano fueran sanguijuelas de las que no podían librarse.

Incluso sus momentos íntimos con Adrian la hacían sentir degradada, como si fuera una prostituta. Sin embargo, pensándolo bien, al menos una prostituta podía elegir a sus clientes.

Joelle se mordió el labio y se enderezó. "Ya he alquilado un apartamento. Incluso si terminara durmiendo en la calle, es asunto mío".

Solo quería que su esposo la respetara, pero tres años de cautiverio la habían dejado sin orgullo ni dignidad.

"¿Y de dónde sacaste el dinero para alquilar un apartamento? Si tanto querías ser independiente, no deberías haber gastado ni un solo centavo de mi familia".

De espaldas a ella, Adrian encontró entre unos muebles el anillo de bodas perdido y lo sostuvo en la palma de su mano. Joelle no se dio cuenta.

Las palabras de ese hombre la dejaron sin aliento.

Sí, había utilizado sus escasos ahorros para alquilar el apartamento. Pero como estaba casada con Adrian, ¿lo que era suyo no era también de él?

Además, el apoyo financiero que Adrian les había dado a los Watson durante todos esos años ascendía a una suma significativa.

Joelle siempre había despreciado la idea de deberle algo, pero su deuda con él era infinita.

Si se divorciaban, tal vez dejaría de darle apoyo financiero a la familia Watson.

¿Estaba sugiriendo que ella debía salir del matrimonio con las manos vacías?

Cuando Adrian se dio la vuelta para irse, Joelle dijo con una dignidad apenas intacta: "Tengo derecho legítimo a este matrimonio y a reclamar lo que supuestamente es mío. Pero no te preocupes, no pediré mucho, solo lo suficiente para ayudar al Grupo Watson a superar esta crisis".

Adrian se quedó paralizado y su mirada se agudizó. Sus labios formaron una fina línea mientras apretaba la mandíbula. Eran claras señales de su creciente furia.

Aunque Joelle ya se había preparado mentalmente, no podía soportar su intensidad.

Cada segundo bajo su mirada severa la ponía más ansiosa.

De repente, sonó el celular de Adrian, quien lo sacó de su bolsillo y estuvo a punto de alejarse.

"¡Adrian!".

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