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Portada de la novela Voraz.

Voraz.

El coronel Cyrille Leroy enfrenta una existencia eterna tras sufrir una alteración celular en una Alemania despiadada. Su destino da un vuelco al conocer a Dalila Stolz, una mujer judía con quien vive un romance prohibido que desafía sus votos. Mientras el tiempo avanza, Cyrille permanece joven, sufriendo la muerte de sus allegados como una condena. Tras décadas de soledad, el encuentro con Alem Brown renueva su esperanza en un viaje por hallar el amor definitivo.
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Capítulo 2

—¿En qué puedo servirle, Canciller?

—Tomara la preciosa tarea de investigar a todos los empresarios adinerados del centro de la cuidad de Berlín. Con esto me refiero a los asquenazíes, específica y concretamente —su risa es bastante asquerosa—. Tengo entendido que usted es francés, ¿no es así?

—Así es, Canciller.

—Espero que su lealtad se mantenga con el partido y pueda separar a la familia de su obligación —las risas de mis compañeros no se hacen esperar. Son como perros esperando que algo caiga de la mesa.

—Sin duda alguna, Canciller.

—No me interesa de donde provenga, hasta la fecha sus logros hablan por sí mismos. Solo procure realizar su trabajo y evite cualquier confrontación con ese tipo de humanos que gozan de aprovecharse del trabajo y el esfuerzo de todo un pueblo. Ya sabe a lo que me refiero… a esas personas que no son puras en ninguno de los sentidos —su mirada es demasiado penetrante —. ¿Ya juro lealtad?

—Sí, Canciller.

—No pude escucharlo claramente entre tanto soldado —la sonrisa que me lanza es acusadora y bastante maliciosa—. Lo escucho. Adelante, no sea tímido.

La sangre me hierve al saber que una vez más me están pisoteando aun sabiendo el cargo que tengo con tan poca edad.

Respiro con tranquilidad, no tengo intensiones de que todos los presentes puedan notar cuan molesto me encuentro por los caprichos de un hombre mucho más pequeño de estatura que yo.

—Meine ehre heibit true —mi voz suena tan perfecta y convincente que hasta yo me creo lo que acabo de pronunciar—. Yo te juro Adolf Hitler, fuhrer y Canciller de Reich, fidelidad y valor. Prometo obediencia hasta la muerte a ti y a los superiores por ti designados. Que Dios me ayude.

—Buen chico —el Canciller palmeo mi brazo con bastante entusiasmo—. Nos vamos a llevar bastante bien. Ya puede retirarse, sus superiores le dirán el resto del trabajo que le compete realizar.

—Canciller —le dirijo el saludo debido.

Me dirijo a paso veloz hasta mi dormitorio, no puedo creer que en manos de este tipo este toda la nación, ahora entiendo a que se refería mi padre.

<< Que Dios se apiade de todas las personas indefensas que se encuentran pisando estas tierras>>

Los rayos del sol se cuelan por las delgadas ventanas reflejando una luz completamente natural. Con calma me desnudo hasta quedar en ropa interior. Tengo deseos de ducharme antes de colocarme el uniforme y comenzar con mis tareas; aunque muy pocas veces me siento con el humor adecuado para salir a campo.

—Así que aquí estas —el obersturmbannfuherr irrumpió en mi dormitorio sin previo aviso.

—¿Qué quieres?

—Esa no es manera de que le respondías a un camarada—su risa burlona ya me tiene cansado.

—No estoy de ánimos. Vete de mi habitación, por favor —no quiero ponerle atención ya que la mayoría del tiempo está molestándome por mi nacionalidad.

—No sea aburrido, francesito.

<< A eso me refería>>

—Vete por favor —le señalo la puerta con una de mis manos.

—Quiero jugar un juego contigo — con un ligero movimiento de muñeca, azoto la puerta y le coloco el seguro —. No sé qué tienes y la verdad no me importa —comenzó a aproximarse a mí de una manera demasiado extraña —. Tengo tantos deseos de hacer contigo lo que me plazca.

—Calma tus instintos de poseerme —erguí mi cuerpo ante la amenaza.

—Seguramente va a gustarte. Te he mirado muchas veces y sé que esa forma tan particular que tienes de hablar solo debe de ser por algo —del interior de su abrigo saco una pequeña navaja afilada.

—Sal de mi habitación. No te lo volveré a pedir de una forma educada.

—Cyrille Leroy, me gustas y eso no me gusta —sonrió de lado cual demente.

Dejo ir todo su cuerpo contra mí, me derribo al suelo, el golpe en las costillas lo resentí bastante ya que años atrás tuve un accidente al caer de un caballo. Intento clavarme la navaja en medio del abdomen, afortunadamente pude detener su mano, pero la rabia que tiene hacia mí es más poderosa que su propia cordura.

—¡Te odio tanto! —sus ojos estaban perdidos entre la locura.

Como pude lo coloqué de espaldas al suelo. Le di varios golpes en el rostro causándole diversas heridas que comenzaron a sangrar. Sus quejidos se escuchaban bastante dolorosos. Nuevamente se defendió mordiéndome el antebrazo. Mi rodilla se estrelló en medio de sus piernas.

De una, me coloque a su espalda y lo sujete con las piernas, tratando de hacerle una llave para inmovilizarlo. Un punzante dolor se depositó en mi abdomen bajo, la navaja estaba en mi interior casi en su totalidad. Con brusquedad la saque de mi piel y la lleve directamente a su cuello…

Sus ojos estaban completamente abiertos. Su cuerpo estaba caliente cuando recobre la poca conciencia que tenía.

<< No quería que pasara esto, pero me temo que él lo provoco>>

Me quedé en silencio los próximos diez minutos hasta que comencé a pensar en todo lo que se aproximaba. Seguramente me encerrarían en prisión por haber asesinado a uno de mis compañeros o peor aún, me enviarían a la horca. Muy probablemente, si podía escapar, tendría que hacerlo demasiado rápido y sin levantar sospecha alguna. Seguramente viajaría hasta el continente americano, es el único lugar donde me podría ocultar sin levantar sospechas.

<< No, no puedo hacer eso, perdería todo lo que he logrado y no puedo permitirlo>>

Me puse de pie y desvestí al cadáver que ahora era un estorbo y un problema para mi vida. Mi mente giraba en todas direcciones, pero solo un pensamiento pudo unirse con mi alma y mi ser… solo uno.

La saliva comenzó a hacerse agua dentro de mi boca. Mi respiración se agito demasiado de solo imaginar aquello que se estaba maquinando dentro de mí. Levante el cuerpo de mi “compañero” y lo lleve al pequeño baño de mi dormitorio. Abrí el grifo del agua y dejé que empapara su piel.

Mi instinto me guio a arrodillarme frente a él y comenzar con el festín… lo devore…

El amanecer estaba a dos horas de comenzar. Me pase más de trece horas usurpando un cuerpo. Devorando y cometiendo uno de los pecados más grandes de la historia.

Ni siquiera me puse nervioso al saber aquello, solo me concentré en continuar con el plan que se había trazado en mi cabeza. Con cautela salí de mi habitación, el pasillo estaba completamente vacío, aproveché para tomar un vehículo cercano y conduje hasta el cementerio donde un año atrás habían sepultado a uno de mis mejores amigos que murió de tuberculosis.

Sujeté firmemente la pala y comencé a cavar. No fue una tarea fácil y los rayos del sol estaban comenzando a salir por el horizonte. Cuando deduje que era una profundidad adecuada, dejé caer la maleta y la cubrí.

Mis rodillas se impactaron con la suave tierra y me recargue en la cruz de metal, consciente de lo que acababa de hacer.

—Lo siento…—suspiré—, no quería hacerlo, solo me defendí —cerré los ojos con más fuerza—. No sé qué fue lo que me paso, no lo entiendo —grite con todas mis fuerzas cuando los recuerdos me torturaron de una manera cruel —. Dios sabe que no soy un pecador, no lo soy —lágrimas de dolor se deslizaron por mi piel —. Pero… —tome aire para después levantar el rostro y mirar mis manos —, lo disfrute tanto—ya no se ni lo que estoy diciendo —. Cyrille François Leroy, te convertiste en el monstro que tanto intentabas contener —la mandíbula me duele de tanto presionarla con alevosía —. Una maldita bestia que no podrá mantenerse saciada con el crimen que acaba de cometer, porque ambos sabemos… mi lado bueno y mi lado malo, que esto no será la última vez —contengo el aire en mis pulmones para continuar —. Me gusto y mucho, y no creo seguir ocultando estos instintos que tanto me lastiman el alma. Si he de ser juzgado por Dios, es el momento de comenzar a construir un imperio en el infierno.

Todo rastro de arrepentimiento se esfumo en cuanto me puse de pie. Se perfectamente que no puedo ocultar esto que me carcome el interior. Tarde que temprano tenía que salir y dudo mucho que pueda apaciguarlo.

Las puertas del cielo seguramente se cerrarán en cuanto me vean llegar y la verdad es que no deseo morir, no aun, quiero disfrutar de aquellos que caminan y que viven. Disfrutar de lo que ocultan tras una capa gruesa de tela. De la dulzura de la carne… de esto que habita en mí, de este instinto voraz.

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