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Portada de la novela Volando sin Alas - AL BORDE 1

Volando sin Alas - AL BORDE 1

Bajo estrictas leyes de moralidad, Emmet Wick trabaja como especialista en apoyo al suicidio. Su vida profesional da un vuelco al conocer a Lía Clarkson, una joven con un tumor terminal y una personalidad mordaz. Ignorando los consejos de sus compañeros y una tentadora recompensa monetaria de un padre angustiado, Emmet se sumerge en un reto sentimental sin precedentes. Su misión será rescatar a Lía de su propio abismo antes de que el reloj se detenga.
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Capítulo 2

La sedación mortal es uno de los procedimientos más utilizados en la sociedad actual para causar la muerte a un paciente en estado terminal con el fin de evitarle dolores infructuosos; de esta manera se le impiden molestias físicas y psicológicas producidas por su enfermedad.

  El gobierno ha permitido a pocas entidades privadas encargarse de dar dignas muertes a enfermos terminales con el fin de detener su sufrimiento y darle un fin honrado a sus vidas con autorizaciones de los doctores de el paciente y, además, el familiar correspondiente.

  La palabra “Eutanasia” simboliza la unión de “Buena” y “Muerte”, es básicamente eso. 

  Luego de que mi abuela muriera a los cincuenta y siete años con una mezcla de cáncer que comenzó por un bultito en su seno izquierdo y que terminó causando una metástasis que amenazó sus órganos, incluido el corazón.

  Ella sufrió, sufrió mucho. Y yo viví cada día y cada noche de su dolor. Vivíamos en la misma casa.

  Me prometí a mi mismo cuando creciera- tenía unos doce años- Que me encargaría de evitar ese dolor en las personas quienes habían tenido una buena vida y que por una razón u otra terminaron en aquel deplorable estado. Y no, no era solo el cáncer quien causaba eso.

  Sin embargo, mientras crecía me di cuenta de que no podía ser doctor, o enfermero. El juramento hipocrático me impediría quitar la vida a alguien aunque este me lo suplicara a gritos con sus últimos aires.

  Escogí entonces ser un “Apoyo o asistente de suicidios”. Encontré el trabajo perfecto al cumplir los veintitrés y luego de muchísimos exámenes en los que me cuestionaron mucho el por qué quería hacer esto, terminé siendo aprobado y en cinco años me había vuelto el mejor de mi grupo de compañeros. Las pagas eran buenas, la gente era buena… Veía sus últimos momentos de vida y, si estaba a mi alcance, intentaba alargarla de la forma más positiva que se podía. El gobierno me había investigado muchas veces sin encontrar nada, porque era cierto que era mi empleo y si bien no conocía de nada a esas personas que atendía más allá de lo que ellos mismos me contaban, era muy feliz cuando, al morir, veía la tranquilidad en sus expresiones al dejar por fin de sufrir.

  Cuando mi mamá se dio cuenta de a lo que me dedicaba no me juzgó, ni siquiera me reprochó. Simplemente dijo que tenía cojones, muchos más que ella, mientras lanzaba el humo a mi cara.

–Mi nombre es Emmet Wick.– dije contra el comunicador de la puerta principal en el apartamento de la señora Blaus.

–Pasa– dijo la mujer de servicio. Como todos los días desde hacía un mes.

  Mis clientes usualmente no duraban demasiado tiempo, sin embargo, algo dentro de mi decía que la señora Blaus sería una mas de la pequeña escala de renacimiento, que era como les decíamos a quienes, milagrosamente, se recuperaban y no necesitaban de nuestros servicios.

  Aunque las mejoras fueran falsas y solo crearan falsas esperanzas en el enfermo y en los familiares. Una vez que estabas declarado como “Paciente terminal” era muy bajo el porcentaje de recuperación que puedes vivir.

–Buenos días, señora Blaus– dije a la mujer de ojos apagados y piel amarillenta. Era VIH positivo. Hizo una mueca parecida a una sonrisa, sus encías tenían un color violáceo, ¿Pero para qué decírselo? 

–Hola…Emmet– dijo en un susurro.

–¿Cómo se siente?–pregunté tomando el antibacterial y desinfectando mis manos.

–Como la…Mier–no pudo completar la frase sin antes toser. Hice una mueca–Me siento peor… Que todos estos…días– dijo con ahogo y me giré mirándola.

–¿Llamamos al doctor?– pregunté pero no esperé respuesta mientras le marcaba.

  La mujer no tenía hijos, sólo un sobrino que actualmente estaba en una pasarela de París. 

Diez minutos más tarde tenía la orden de que era la hora. 

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.

.

Abrí los ojos mirando directamente al techo blanco de mi habitación. Me sentía cansada incluso sin despertar del todo. 

    Con un bufido siendo mi primer sonido del día, hice el esfuerzo de sentarme en la cama, viendo la ventana abierta que cubría media pared y que era la culpable de mi despertar.

–¡CRISÁLIDA, VEN Y CIERRA MI VENTANA!– grité a todo pulmón.

 La mujer regordeta entró a mi habitación y se apuró a cerrar la pesada cortina color azul marino.

–Buenos días, Lía– dijo de buen humor y la miré con rabia.

–¿Qué tienen de buenos?– dije molesta tomando los frascos de pastillas junto a mi cama y seleccionando las que me tocaban a esa hora, odiaba tomarlas luego de comer porque de inmediato mi estómago se quejaba.

 Sentí las típicas ganas matutinas de orinar y jalé mi bastón dispuesta a usarlo. Casi me caigo, por supuesto, mis piernas aún no reaccionaban, casi nunca lo hacían realmente. Terminaría orinada y con algo roto si no jalaba la silla de ruedas. 

Cansada llegué al baño e hice mis necesidades con un poco de esfuerzo.

Odiaba que Crisálida me ayudara por lo tanto fingía poder con todo, aunque ambas sabíamos que fallaba la mayoría de las veces. Es que simplemente aún no me acostumbraba a los fallos de mi cuerpo.

¿Cómo puedo aceptar que mi cuerpo me traicione?¿Que un día sea la fiebre, al otro sea la jaqueca, y que al siguiente sean mis piernas o mis brazos los que no funcionen?

 Antes, cuando servía, era una de las mejores en los litigios civiles. Yo sé lo que es la justicia e irónicamente me ha castigado la peor: La divina.

    Empujé la silla hasta la sala, Crisálida había servido el desayuno para mí. Me había limpiado el rostro y los dientes, aunque hacía mucho que no le daba más cariños a mis cabellos que unas trenzas para evitar peinarlo con constancia. Arremangando mi viejo suéter de la universidad y tomé la humeante taza de café negro. Di un largo sorbo y cerré los ojos sintiendo el delicado grano de forma líquida en mi boca.

    El timbre sonó y de inmediato salí de mi burbuja.

–No ordené nada– le dije de inmediato a Crisálida quien secaba sus manos con cierto nerviosismo– Cris, ¿Estás esperando a alguien?– ella tragó grueso y yo fruncí el ceño. Tenía muy poca paciencia y ambas lo sabíamos.

–Es tu padre. Vino de sorpresa– avisó caminando a la puerta.

–¿Qué?– dije en un murmullo. Definitivamente el hambre en mi desapareció. ¿Por qué diablos venían a verme sin previo aviso? Mis conocidos sabían que odiaba eso.

Yo odiaba ser vista en este estado, es por eso que he pasado los últimos dos años y medios sin salir de casa más allá de lo extremadamente necesario. 

 Si no fuese porque tuve la inteligencia necesaria como para levantar el buffette de abogados siendo una de las más jóvenes en graduarse en mi ciudad, mi hermano mayor y su esposa se encargaban de él y me depositaban mensualmente una cuota significativa que cubría mis gastos y me permitía guardar el resto en una cuenta de ahorros.

 ¡Ahorros, ja! me dije en ese momento, ¿Ahorros para qué? ¿Mi funeral? Seguramente así sería.

–Buenos días mi pequeña Lía–escuché la cantarina voz de mi papá saludándome como hacía cuando era niña. Entró a la sala y lucía encantador, bien vestido como era costumbre y su cabellera canosa me impactó un poco.

–Papá, hace un tiempo que no te veo– reconocí mientras me abrazaba con cariño. Eso me relajó un poco.

–¿Un tiempo?– repitió burlón parado frente a mi–Cariño, hace seis meses que no te veo, desde la última vez que vine– me recordó e hice una mueca con mis labios.

–Es cierto, creo que simplemente lo olvidé– dije con una falsa sonrisa en los labios.

Él dio un suave golpe en mi nariz con su dedo índice.

 –No me pongas esa cara, sabes que vengo a inspeccionar todo para ver que estés bien e irme tranquilo. No te sirve de nada actuar como una mansa paloma, Lía– blanqueé los ojos recordando de quién venía.

–Adelante, todo tuyo– dije resignada dando un mordisco a mis panqueques con miel.

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