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Portada de la novela VOCES DEL ALMA.

VOCES DEL ALMA.

Alice carga con el peso de una familia rota y el dolor de haber perdido a su hijo tras un embarazo juvenil. Buscando llenar su vacío existencial, decide convertirse en madre subrogada para otra pareja. En este proceso conoce a Xavier Batista, un músico de gran exigencia personal que acaba cautivado por ella. Juntos transitan un camino de redención para las mujeres Santos, probando que el amor genuino es la clave para sanar las heridas del pasado.
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Capítulo 2

Existe un recuerdo que, a pesar de los años, sigue siendo relevante en mi memoria. He percibido que, al redactar un desahogo, es factible desintoxicarte y, tras realizar dicha acción, puedes eliminar la hoja y permitir que las cenizas se escape del viento. Esto fue mi tarea, redactarlo.

Tenía diez años y cursaba 4.º grado de primaria. La maestra nos mandó ese día al efectuar una hemeroteca sobre la contaminación ambiental. Mi primo estaba en la misma aula de clases que yo. La tía Carmela, madre de ese primo que llevaba el nombre Abelardo, era quien nos dirigiera hacia el colegio y quien nos proporcionaba la comida en la mañana de descanso. Antes, lo hacía mi madre, pero dejó de hacerlo debido a que cuando iba a llevarme la merienda, yo empezaba a llorar. En una ocasión, me salí por la ventana del salón de clases y corrí detrás de ella llorando para que no me abandonara. Debido a esto, mi Tía Carmela fue delegada a llevarme y buscarme, y como mi primo estudiaba conmigo, no supuso un problema, todo era válido para cumplir mi proceso de adaptación.

Lo mismo pasó con mi hermano Daniel, una tarde mientras cantaban el himno nacional en la formación. Al ver a mi madre, mi hermano se echó a correr de las filas llorando y puso el bolso en el suelo, cayendo en un enorme charco de agua y barro (Lo aceptó Daniel y yo teníamos ese apego, cuya necesidad bautice como «el síndrome de mamitis»). Mi madre no tuvo más remedio que llevarse a Daniel. Una alumna de un grado más alto levantó el bolso del charco y lo entregó a mi hermano. Por tal motivo, mi hermano también corrió la misma suerte que yo. Otra tía (Tía Evangelina) que era maestra en esa escuela era quien se ocuparía de llevar a mi hermano Daniel a casa, llevarlo con ella y traerlo para evitar este tipo de conflictos, ya que yo estudiaba por la mañana y él por la tarde. Afortunadamente, la hija de mi tía Evangelina, mi prima Emilia, era de la edad de mi hermano y estudiaba en el turno de la tarde. Hasta ese momento, todo salió a pedir de boca, yo estudiaba junto a Abelardo y mi hermano con Emilia.

Volviendo al tema de la hemeroteca. Aquella tarde, otra de mis tías estaba en la casa. Mi tía Mercedes me brindó una máquina de escribir que pertenecía a mi tío Alfredo, yo estaba fascinada, pero no tenía idea de cómo usarla. Ella me brindó una explicación exhaustiva y me brindó la habilidad de abarcar en revistas periódicas todo lo relacionado con la contaminación ambiental. Recorte, pegué y escribí en la máquina de escribir sin márgenes de una forma muy rústica, pero a mí me parecía lo más hermoso y maravilloso de mis creaciones. Al estudiar, oía a Menudo, una banda que tuvo una gran popularidad durante los años 80 y 90, a la que aprendí a querer por mi madre, quien los adoraba, cuando estudiaba. A través de ella, experimenté un gran interés por una serie de composiciones musicales, incluso si no eran de mi época. De igual forma, a los cuatro de Liverpool «The Beatles». Entregué mi hemeroteca y esperé pacientemente los días para recibir mi calificación, que fue mucho mejor que la de mi primo Abelardo. La tía Carmela, molesta por mi calificación, gritó a la maestra como una posesa por haber dado mejor calificación a mi trabajo que al de mi primo. Sus gritos eran tan intensos que los demás estudiantes giraban para verla.

—¡Cálmese, señora Carmela, está inquietando a los niños! —exclamó la maestra. Esa solicitud tuvo una respuesta peor en ella, era como si le hubiera echado gasolina al fuego. Sin embargo, lo que no olvidé fue su discurso sobre mí, las recuerdo muy bien, me dijo: «Cómo ella va a sacar mejor nota que mi hijo; esta mocosa es una floja que no sirve, en cambio, ni hijo si estudia. No se merece esa calificación debido a que esa tarea se lo hizo mi otra hermana (mi tía Mercedes)». Me sentí tan vulnerable, quería comunicar numerosas cosas, pero el miedo me estremeció. Tenía solo 10 años y sus palabras me marcaron la identidad. Posteriormente, no tengo conocimiento de la ocurrencia, únicamente tengo la capacidad de recordar fragmentos.    En la calle, mientras ella me conducía a la casa de mi abuela, no dejaba de decirme frases hirientes: «¿cómo era posible que tú Alice, que no sirves para nada, saques 18 y mi hijo, que si es un excelente estudiante haya obtenido 15 de calificación?». Tras eso, algo cambió en mi estructura; al llegar al 5.º grado, una maestra me gritó delante de toda la clase «Eres una señorita floja», señalando la herida emocional.

Años después, me había fracturado una pierna en tercer año de secundaria y no pude con tanta dificultad, por lo que reprobé el año. Por supuesto, eso fue un tema de conversación en el que una vez me ponía en el ojo del huracán. Tengo presente que mi tía Carmela, en voz incontrolable, pronunció una palabra a mi abuela:

—Mamá, yo, en su lugar, no la inscribiría de nuevo, haga lo que dijo mi esposo Adolfo, lo que no puede ser útil, se saca o se bota. Haga lo mismo que hice con Javier, quien, por ser un vago, repitió y su padre fue y lo sacó del colegio. De esta manera se ahorraría el dinero y evitaría que quede embarazada, ya que pienso que de los 15 años, no pasa que le monten una barriga.

—Estaba convencido de que deseaba darle un bofetón, tenía 14 años y no tenía novio. Mi abuela la escuchó en silencio y le dijo con seriedad:

—Le brindaré otra oportunidad y la inscribiré de nuevo para que repita el año. —Mi tía Carmela salió enfadada de casa y al día siguiente mi tía Evangelina y mi madre fueron temprano al colegio para pelear otro cupo para mí.    Tuve la segunda oportunidad y fui una buena estudiante, pero lamentablemente en mí empezó a abrirse un hueco enorme que no se llenaba con nada. En una de las habitaciones de mi alma se encontraba oculta una niña herida, temerosa e insegura que tuvo la oportunidad de creer durante mucho tiempo que realmente era floja y que no tenía valor para nada, aún me sentía «la hija de nadie», como siempre me había llamado mi tía Carmela. Mi madre era una madre soltera y me tuvo siendo una adolescente, mis abuelos y mis tíos me ayudaron a criarme, nunca faltaron los momentos afectuosos, así como los traumáticos. A los 17 años, me matriculé en bachillerato, obtuve mi título y también me enteré de que estaba embarazada.

—¡Excelente! —exclamé con ironía y decepción —¡Insuperable! —¡La tía Carmela se regodeará de haber acertado! —.

Los tiempos turbulentos estaban por llegar.

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