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Portada de la novela Viuda Dos Veces: Renací Lejos de Él

Viuda Dos Veces: Renací Lejos de Él

Tras regresar en el tiempo, la protagonista decide cambiar su trágico destino en lugar de confrontar a su esposo, Luis Ramírez, quien fingió su muerte para suplantar a su gemelo Martín y quedarse con Gina. En su vida pasada, este engaño la dejó desprotegida, provocando el encierro de su hija Perla, la pérdida de sus bienes y una muerte invernal por abandono. Ahora, acude ante el jefe militar Sergio Montoya para reportar el fallecimiento de Luis, buscando salvarse a sí misma y a su pequeña.
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Capítulo 4

Instintivamente apreté el boleto en mi mano y puse a Perla detrás de mí, para protegerla.

—¿A dónde voy? ¿Y a ti qué te importa? Aquí no mandas tú, Martín.

Le repetí el nombre a propósito.

La cara de Luis se tensó por un segundo y enseguida se recompuso.

—Gina está embarazada. Necesita que alguien la cuide. Si te quedas como antes, encargándote de la casa, aquí no te va a faltar nada que comer.

Lo miré con frialdad.

—Luis ya está muerto. Yo no me atrevo a quedarme en tu casa. Además, como según ustedes Perla y yo no valemos para nada, pues Gina es tu esposa. Cuídala tú, tú mismo.

Con eso, tomé a Perla de la mano para irme.

Pero Luis avanzó a zancadas y, sin darme tiempo a reaccionar, me arrancó el boleto de la mano y lo rompió en pedazos.

Con una falsa firmeza, como si me estuviera haciendo un favor, dijo:

—Es por tu bien. Eres una viuda con una niña; ¿cómo vas a salir adelante? Mejor quédate aquí, por lo menos no te vas a morir de hambre.

Vi los pedacitos de papel caer al piso como nieve sucia.

Me temblaba todo el cuerpo de la rabia. Lo empujé con fuerza.

—¡Aléjate de mí!

Él, en lugar de retroceder, se me vino encima, con esa actitud de superioridad que siempre tenía. La impaciencia ya se le notaba en la cara.

—No te pases. Ya te estoy dejando quedarte en la casa, ¿qué más quieres?

Me dio risa… pero de esa que quema.

En mi vida pasada, yo le supliqué que salvara a Perla, y él dejó que Almeida nos echara.

Ahora que quería irme por mi cuenta, uno tras otro intentaban detenerme.

—¡Tú no eres mi esposo! ¡Si me quiero ir, me voy! ¿Con qué derecho me estás deteniendo?

Frunció el ceño, y entonces habló como si estuviera haciendo una concesión enorme:

—¿Así de fría vas a ser? Luis apenas acaba de morir y tú ya te quieres largar. Está bien. Entonces me caso con ustedes dos. ¿Con eso te basta? Tú lo que necesitas es un hombre, ¿no? Yo te doy un lugar, un nombre y el hijo de Gina también será tu hijo…

No lo dejé terminar y, con toda la fuerza que tenía, le di una bofetada brutal.

Luis giró la cara, tomado por sorpresa. En un instante, su expresión se oscureció por completo.

—¡Estás loca! ¡Hoy no vas a ir a ninguna parte!

Me agarró de la muñeca y me empujó hacia adentro de la casa.

Yo apreté los dientes, fruncí el ceño y me defendí como pude, forcejeando con todo lo que tenía.

En medio del forcejeo, de pronto se escuchó un alboroto afuera.

La puerta se abrió de golpe.

Y cuando Luis vio quién entraba, se quedó helado, con los ojos abiertos de par en par, de pura incredulidad.

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