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Portada de la novela Vengo Para Recuperar A Mi Hija

Vengo Para Recuperar A Mi Hija

Sofía despierta en una pesadilla: un accidente le ha robado la memoria y su hija, Luna, sufre una discapacidad. La tragedia empeora cuando su esposo, Ricardo, le quita a la niña para dársela a su amante, Valentina. Tras presenciar el maltrato hacia la menor, Sofía intenta defenderla, pero es expulsada de su propia casa. Sin recursos pero con determinación, jura ante su suegra que volverá para rescatar a Luna, usando la ley como su mayor aliada.
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Capítulo 2

El aire acondicionado del pequeño departamento luchaba por enfriar la tarde pegajosa de la Ciudad de México, pero Sofía sentía un frío que le calaba hasta los huesos. Se miró en el espejo del baño, un espejo barato con una pequeña mancha negra en una esquina. La mujer que le devolvía la mirada parecía una extraña. Tenía los ojos hundidos, la piel pálida, y una delgadez que no era saludable. Se ajustó el vestido de seda, una prenda cara que Ricardo le había comprado hacía años y que ahora se sentía como un disfraz. Hoy era el día. El único día del mes en que le permitían ver a Luna.

Se preparaba para esta visita como un soldado para la batalla. Tenía que parecer serena, estable, la madre perfecta que el juez quería ver. Cada gesto, cada palabra, estaba ensayado. La esperanza de pasar unas horas con su hija era un motor tan potente que ahogaba el zumbido constante de ansiedad en su cabeza. Era una esperanza mezclada con un terror profundo, un nudo en el estómago que nunca se deshacía. Sabía que cada visita era una prueba, y que Valentina estaría allí, observando, juzgando, esperando que cometiera un error.

Un destello de luz del sol que se colaba por la ventana golpeó el espejo y por un instante, el recuerdo la asaltó con la fuerza de un golpe físico.

No era el sol, era el destello de los faros de un camión en la carretera mojada. El chirrido de los neumáticos, el grito ahogado de Ricardo a su lado, y luego el impacto. Recordaba fragmentos, como cristales rotos de un vitral. El olor a metal quemado. El silencio espeluznante que siguió al estruendo. Y luego, el hospital.

Se despertó en una habitación blanca, con la cabeza vendada y un dolor sordo que le borraba los pensamientos. Ricardo estaba de pie junto a la ventana, hablando por teléfono. Su voz era fría, cortante.

"El coche es pérdida total, sí. ¿La campaña publicitaria? No, no podemos cancelarla. Hay demasiado en juego."

Ni una sola vez preguntó por ella. Ni una sola vez mencionó a Luna, que había estado en el asiento trasero. Más tarde, un doctor con cara de lástima le explicó todo. Amnesia parcial para ella. Una lesión en la columna para Luna que la dejaría con una cojera permanente y dificultades motoras. Una discapacidad.

Ricardo lo llamó "una complicación". Una mancha en su vida perfecta de empresario exitoso.

"No puedo lidiar con esto ahora, Sofía," le dijo días después, con la misma indiferencia con la que se habla del clima. "Mi imagen... la empresa... Es demasiado. Valentina se hará cargo de la niña. Ella sabe cómo manejar estas cosas."

Y así, sin más, la despojó de su hija. La entregó como un paquete a su "amiga" de la infancia, una mujer cuya sonrisa nunca le había llegado a los ojos.

Sofía sacudió la cabeza, intentando alejar el recuerdo. No podía permitirse derrumbarse ahora. Se aplicó un poco de labial, un toque de color en su rostro pálido. Era su armadura. Tomó su bolso, las llaves, y salió del departamento, cerrando la puerta a su soledad.

El taxi la dejó frente a la imponente reja negra de la mansión en Las Lomas. Cada vez que venía aquí, sentía que el aire se volvía más pesado, más difícil de respirar. La casa era una fortaleza de piedra y cristal, fría e impersonal. Tocó el timbre y esperó, con el corazón martilleándole en el pecho.

La puerta no la abrió una de las empleadas. La abrió Valentina.

Estaba impecable, como siempre. Vestida con un elegante conjunto blanco, el cabello perfectamente peinado, una sonrisa condescendiente dibujada en sus labios rojos.

"Sofía. Qué puntual," dijo, su voz con un deje de burla. "Pasa. Ricardo está en una junta, por supuesto. Siempre tan ocupado."

Valentina no se apartó del todo, forzando a Sofía a pasar rozándola. El perfume caro de Valentina la envolvió, un aroma dulce y sofocante que le revolvió el estómago.

"Luna está en el jardín," anunció Valentina, caminando delante de ella con un contoneo estudiado. "Ha estado un poco... difícil hoy."

Sofía la siguió a través del enorme salón, con sus muebles de diseño y sus obras de arte abstractas. Todo en esa casa gritaba riqueza y poder, y a ella la hacía sentir más pequeña, más insignificante.

Salieron a un jardín inmenso, perfectamente cuidado. Y allí, en un rincón, vio a Luna. Su pequeña hija de cinco años estaba sentada en el césped, junto a un charco de lodo. Tenía el vestido manchado y el pelo revuelto. A su lado, un plato de comida intacto.

Valentina chasqueó la lengua con fastidio.

"¿Ves lo que te digo? Se niega a comer. Es terca como una mula," dijo en voz alta, asegurándose de que la niña la oyera.

Luna se encogió al oír su voz. Tenía la mirada perdida, fija en una pequeña flor que crecía entre la hierba. Sofía sintió una punzada de dolor tan intensa que casi la hizo doblarse. Su hija parecía un pajarito con el ala rota.

"Luna, mi amor," susurró Sofía, acercándose despacio.

La niña levantó la vista. Por un segundo, sus ojos se iluminaron. "Mami."

Esa única palabra era todo lo que Sofía necesitaba. Se arrodilló a su lado, sin importarle manchar su vestido de seda. Quería abrazarla, estrecharla contra su pecho y no soltarla jamás.

"¿Qué pasa, cariño? ¿No tienes hambre?" preguntó suavemente, acariciando su mejilla.

Pero antes de que pudiera tocarla, la mano de Valentina se interpuso, dura como el acero.

"No la toques," siseó Valentina, su sonrisa desaparecida. "La vas a alterar. El terapeuta dijo que necesita una rutina estricta, sin estímulos emocionales que la confundan."

Sofía se quedó helada, con la mano suspendida en el aire. La excusa del "terapeuta" era el arma favorita de Valentina, una barrera invisible que siempre ponía entre ella y su hija.

"Solo quiero abrazarla, Valentina."

"Y yo solo quiero lo mejor para ella," replicó Valentina, su voz falsamente dulce de nuevo. "Ahora, si nos disculpas, es hora de su siesta. Ya tuviste tus cinco minutos."

Sofía miró hacia la casa, buscando desesperadamente a Ricardo. Lo vio a través del ventanal del despacho, de espaldas a ellas, gesticulando mientras hablaba por teléfono. Suplicó con la mirada, pero él no se giró.

"¡Ricardo!" gritó, la desesperación rompiendo su fachada de calma. "¡Por favor!"

Ricardo le hizo un gesto con la mano, un movimiento vago y displicente, sin siquiera volverse. Un "ahora no" que la aniquiló.

Valentina sonrió, una sonrisa de triunfo puro.

"Vámonos, Luna," dijo, agarrando a la niña bruscamente del brazo.

Luna soltó un pequeño quejido de dolor. "No, mami," lloriqueó, estirando su manita hacia Sofía.

Valentina tiró de ella con más fuerza, arrastrándola hacia la casa. "Ya basta de dramas. Tu mamá ya se va."

Sofía se quedó de rodillas en el césped, viendo cómo se llevaban a su hija. La puerta de cristal se cerró, dejándola sola en el jardín perfecto, con el olor de las flores y el eco del llanto de Luna resonando en sus oídos. Se sentía completamente impotente, atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

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