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Portada de la novela Venganza De Las Mujeres

Venganza De Las Mujeres

Tras regresar a la vida justo el día de su boda, la protagonista busca reescribir su historia y evitar la tragedia. En el pasado, Rodrigo Herrera le arrebató su existencia y la de su hijo. Cuando él intenta humillarla ante sus siete amantes para complacer a Lorena, ella reacciona con firmeza. Al firmar el divorcio, transforma a sus antiguas rivales en poderosas aliadas. Unidas, abandonan la mansión para desatar una venganza implacable y letal.
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Capítulo 2

La partida de póker se desarrollaba en un silencio tenso, solo roto por el suave chasquido de las fichas de marfil sobre el fieltro verde, un sonido que apenas lograba disimular la tormenta que se gestaba en el aire de la lujosa sala de juegos de la mansión Herrera. Sofía Rodríguez sostenía sus cartas con una calma que había tardado años en perfeccionar, una máscara impasible que ocultaba un torbellino de cálculos y decisiones. A su alrededor, sentadas a la mesa, estaban las otras siete mujeres, las "Siete Flores de Oro", como las llamaba la prensa sensacionalista, o más directamente, las siete amantes que su esposo, Rodrigo Herrera, había instalado en su casa a lo largo de los años.

Cada una de ellas era una pieza en el tablero de ajedrez de Sofía, y esta noche, el juego llegaba a su fin.

La puerta se abrió de golpe, sin previo aviso, y la figura imponente de Rodrigo Herrera llenó el umbral. Su traje de diseñador no lograba ocultar la arrogancia que se desbordaba de cada uno de sus poros. A su lado, aferrada a su brazo, había una mujer joven, de belleza llamativa y ojos ambiciosos. Lorena. La octava conquista.

Rodrigo sonrió, una sonrisa ancha y depredadora que no llegó a sus ojos.

"Sofía, queridas damas, les presento a Lorena. El único y verdadero amor de mi vida."

El silencio en la sala se hizo pesado, casi sólido. Sofía no movió ni un músculo, sus ojos fijos en los de su esposo. Las otras mujeres intercambiaron miradas rápidas, cargadas de un sarcasmo que solo ellas entendían.

Sin más preámbulos, Rodrigo arrojó un fajo de papeles sobre la mesa de póker, desparramando las fichas y las cartas. Era un acuerdo de divorcio.

"Sofía, fírmalo. Te doy lo que te corresponde por ley, ni un centavo más. A partir de hoy, Lorena es la señora de esta casa."

Luego, su mirada barrió a las otras siete mujeres con desdén.

"Y ustedes", su voz se endureció, convirtiéndose en una orden áspera, "ya que han vivido de mi generosidad tanto tiempo, es hora de que se ganen el pan. A partir de ahora, servirán a Lorena. Serán sus damas de compañía, sus sirvientas, lo que ella necesite. Es lo mínimo que pueden hacer para agradecer los años de lujo que les he regalado."

La humillación era tan palpable que se podía saborear, espesa y amarga como la hiel. Lorena sonrió con suficiencia, disfrutando del espectáculo, viendo a estas mujeres, a quienes consideraba sus predecesoras y rivales, rebajadas a un estatus inferior al suyo.

Isabel, la segunda, una experta en finanzas con una mente tan afilada como un cuchillo, soltó una risa seca.

"Claro que sí, mi rey. ¿También quieres que le lustremos los zapatos?"

Camila, la actriz, la cuarta, dramatizó un suspiro.

"¡Qué honor! Siempre soñé con ser la criada de alguien. Mi carrera como actriz no se compara con esta oportunidad."

Rodrigo frunció el ceño, molesto por la insubordinación. No estaba acostumbrado a que lo desafiaran, y menos aún un coro de mujeres que consideraba sus posesiones.

"¡Silencio! Harán lo que yo digo. Viven bajo mi techo, comen de mi plato. Su opinión no importa."

Pero antes de que pudiera seguir, Sofía se movió. Lentamente, con una gracia que desmentía la tensión del momento, dejó sus cartas sobre la mesa. Tenía una escalera de color, una mano ganadora. Una sonrisa helada se dibujó en sus labios.

"Tienes razón, Rodrigo. Ya no viviremos bajo tu techo."

Se puso de pie, su postura erguida y desafiante. Miró a las otras siete mujeres, una por una, y ellas le devolvieron la mirada con una lealtad forjada en el desprecio compartido y el empoderamiento secreto.

"Señoras", anunció Sofía, su voz clara y firme resonando en la sala, "empaquen sus cosas. Nos vamos."

El rostro de Rodrigo pasó de la arrogancia a la confusión en un instante.

"¿Irse? ¿A dónde diablos van a ir? No tienen nada sin mí."

Sofía no le respondió. Se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. Las siete mujeres se levantaron al unísono, como un solo cuerpo, un solo ejército. Derribaron sus sillas al suelo con un estruendo deliberado y siguieron a su líder, a su hermana mayor, sin una sola mirada hacia atrás.

El desconcierto de Rodrigo se transformó en una furia creciente mientras observaba la procesión de mujeres abandonar la sala. Lorena se aferró a su brazo, un poco nerviosa ahora.

"Déjalas que se vayan, mi amor. Son unas desagradecidas. Estaremos mejor sin ellas."

Pero Rodrigo sentía una extraña punzada de inquietud. La calma de Sofía, la forma en que lo había mirado, no era la de una mujer derrotada. Era la de alguien que acababa de poner en jaque mate al rey. Por primera vez en muchos años, Rodrigo Herrera sintió que había perdido el control. No tenía idea de cuánto.

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