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Portada de la novela Venganza De Las Hermanas

Venganza De Las Hermanas

Sofía aparenta una existencia ideal en el mundo digital, pero Ana sabe que todo es una mentira. Tras contraer matrimonio con el prestigioso chef Mateo bajo la influencia de su hermana, Ana halla una verdad devastadora: él mantiene ocultos a otra mujer y a un hijo. Frente a la crueldad de este engaño sistemático, Ana decide romper el silencio. Aliada con Sofía, iniciará un plan para arruinar al hombre que las traicionó. El juego de apariencias termina hoy.
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Capítulo 3

Las calles de la Ciudad de México estaban borrosas por mis lágrimas. Conduje sin rumbo, con el eco de las mentiras de Mateo resonando en mi cabeza. Solo había un lugar al que podía ir.

El apartamento de Sofía.

Llegué a su edificio de lujo en Polanco y el portero me dejó pasar sin preguntas. Subí en el ascensor, sintiéndome vacía y rota. Toqué el timbre y la puerta se abrió casi de inmediato.

Sofía estaba en pijama de seda, con una mascarilla facial puesta. Su expresión de fastidio se transformó en preocupación al ver mi estado.

"Ana, ¿qué pasó? ¿Por qué lloras?"

No pude responder. Simplemente me derrumbé en sus brazos, sollozando como no lo había hecho desde que era una niña. Ella me abrazó con fuerza, guiándome hacia el interior de su impecable apartamento. Me sentó en su sofá de terciopelo blanco y me trajo un vaso de agua.

"Respira, hermanita. Cuéntame qué te hizo ese imbécil."

Entre sollozos, le conté todo. El segundo teléfono, las fotos, la otra mujer, el niño. La doble vida de tres años. Con cada palabra, la expresión de Sofía se endurecía, su preocupación se convertía en una furia helada.

Cuando terminé, me abrazó de nuevo.

"Ese hijo de puta", siseó. "Lo voy a destruir."

Su apoyo fue un bálsamo. Por primera vez en horas, sentí un ancla en medio de la tormenta. Sofía, con toda su superficialidad, era mi hermana. Y en ese momento, era la única aliada que tenía.

"No estás sola en esto, Ana", dijo, mirándome a los ojos. "Yo también he tenido que lidiar con hombres mentirosos. El mundo está lleno de ellos. Pero somos más fuertes. Tú eres más fuerte."

Sus palabras me sorprendieron. Era la primera vez que admitía alguna imperfección en su propia vida de cuento de hadas.

Justo en ese momento, el intercomunicador sonó con estridencia.

"Señorita Sofía, el señor Mateo está abajo. Insiste en subir."

La voz de Sofía se volvió cortante como el hielo.

"Dígale que se largue. No es bienvenido aquí."

"Dice que no se irá hasta hablar con su esposa."

Sofía apretó la mandíbula. "Entonces que se pudra en la calle."

Pero unos minutos después, oímos golpes desesperados en la puerta.

"¡Ana! ¡Ana, por favor, ábreme! ¡Tenemos que hablar!"

La voz de Mateo sonaba angustiada, rota. Era una actuación magistral.

"¡Lárgate, Mateo!" gritó Sofía desde el otro lado de la puerta. "¡No tienes nada que hacer aquí!"

"¡Sofía, por favor! ¡Esto es entre mi esposa y yo! ¡Necesito explicarle!"

"¿Explicar qué? ¿Que eres un cerdo mentiroso con dos familias? ¡Creo que esa parte ya la entendió bastante bien!"

La réplica de Sofía fue tan brutal y directa que casi me hizo sonreír.

"¡Ella no entiende!" la voz de Mateo se quebró. "¡Carla es vulnerable, está sola! ¡Y el niño... el niño no tiene la culpa de nada! ¡No puedo abandonarlos!"

Sentí una nueva oleada de asco. Estaba usando a su amante y a su hijo como escudos, como una forma de justificar su traición y obtener compasión.

Me levanté y caminé hacia la puerta, mi tristeza reemplazada por una ira fría y clara.

"¿Así que yo debo perdonarte para que tu amante y tu hijo no sufran?", grité a través de la madera. "¿Y qué hay de mí, Mateo? ¿Qué hay de la mujer con la que te casaste? ¿Mi sufrimiento no cuenta?"

"¡Claro que cuenta, mi amor!", suplicó. "¡Tú eres mi esposa! ¡Tú eres a quien amo!"

"No uses esa palabra", dijo Sofía, su voz llena de desprecio. "No tienes ni idea de lo que significa. Dices que amas a Ana, pero le mientes. Dices que proteges a la otra, pero la mantienes en la sombra. Eres un cobarde que quiere tenerlo todo sin pagar el precio."

Hubo un silencio al otro lado de la puerta. Luego, Mateo habló de nuevo, su voz más baja, más insidiosa.

"Sofía, no te metas. Tú no entiendes de estas cosas. Tú tienes tu vida perfecta con tu esposo perfecto."

Una risa amarga escapó de los labios de Sofía. Fue un sonido que nunca le había oído hacer.

"¿Mi vida perfecta? ¿Crees que no sé lo que es una mentira, Mateo? Al menos yo solo tengo que fingir para las cámaras. Tú ni siquiera puedes ser honesto contigo mismo."

Su comentario me dejó helada. ¿A qué se refería?

Antes de que pudiera preguntarle, Mateo lanzó su último ataque.

"¡Ana, te lo juro! ¡Terminaré con ella! ¡Solo dame tiempo! ¡De hecho, ya estaba planeando hacerlo! ¡Justo antes de nuestro viaje de aniversario!"

Mi sangre se congeló.

Nuestro viaje de aniversario era en dos semanas. Un viaje a París que él había planeado con meses de antelación.

Abrí la puerta de golpe.

Mateo estaba arrodillado en el pasillo, con el rostro bañado en lágrimas. Al verme, su expresión se iluminó con una esperanza desesperada.

"Ana..."

"¿Acabas de decir que ibas a terminar con ella... justo antes de nuestro viaje?", pregunté, mi voz temblando de una nueva y terrible comprensión.

"Sí, mi amor. Te lo juro. Iba a dejarla para siempre. Para estar solo contigo."

Cerré los ojos. El último pedazo de mi corazón se hizo polvo.

"Mateo... le compré los boletos de avión a tu amante ayer."

Su rostro se quedó en blanco.

"¿Qué?"

"Me llamaron de la agencia de viajes. Hubo un problema con la tarjeta de crédito que usaste para comprarle el boleto a ella y a tu hijo. Para el mismo vuelo. A París. Un asiento tres filas detrás de nosotros."

La verdad cayó sobre nosotros con el peso de una lápida. No iba a terminar con ella. Iba a llevar a su otra familia en secreto a nuestro viaje de aniversario.

La expresión de Mateo se desmoronó por completo. Ya no había actuación, solo la cara desnuda de un mentiroso atrapado sin salida.

Le cerré la puerta en la cara.

Me di la vuelta y miré a Sofía. Ella me miraba con una mezcla de furia y compasión infinita.

En ese momento, supimos que esto no era solo sobre un divorcio.

Era sobre la demolición total de un hombre que se creía intocable. Y lo haríamos juntas.

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