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Portada de la novela Venganza De La Prinsionera

Venganza De La Prinsionera

Sofía sale de prisión tras una década de injusto encierro para proteger a su familia. Al recuperar su libertad, descubre que Mateo, su esposo, la traicionó casándose con otra. Despreciada por sus padres y suegros, quienes exigen una sumisión que ella ya no está dispuesta a dar, decide romper con su pasado. Tras solicitar el divorcio, se alía con la influyente Laura Torres para ejecutar una fría venganza contra todos aquellos que la pisotearon.
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Capítulo 3

Colgué el teléfono y el silencio en la sala era pesado, casi se podía tocar. La primera en reaccionar fue mi madre, quien se abalanzó sobre mí, tratando de arrebatarme el celular.

"¡Estás loca, Sofía! ¿Qué estás haciendo?", gritó, su rostro descompuesto por el pánico. "¡No puedes divorciarte de Mateo! ¿Qué va a ser de nosotros?".

La aparté con una fuerza que no sabía que tenía.

"¿De ustedes?", repetí, una risa amarga escapando de mis labios. "¿Es lo único que les importa? ¿Su bienestar, pagado con mi vida?".

Mi padre se interpuso entre nosotras, su cara roja de ira.

"¡Insolente! ¿Así es como nos pagas? ¡Te criamos, te dimos todo, y ahora nos quieres dejar en la calle por un capricho!", me espetó, señalándome con un dedo tembloroso. "Mateo ha sido más hijo para nosotros que tú".

La puerta se abrió de nuevo y entró mi hermano menor, Alejandro. Al ver la escena, su rostro se contrajo en una mueca de disgusto.

"¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto grito?", preguntó, y luego me miró a mí. "¿Ya empezaste a dar problemas? Apenas sales y ya estás armando un escándalo".

"Alejandro, tu hermana quiere divorciarse de Mateo", dijo mi madre, con voz llorosa, como si yo fuera la villana.

La cara de mi hermano se transformó. El disgusto se convirtió en puro interés egoísta.

"¿Qué? ¡No puedes hacer eso, Sofía!", exclamó, acercándose a mí. "Mateo me dio el puesto de gerente en el restaurante nuevo, ¿sabes lo que eso significa? Estoy a punto de comprarme un coche, de pedir un crédito para un departamento. Si te divorcias, lo voy a perder todo. ¡Todo por tu culpa!".

Sus palabras eran como piedras, golpeándome una tras otra. No había ni una pizca de preocupación por mí, por mis diez años perdidos, por la traición que había sufrido. Solo les importaba el dinero, la comodidad que Mateo les proporcionaba.

En ese momento, Mateo, que había permanecido como un espectador silencioso, decidió intervenir. Se acercó a mí, adoptando una expresión de falsa tristeza y comprensión.

"Sofía, mi amor, no digas eso", dijo, intentando tomar mi mano, pero la retiré como si su tacto quemara. "Estás confundida, acabas de salir. Estás en shock. ¿Por qué no te quedas? Descansa, piensa las cosas. Esta sigue siendo tu casa".

Su cinismo era increíble. Actuaba como si fuera un esposo comprensivo, tratando con una esposa irracional.

"¿Mi casa?", le pregunté, mirándolo fijamente. "¿Esta casa donde duermes con otra mujer? ¿Donde crías a los hijos que tuviste mientras yo contaba los días en una celda por ti?".

Lo miré a los ojos, buscando un rastro del hombre con el que me casé.

"Tú me lo prometiste, Mateo", le recordé, mi voz baja y cargada de todo el dolor acumulado. "La noche antes del juicio, te arrodillaste y me juraste que me esperarías, que nuestro amor era más fuerte que cualquier cosa. Me dijiste que solo serían unos años y que al salir, construiríamos la familia que siempre quisimos".

Él desvió la mirada, incapaz de sostenerme los ojos. Su fachada de calma comenzó a resquebrajarse.

"Las cosas cambian, Sofía", murmuró, buscando una excusa.

"¡No! ¡Tú cambiaste!", le grité. "Tú rompiste tu promesa. Tú me traicionaste".

Él suspiró, como si estuviera cansado de mi drama. Finalmente, recurrió a la última carta que le quedaba, la más cobarde de todas.

"Mis padres me presionaron", dijo, su voz adoptando un tono de víctima. "Estaban desesperados por un nieto, por un heredero para el apellido Vargas. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que los decepcionara? Hice lo que tenía que hacer por la familia".

Esa fue la gota que derramó el vaso. No solo me había traicionado, no solo había construido una vida sobre mis ruinas, sino que ahora ni siquiera tenía la decencia de asumir su responsabilidad. Culpaba a sus padres, a la tradición, a cualquier cosa menos a su propia falta de lealtad y egoísmo.

"Por la familia", repetí, saboreando el veneno en esas palabras. "Tú no sabes lo que es la familia, Mateo. Y muy pronto, vas a aprender lo que es perderla".

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